El doctor de Viena: la película que presenta la época más precaria de la medicina

Fotograma de El médico de Viena. / Movistar Plus+
Movistar Plus+ estrena el 16 de junio este drama histórico ambientado en 1847, año clave en la lucha contra la fiebre puerperal en la clínica de maternidad de Viena

La capital del Imperio austrohúngaro presume de ser un centro médico de vanguardia, pero sus salas de parto están llenas de mujeres que mueren días después de dar a luz. En medio de esta tragedia, un joven médico húngaro, Ignác Semmelweis, observa un patrón que la mayoría de sus colegas no quiere ver: la fiebre puerperal —conocida entonces como fiebre del parto— se propaga con la misma rapidez con la que los facultativos pasan de una autopsia a un alumbramiento sin lavarse las manos. Con la obstinación de quien sabe que la evidencia salvará vidas, Semmelweis propone algo tan simple como revolucionario: un lavado de manos con solución clorada antes de atender a cada paciente.

Esa lucha contra la tradición y el escepticismo es el eje narrativo de El médico de Viena, producción húngara que llega a Movistar Plus+ el lunes 16. La película, la más taquillera del año en su país de origen, retrata el enfrentamiento entre la ciencia emergente y la medicina acomodada en viejos dogmas. Dirigido con precisión de detalle y ambientado en una Viena recreada con rigor histórico, el largometraje muestra la dimensión profesional y humana de Semmelweis, interpretado por Miklós H. Vecsei. El actor encarna a un personaje riguroso y rebelde que sacrifica prestigio y estabilidad personal en nombre de la evidencia empírica.

En la clínica de maternidad del Hospital General de Viena, la mortalidad por fiebre puerperal supera el 10 %. Entre autopsias y partos, el contagio se esparce sin control. Semmelweis, jefe de la sala de parturientas, compara registros y descubre que las mujeres atendidas por comadronas mueren con mucha menor frecuencia que las examinadas por médicos y estudiantes que venían directamente del anfiteatro anatómico. Convencido de la relación causa‑efecto, impone el lavado de manos con cal y agua clorada. En cuestión de semanas, la tasa de mortalidad cae por debajo del 2 %. Lejos de celebrarlo, gran parte del estamento médico considera su método innecesario y humillante.

El filme dramatiza esa resistencia: jefes de servicio que ridiculizan a Semmelweis en los pasillos, alumnos que se rebelan contra la nueva rutina, autoridades que temen comprometer el prestigio de la clínica. La tensión se traslada a las salas, donde las parturientas observan con desconfianza a un médico que inspecciona cada cubeta de desinfección mientras toma notas frenéticas.

Rodada en escenarios interiores que reproducen quirófanos, salas de autopsia y pabellones de maternidad del siglo XIX, la película apuesta por una ambientación minuciosa: instrumental, vestuario y una iluminación que refleja la precariedad de la práctica médica antes de la electricidad y la antisepsia universal. La banda sonora subraya la tensión entre el hallazgo científico y la inercia institucional, mientras que la fotografía contrasta la fría racionalidad hospitalaria con la vitalidad de las calles vienesas. @mundiario