Netflix se adentra en el universo imposible de The New Yorker sin lograr descifrar su esencia centenaria
Netflix ha decidido colocar el foco sobre una de las instituciones culturales más influyentes del siglo XX y XXI: The New Yorker. La revista, nacida en 1925 y convertida en símbolo del periodismo literario y de la sátira neoyorquina, protagoniza un documental que pretende explicar su origen, su evolución editorial y su extraordinario impacto en la sociedad. Sin embargo, el resultado, aunque interesante, se queda corto frente al desafío de abordar la historia de una publicación que ha condicionado debates políticos, inspirado obras maestras de la ficción y renovado las formas del reportaje moderno.
La cinta —estrenada coincidiendo con el centenario de la revista— se enfrenta al mayor obstáculo posible: condensar un siglo de talento acumulado en textos, ilustraciones y crónicas que han trascendido su tiempo. Desde su primera portada, con el célebre dandi Eustace Tilley, hasta sus actuales ediciones digitales y podcasts, The New Yorker ha sido un laboratorio narrativo donde se forjó buena parte de la cultura contemporánea.
Una revista que definió el periodismo moderno
La historia de The New Yorker está ligada a la de sus autores. La lista es impresionante: Dorothy Parker, J. D. Salinger, Nabokov, Updike, Saul Bellow, Philip Roth, Murakami, Sontag, Carver, Zadie Smith o Chimamanda Ngozi Adichie, entre muchos otros. Casi ningún medio del mundo puede presumir de haber sido hogar creativo de semejante constelación.
Pero la revista no solo fue cantera literaria. Su legado periodístico incluye algunos de los reportajes más importantes del siglo XX. El documental repasa varios de ellos, aunque sin la profundidad que merecen. Entre los más trascendentales figuran:
-Hiroshima, de John Hersey (1946), que cambió para siempre la percepción global sobre las armas nucleares.
-Primavera silenciosa, de Rachel Carson (1962), cuyo impacto fue decisivo en el nacimiento del movimiento ecologista.
-Carta desde una región de mi mente, de James Baldwin (1962), que se convirtió en uno de los pilares intelectuales del movimiento por los derechos civiles.
-Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt (1963), donde se analiza la “banalidad del mal” y la responsabilidad individual en los crímenes del Holocausto.
-Tortura en Abu Ghraib, de Seymour Hersh (2004), un golpe devastador contra el secretismo militar estadounidense.
-El imperio del dolor, de Patrick Radden Keefe (2017), que destapó el papel de la familia Sackler en la crisis de los opiáceos.
Cada uno de estos trabajos no solo fue un éxito editorial: modificó políticas públicas, encendió movimientos sociales y abrió debates que todavía resuenan.
El documental: fascinación sin profundidad
Aunque el filme captura imágenes del interior de la redacción y testimonios de redactores veteranos, no consigue reflejar la densidad intelectual y el esfuerzo casi artesanal que caracterizan a la revista. La explicación tal vez se encuentre en el propio ADN de Netflix: su narrativa rápida, visual y simplificada no encaja con un medio que se ha construido sobre textos de 30.000 palabras, investigaciones que duran años y un proceso editorial casi quirúrgico.
El documental muestra escenas del legendario departamento de fact-checking, donde cada dato, cita o anécdota se revisa como si se tratase de una auditoría científica. También se aborda el abrumador volumen de material que llega a la redacción: entre 7.000 y 10.000 relatos al año solo en ficción, de los que apenas medio centenar ven la luz. Las viñetas pasan por un proceso igual de despiadado: miles se descartan a diario hasta encontrar una que resista el filtro de exigencia.
El documental también deja entrever el peso que recae sobre quienes sostienen la revista hoy. David Remnick, director desde 1998, habla de la responsabilidad casi física de mantener vivo un medio que, pese a su tradición, ha logrado adaptarse al universo digital sin renunciar a la edición en papel. Sus palabras se mezclan con las de reporteros como Jon Lee Anderson, que recuerdan el papel del periodismo frente al autoritarismo y la fragilidad de las sociedades democráticas.
The New Yorker ha sobrevivido a guerras, crisis económicas, transformaciones tecnológicas y a la polarización política de la era Trump. Ha sido amada por millones y detestada por otros tantos. Pero lo cierto es que ninguna revista ha tenido un impacto tan profundo en la cultura escrita contemporánea.
Un homenaje necesario, pero insuficiente
El documental de Netflix funciona como una puerta de entrada para quienes desconocen la historia de la publicación, pero se queda lejos de capturar la dimensión monumental del fenómeno. Falta profundidad, falta contexto, falta riesgo estilístico. La paradoja es evidente: una revista que ha elevado el relato periodístico a categoría de arte merece una narración igualmente ambiciosa.
Aun así, su estreno confirma la vigencia de The New Yorker y recuerda que su centenario no es solo un aniversario editorial: es un testimonio vivo del poder de las palabras, del rigor y de la imaginación en un tiempo en el que la información es rápida, superficial y efímera. @mundiario