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Venus, Adonis y la pandemia

Mario Barros | 10 de mayo de 2020

Venus y Adonis (detalle). / Antonio Canova (1757-1822)
Venus y Adonis (detalle). / Antonio Canova (1757-1822)

Nuestro Obdulio nos trae hoy la historia verídica de lo que le ocurrió a un pariente suyo justo antes de la explosión mundial del virus. / Texto de Humor de DosBufones.com

Mi primo Adonis es un calvo cincuentón de barriga cervecera que nunca había tenido un hogar fijo por más de seis meses en este bendito Miami. Pues bien, a finales del año pasado mi pariente conoció a una señora que lo puso en órbita desde el primer momento. Venus, que es el nombre de la doña, es una mujer también madura, de ojos azules y curvas peligrosas. La atracción entre ambos fue instantánea y pronto se transformó en algo más que eso. Y, en algo más que eso, Venus demostró que su nombre no se lo habían puesto por casualidad. El acople fue tan perfecto que, cuando el Covid-19 dijo aquí-estoy-yo, la señora invitó a mi primo a mudarse a su casa de manera permanente. “No quiero pasar la cuarentena sola”, le confesó. Y el hombre, necesitado también de compañía, no se hizo de rogar.  

Lo primero que Adonis descubrió cuando hizo su entrada triunfal en el nuevo domicilio fue que Venus lo esperaba con una hoja de papel en la mano. El documento establecía que, en pago por su permanencia gratuita en el aposento, mi amigo debía cocinar, lavar la ropa y los platos (separadamente, por supuesto), limpiar la casa, hacer las compras en el mercado (con tapabocas, claro), cortar el césped, sacar la basura y atender al canario, cuidando, sobre todo, que el gato no se lo comiera.

Me cuenta Adonis que, luego de leer el contrato lenta y cuidadosamente, se quedó pensativo durante un rato. Varias veces abrió la boca para hacer un comentario, pero otras tantas la cerró. Y así, de paso, evitó que le entraran moscas. Por fin, decidido, miró a la doña fijamente a los ojos y pronunció un “¡Acepto!” que retumbó en toda la casa. Pero de imediato sacó del bolsillo posterior derecho del pantalón un documento y se lo entregó a Venus sin decir palabra. “¿Y esto?”, preguntó la señora. “Es tu contrato. Léelo”, respondió mi primo en dos palabras. Es decir, en cuatro.

El documento establecía que Venus, como pago al derecho de disfrutar de la presencia de Adonis en su morada, se comprometía a no utilizar más de dos excusas semanales para evadir sus deberes maritales. “Porque a partir de ahora viviremos como marido y mujer, ¿no?”, sentenció mi primo.

Venus se quedó callada durante minuto y medio, sus ojos azules clavados en los de Adonis. Al final no sacó nada del bolsillo posterior derecho de su pantalón, porque no llevaba pantalones, sino una falda. Lo que sí hizo la doña fue soltar una sonora carcajada, pedirle su contrato a mi primo, unirlo al de ella y romper ambos en mil pedazos que lanzó alegremente al aire.

Y desde entonces Venus y Adonis viven bajo el mismo techo, contentos y felices, como las lombrices. @mundiario

 

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