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Cuentos serios de bufones: Aguaseco

Pepe Pelayo | 16 de junio de 2020

Caricatura. / Alex y Pepe Pelayo.
Caricatura. / Alex y Pepe Pelayo.

El escritor, comediante y estudioso de la teoría y la aplicación del humor, Pepe Pelayo, estrena la sección "Cuentos serios de bufones" con un mensaje sobre la importancia de la risa, el humor y su aplicación en la vida.

   Érase una vez, hace más o menos equis años y en un lugar en Google Maps, un bufón llamado Aguaseco viviendo un día memorable.

   En esa especial ocasión, desde muy temprano en la mañana comenzaron a reunirse varios campesinos con sus azadones, sus cestos de frutas y verduras, sus gansos, gallinas, cabras y perros de pastoreo. También arribaron artesanos con infinidad de recipientes de cerámica, barro y lata. No faltaban sastres, carpinteros, modistas, cocineras, criadas y criados y hasta ermitaños venidos de los cuatros vientos.

   Llegaban cansados algunos, otros medio dormidos aún, pero traslucían una alegría de espíritu en sus caras, pocas veces vista en aquellos parajes.

   A media mañana se le unió a la plebe gigantones con sus pesadas armaduras y escudos en la mano, fibrosos y atléticos hombres con mallas metálicas de protección, tipos con cascos en sus cabalgaduras y casi todos con cicatrices y huellas de feroces combates, que no lograban opacar el brillo alegre de sus ojos.

   Casi al mediodía, se incorporaron lentamente a los congregados en la plaza, los duques, condes, marqueses y barones, todos con sus esposas y otros caballeros y damas, miembros de la selecta Corte. Pero cada uno combinando con su aire refinado, cierto regocijo en su ánimo.

   De pronto, hizo su entrada a pie el Rey y muchos pajes, nobles, gigantones, cardenales y hasta lacayos fueron a su encuentro, lo palmearon en la espalda y le hacían comentarios graciosos al oído, los cuales Su Majestad devolvía con ingenio.

   Fue el momento de más agitación en aquel lugar.

   Pero de repente, se escuchó el sonido de tres tamborileros por una esquina de la plaza y todos callaron. Entonces, como un torbellino de movimientos y colores, aparecieron decenas de hombres en zancos, mezclados con tragafuegos, malabaristas, actores, músicos, mimos, cantantes y otros muchos artistas, que al confundirse con la muchedumbre, encendían el espíritu de los allí reunidos, con sus bromas y risas.

   Sin embargo, para sorpresa de todos, la algarabía fue interrumpida por una aguda, larga y estruendosa fanfarria que los hizo enmudecer.

   En ese instante se vio llegar la Carroza Real, tirada por seis caballos blancos. También se vio correr al Rey hacia ella y precipitarse a abrir la portezuela con una rodilla en el suelo y la cabeza gacha. De la Carroza Real bajó majestuosamente un hombre pequeño y feo, vestido a rombos y colores vivos, con sombrero de tres picos terminados en cascabeles. Cascabeles que también sonaban en sus puntiagudos zapatones.

   Después del impresionante silencio, la bienvenida fue otra profunda genuflexión del Monarca, con su otra mano aún en la portezuela, seguido de la reverencia de todos en la plaza.

   —¡No! ¡No! ¡Les he dicho que no tienen que inclinarse nunca más! —los regañó el bufón Aguaseco, antes de descender del último peldaño de la Carroza y enredarse con sus zapatones.

   Nunca se supo si fue adrede o no esa caída ridícula y aparatosa frente a todos.

   Después de unos segundos de sorpresa, susto y duda, una carcajada brotó de las gargantas de aquella masa compacta. Una carcajada tan estruendosa, que se escuchó hasta en veinte Reinos a la redonda… Y que aún se deja oír ante cualquier sumisión en el Planeta. Pepe Pelayo en @mundiario

 

 

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