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Los enredos del ovillo boliviano

Juan Carlos Salazar del Barrio | 07 de agosto de 2020

El nuevo Palacio de Gobierno de Bolivia. / RR SS
El nuevo Palacio de Gobierno de Bolivia. / RR SS
El diálogo y el consenso no están de moda, pero nunca han sido tan necesarios, al menos en Bolivia.

Según un dicho popular, “todos necesitamos un ovillo donde enredarnos”. Los bolivianos ya tenemos el nuestro. Parafraseando a Mario Vargas Llosa, podríamos preguntarnos en qué momento se enredó el proceso de transición. Desde la renuncia y fuga de Evo Morales, vamos caminando por el borde de la cornisa, en una carrera de obstáculos en la que no se alcanza a divisar la ansiada meta de la normalización democrática.

Alguien dijo también que es fácil predecir el ayer o acertar al gordo de la lotería el día después del sorteo. “¡Te lo dije!”, es la frase más repetida después de toda desgracia, porque, claro, nadie se equivoca al juzgar las cosas a toro pasado. Sin embargo, conviene hacer un recuento de daños, porque, como bien dijo alguien que pensaba mejor que cualquiera de nosotros, Aristóteles, “no se puede desatar un nudo sin saber cómo está hecho”.

Bolivia está viviendo una triple crisis. La política, resultante del afán prorroguista de Evo Morales; la sanitaria, emergente de la pandemia del coronavirus, y la económica, producto de la anterior, que empieza a ensañarse con los sectores más desprotegidos de la sociedad. He ahí la madeja.

Mucho tiene que ver el régimen autoritario de Morales con la triple plaga. Al negarse a reconocer el resultado del referéndum (un verdadero “golpe de Estado”, como él mismo definió al eventual desconocimiento días antes de la consulta, cuando no imaginaba el “No”) e insistir en prolongar su mandato a través del fraude, abrió las puertas de la crisis que se prolonga hasta el día de hoy. 

La pandemia desnudó nuestro sistema hospitalario. Está como está, en cueros, no sólo por el dispendio de recursos que caracterizó a la administración del Movimiento Al Socialismo (MAS), sino también por la escasa prioridad –yo diría que ninguna- que le otorgó a la salud pública. Por otra parte, su modelo económico, eminentemente extractivista, nos ha dejado sin mayores opciones debido a la caída de los precios de las materias primas.

Estamos, como alguien dijo, ante tres jinetes del Apocalipsis montados en un solo caballo, mientras cruzamos los dedos para que no aparezca el cuarto, el de la violencia. 

El gobierno de Jeanine Añez nació en circunstancias dramáticas ante la renuncia de varios de los eslabones de la cadena de sucesión, empezado por su cabeza, que dejó al país sumido en el caos, alentado por el vandalismo de los partidarios del renunciante. La hasta entonces desconocida senadora por el Beni asumió la responsabilidad sucesoria con decisión y valentía.

Su mandato era claro: pacificar el país y convocar a elecciones transparentes y creíbles. Lo logró gracias a un esfuerzo concertador, apoyado por la Iglesia y la comunidad internacional, que se tradujo en la normalización de la vida pública y en la conformación de un Tribunal Electoral aceptado y elogiado por todos. Buen comienzo.

El ovillo comenzó a enredarse cuando la Presidenta transitoria decidió lanzar su candidatura, incumpliendo su promesa inicial de no hacerlo, y cuando la presidenta del Senado, Eva Copa, figura importante en el consenso de la primera hora, volvió a ser lo que era, una militante sumisa y obsecuente de Morales, y con ella, la mayoría parlamentaria masista, que controla ambas cámaras con sus dos tercios. 

Añez no sólo fracasó en el objetivo que se había propuesto, unificar en torno suyo a las fuerzas que se oponen al retorno de Morales, sino que las dividió aún más y encima  marcha tercera en la intención de voto, detrás de Luis Arce (MAS) y Carlos Mesa (Comunidad Ciudadana). Pero no sólo eso. Puso en grave riesgo la transición al electoralizar su gestión -incluida la sanitaria-, colocar a su gobierno en la diana de los ataques opositores y anularse a sí misma como conductora neutral del proceso.

El MAS utiliza todas las instituciones que controla para combatir a la Presidenta-candidata, desde el Legislativo hasta el Judicial, pasando por los gobiernos municipales. Y así estamos, en una guerra abierta entre un gobierno políticamente aislado y una oposición envalentonada, que se traduce en una actitud que linda en lo criminal, por parte del partido desplazado del poder, con el bloqueo legislativo a los créditos internacionales destinados a paliar los efectos de la pandemia y las movilizaciones de sus militantes en calles y carreteras –en plena pandemia- en demanda de elecciones para el 6 de septiembre, como estaba inicialmente previsto.

El fuego cruzado ha alcanzado también al árbitro electoral, la única institución nacida del consenso, a propósito de la fecha de los comicios, postergados para el 18 de octubre a raíz de la crisis sanitaria. Los ataques, que podrían afectar gravemente a la autoridad y credibilidad del tribunal, no tienen como único actor al MAS, sino al propio gobierno, al que le gustaría que las elecciones se realizaran cuando pase la crisis sanitaria.

Nunca como ahora han sido tan necesarias las elecciones, no sólo para normalizar la vida democrática del país, sino para que las instituciones puedan reflejar la correlación de fuerzas surgida de los cambios políticos surgidos de la movilización popular que obligó a Evo Morales a abandonar el poder en noviembre pasado. Pero también es cierto que nunca como ahora se hace tan difícil realizar los comicios sin correr el riesgo de contribuir a la expansión de la pandemia, cuyo pico podría presentarse entre agosto y septiembre.

El diálogo y el consenso no están de moda, pero nunca han sido tan necesarios, al menos en Bolivia. Lo de hoy es la bronca y el disenso. En lugar de ir con tiento cuando se está cara al viento, como aconseja el refranero popular, los actores políticos bolivianos parecerían estar empeñados en buscar los callejones sin salida, sin importar, para citar al escritor y poeta italiano Andrea Mucciolo, que “las encrucijadas no ayudan a decidir, sino más bien a arrepentirse”. @mundiario

 

 

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