Crítica a Los Radley: lo nuevo de Prime Video que no es terror, ni comedia, ni nada claro
A veces las películas caen en su propia trampa. Y eso le ocurre precisamente a Los Radley, dirigida por Euros Lyn, basada en la novela homónima de Matt Haig. Con un reparto atractivo encabezado por Kelly Macdonald y Damian Lewis, y con el respaldo de una sinopsis que sugiere secretos oscuros, sangre y mordiscos bajo una fachada de respetabilidad británica, uno pensaría que está a punto de ver una historia a medio camino entre lo macabro y lo irónico. Pero no. Nada más lejos.
La cinta, distribuida por Corazón Film, llega a Prime Video y nos presenta a una familia inglesa aparentemente normal, con jardinería cuidada, vida de barrio plácida y reuniones de club de lectura. Todo en orden. Todo perfecto. Pero claro, los Radley son vampiros. Vampiros abstemios, para más señas. Y como si de un episodio extendido de Skins se tratara, los hijos no tienen ni idea de lo que son hasta que un evento traumático —el intento de violación a la hija— desata sus instintos. A partir de ahí, todo se desmorona. Pero no en el sentido interesante de la palabra.
Los pósteres, el tráiler y hasta la música parecen prometer una comedia negra con ritmo, mordacidad y algún que otro susto. Pero al enfrentarse con la pantalla, el espectador se encuentra con una historia que no sabe a qué género pertenece. El humor es anecdótico, tan leve que se puede contar con una sola escena —la del hijo descubriendo su naturaleza vampírica—, que para colmo ya aparece en el tráiler. El terror es aún más ausente: hay sangre, sí, litros de ella. Incluso hay un jump scare predecible que apenas cumple con su función. Pero tensión, misterio, suspense... absolutamente nada.
Lo que verdaderamente ofrece la película es un drama familiar que, poco a poco, vira hacia el relato de identidad adolescente, pero sin profundidad ni desarrollo. La protagonista, tras su transformación, apenas tiene conflicto. El hermano, de pronto, se convierte en un ser libre que sale con el chico que le gustaba a su hermana sin que esto provoque ninguna reacción. Y el miembro familiar “peligroso” que aparece para desatar el caos tampoco tiene la fuerza dramática que uno esperaría. Todo avanza con la inercia de un guion que parece tener prisa por acabar.
Y cuando llega ese final... llega mal. Apresurado, sin tensión, sin clímax y, lo peor, dejando más preguntas que respuestas. ¿Qué pasó con el cadáver del chico asesinado? ¿Por qué el vecino sabía que eran vampiros? ¿Dónde queda la vecina chismosa que parecía tener un papel relevante? ¿Y Clara, la hija, no se siente ni un poco incómoda por lo que ocurre con su hermano? La película planta muchas semillas que no germinan. Es como si el tercer acto hubiese sido recortado a machetazos.
Eso sí, hay que reconocerle ciertos aciertos. Las actuaciones están a la altura: Kelly Macdonald y Damian Lewis consiguen dotar de cierta humanidad a sus personajes, y Bo Bragason tiene momentos de intensidad creíble. El diseño de producción también acompaña bien el tono ambiguo del filme. Pero nada de esto es suficiente cuando el conjunto se siente fallido. @mundiario