El silencio del mar, la penetrante ópera prima de Jean-Pierre Melville

Fotograma de "El silencio del mar", de Jean-Pierre Melville.
Son impresionantes esos planos que presentan el rostro del alemán un tanto fantasmal, o ese reloj omnipresente, su duro tic tac marcando con sus latigazos unas horas siempre tensas.

Lo más extraordinario de El silencio del mar (1949), de Jean-Pierre Melville, es —junto con un guion que ofrece unos monólogos magníficos— ese magistral uso del minimalismo del que se vale, el que una historia que se desarrolla en un noventa por ciento en una pequeña sala de estar, con unos mismos personajes —sin que llegue a crearse entre estos una mínima conversación—, no la sintamos como carente de contenido. Y también es excepcional que no accedamos a ese escenario desde una óptica teatral, como si estuviéramos anclados en un mismo punto del patio de butacas, sino que la gran diversidad de unos planos, que nunca sugieren gratuidad, nos incluye en una historia que se propone desde perspectivas distintas, desde graduaciones de intensidad que vienen dadas por la fotografía y por los sutiles gestos de cada personaje.  

Estamos en 1941, en plena ocupación nazi de buena parte del territorio francés; en un pequeño pueblo en el que a algunos lugareños se les obliga a hospedar a los oficiales del ejército alemán. A los propietarios de la vivienda elegida para esta historia —un hombre mayor y su joven sobrina— les toca albergar a un alemán sensible, culto, que habla perfectamente el francés, que ama esa cultura, que compone música y se ve raro con el uniforme. Su educación es exquisita, su cordialidad, toda la que le permite esa pareja que tácitamente se ha puesto de acuerdo para desarrollar una concreta forma de resistencia, de rebelión: si no van a poder negarse a esa intrusión en sus vidas, sí que van a tratar a ese ocupante como a un fantasma; no lo mirarán, no le dirigirán la palabra, no contestarán a sus sutiles interpelaciones.  

El oficial alemán regresa cada noche de sus ocupaciones, a la hora en que tío y sobrina toman un café. Él lee algo, inhala el humo de su pipa, mientras que ella hace punto, en un reparto de tareas muy de la época. Están sentados cómodamente en sus sillones, uno frente al otro, y a su vera el fuego que tanto los acoge en invierno. El impuesto huésped, poco a poco, se va acercando a ellos. Se presenta de paisano, para no intimidarlos. Les habla con unas palabras que sabe que no serán respondidas, pero que van calando en esas dos personas que callan, que no lo miran pero lo escuchan sin remedio, cada vez con mayor interés. Y todo lo que dice él es una pretensión de establecer puentes, de acceder a verdaderas cercanías. Una de sus primeras afirmaciones es esta: “Tengo gran respeto por las personas que aman su patria”. Es un intento de reversión del antagonismo visceral, automático, que se deriva de la situación que se está viviendo en la casa. Y, en otro momento: “Ahora necesito a Francia y le pido mucho. Le pido que me acoja. No me vale estar en ella como extranjero, como viajero o como conquistador. No da nada a cambio de eso, porque nada se le puede quitar. Su gran riqueza no puede conquistarse. Hay que beberla de su seno. Debe ofrecértelo con un movimiento y un sentimiento maternal. Sé bien que eso depende de nosotros pero también de ella. Tiene que aceptar comprender nuestra sed y tiene que aceptar saciarla”.

El alemán sueña con una unión de lo mejor de Francia y Alemania, pero no pone peros a que esta resulte de una imposición de sus compatriotas. Sin embargo, no siente excesiva simpatía por los criminales que dirigen su país. No se puede alinear con un sadismo que observó en una novia e hizo que la abandonara. Es lo que va pronunciando en sus diarios soliloquios. Una vez, el tío le dice a su sobrina: “Quizá sea inhumano no ofrecerle ni una palabra”, pero esta se encoge de hombros. Y, en otro momento: “No me gusta agraviar a nadie, aunque sea mi enemigo”. En realidad, ese hombre tan culto, respetuoso y sincero, los va seduciendo a los dos, pero estos no pueden permitirse un acercamiento que supondría una traición.

Son impresionantes esos planos que presentan el rostro del alemán un tanto fantasmal, o ese reloj omnipresente, su duro tic tac marcando con sus latigazos unas horas siempre tensas. Y la presencia de la figura de un ángel colgado en una pared, a quien el alemán mira un par de veces; al inicio, cuando intenta demostrar el carácter comprensivo y amable de su presencia invasora; y al final, cuando se sienta enajenado por la insania de sus supuestos correligionarios.

Y es que la postura del alemán da un giro cuando es informado de los terribles excesos aniquiladores a los que se entregan los mandos del ejército al que pertenece. Primero, la noticia del campo de concentración de Treblinka, los asesinatos de judíos perpetrados en masa. Después, la conversación que tiene con otros oficiales, todos recalcitrantemente en contra de su postura más conciliadora, de su idea de respetar y conservar la cultura francesa. Para sus colegas, ello sería un peligro, por lo que ven necesario suprimir cualquier signo de identidad de un pueblo cuya cultura ha de ser eliminada de la faz del mundo. Le espetan que la política no es para los soñadores, que han de segar cualquier posibilidad de recuperación del sentimiento patriótico. Y él alega: “Pero no a costa del espíritu…..” La contestación: “Lo primero es destruir. Es nuestro derecho y nuestro deber”. Es doloroso para él. Sin embargo, no elige la deserción sino un puesto en la batalla, una forma de aturdirse y de no sentir ya la locura humana que lo cierne. Así se lo comunica a sus forzados hospedadores.

En esos pocos días que le quedan, los monólogos del alemán son un esfuerzo por comprender la indeseable deriva de su país. Habla de su padre, que le transmitió su amor por la cultura francesa, pero que quedó irremediablemente herido tras la derrota en la guerra. O de ese amigo que tuvo en Nuremberg, que era sensible y romántico, pero lo abandonó. Se fue a Munich y cambió. Ahora lo ha visitado en París: “Vi lo que han hecho de él. Era el más colérico, mezclaba la risa con la ira. Harán lo que dicen. Conozco a esos diablos salvajes”. Desesperado, reza; “¡Oh Dios, muéstrame cuál es mi deber!” Y se suceden tres primerísimos planos que inciden en unos ojos ávidos de una luz que intentan encontrar en la figura del ángel que hay en la salita.  “Mi deber puede ser no aceptar ningún crimen”, se plantea. Pero, a continuación: “He sido autorizado a volver al combate, al infierno”.

“Adiós”, pronuncia ella, al fin; y se queda con su dolor, muy probablemente de mujer confusamente enamorada. Sobre sus hombros, un pañuelo ilustrado con dos manos que parecen buscarse para unirse. A la mañana siguiente, muy temprano, Von Ebrennac se despide en silencio del cuarto, de esa casa que ha empezado a amar frente a las inclemencias de afuera, frente a las oleadas del odio. Antes de salir, tocan a la puerta. Y él espera el milagro, la  aparición de la sobrina; pero se le hiela la expresión ante la siempre decepcionante realidad, cuando abre y aparece su ordenanza, cuando escucha sus estúpidas palabras: “¡Heil Hitler!”

En la salita, antes de marcharse, se acerca a un libro de Anatole France seductoramente desplegado sobre una mesa; dentro, hay una hoja en la que se hacen grandes estas palabras: “Es admirable que un soldado desobedezca órdenes criminales”. Se la ha puesto el tío. Aún sin la voz, le ha dejado un último, contundente y esperanzado mensaje. Mira a ese hombre sensible, y lamenta que esté permitiéndose impostarse, diluirse en ese mundo desviado, partir hacia la absurda batalla. @mundiario