Crítica cinematográfica: Rachel, Rachel, la historia de una liberación

Rachel es una maestra que teme haber desperdiciado su juventud, que, como Dante, a los treinta y cinco años se considera en la mitad de su vida.

La actriz Joanne Woodward en la película "Rachel, Rachel"
photo_camera La actriz Joanne Woodward en la película "Rachel, Rachel"

Rachel, Rachel (1968) fue la primera de las cinco películas que dirigió Paul Newman, y la prueba de una sensibilidad artística que ya no quedaba solo ceñida a su excelencia como actor. Basada en una novela de Margaret Laurence, acertó a utilizar con sabiduría el lenguaje cinematográfico para mostrarnos a la vez el mundo exterior e interior de la protagonista. Algunos achacan a la película un exceso de flashbacks, pero las imágenes y voces que con frecuencia se insertan sobre la historia principal, no solo son recuerdos, sino también las imaginaciones de la maestra protagonista. Y son los diálogos que mantiene consigo, la expresión de sus autorreproches, de su miedo, de sus deseos poco atendidos por su sumisión. Esa voz subraya en palabras las emociones que Joanne Woodward trasluce a la perfección en la sutil expresión de su rostro.

Rachel es una maestra que teme haber desperdiciado su juventud, que, como Dante, a los treinta y cinco años se considera en la mitad de su vida, en el inicio de un camino que vaticina ya solo descendente. A esa edad, permanece soltera y es virgen. Vive junto a una madre posesiva, en el asfixiante mundo de una pequeña ciudad americana. Vive cohibida, dejando que su vida sea impuesta por la inercia de lo ajeno, ese mundo que le desagrada, porque apenas encuentra en él la pureza de sentimiento en la que ella intenta sostenerse, el reconocimiento de la inocencia que observa en los amados niños de su clase, con quienes se comporta como un ángel. Lo vemos en ese momento en el que, para que sus niños duerman felizmente sobre sus pupitres, les canta una dulce y amorosa canción. Pero, fuera de ahí, su vida entre los adultos es rutinaria, servil, sin expectativas, llena de trabas para experimentar una verdadera libertad.

El curso va a finalizar. Se avecinan unas vacaciones sin otra expectativa que la de servir a su madre. En la primera escena, la vemos despertarse con las manos sobre el pecho, como si remedara la pose de una muerta. Y es que su padre, fallecido catorce años atrás, llevaba la funeraria que aún hoy ocupa los bajos del edificio donde vive, ahora regentada por Héctor. Los recuerdos de su niñez, todas aquellas tétricas imágenes que se le quedaron grabadas, cuando accidental o curiosamente contempló a niños muertos, parecen haberla dañado para siempre.

Entre esas indelebles imágenes, está la de uno de sus pequeños vecinos, al que sobrevivió su hermano mellizo Nick, que ahora es un joven alto que vive en Chicago y también es maestro. Ha regresado al pueblo aprovechando las vacaciones. No está exento de problemas, de una relación muy difícil con su padre, pero su forma de afrontar la vida es muy distinta de la de esa chica solterona y débil con la que ahora se reencuentra, y por la que se siente atraído. ¿Será por el reto de forzar a una mujer virginal y puritana, de traspasar las murallas de quien aún se mueve en el extrarradio infantil de la realidad? Desde luego, su actitud ante Rachel es dominante, y a ella podría recordarle a la de su madre. Pero la dirección de ese dominio es completamente opuesta. Él le va a facilitar la entrada en ese terreno desconocido del sexo. Y lo hará con empecinamiento, por egoísmo, buscando una vivencia estimulante; pero también con respeto, con la delicadeza que una joven tan evidentemente vulnerable pudiera precisar.  

Nick no quiere verla sufrir sino en la medida ineludible que comporta cualquier crecimiento. Las escenas en que están juntos nos muestran, por una parte, la seguridad de él, la decisión de llevarla por donde sabe que ella quiere, pero no se atreve, pero también el cuidado de cada movimiento aproximativo a aquello que a ella la hará superar los límites que hasta entonces ha consentido. Paul Newman nos acerca a esa joven —interpretada por la que fue su esposa durante cincuenta años— con un cuidado exquisito, nos hace sentir su fragilidad a la vez que el impulso de avanzarla por los territorios en los que podrá sentirse realizada, aunque sea a través del aprendizaje en la decepción, del endurecimiento en un dolor ineluctable. Y es como si Nick hubiera aparecido en ella para realizar el trabajo de empujarla hacia la vida amplia, hacia una libertad que se dirime en una intemperie hostigadora.

Es magnífico ese momento en el que Rachel, tumbada en la cama, dándole la espalda a su amante, está atreviéndose a imaginarse un futuro junto a él. Nick, detrás, se duele de que haya llegado ese momento, de no haber sabido advertirla del carácter esporádico de esa relación, que él pretende iniciática, amable, limitada, creadora de un buen poso final. Pero, ¿cómo es posible hacerlo así ante la euforia de una joven que, de repente, se siente liberada de todas sus reclusiones? Para disuadirla de sus sueños, le enseña la fotografía de quien ella interpreta que es su hijo. Lo malo es que, luego, cuando él desaparece, sin que tenga el valor de despedirse, ella averigua que no tiene familia. Es un golpe muy duro. Había aprendido a aceptar esa distancia forzosa, esa imposibilidad preferente, pero, ahora, ¿cómo asumir que simplemente no la quiera? Su única esperanza de que esa relación le legue al menos un buen fruto duradero es que haya quedado embarazada. Siente molestias que interpreta como que ese milagro tan esperado, antes tan imposible, se ha producido. Pero el diagnóstico es para ella desolador: un simple quiste. El momento en que, sobre la camilla, sola, recibe ese golpe de realidad, es una de las cumbres de la magnífica interpretación de la Woodward.

Pero hay otros elementos importantes que enriquecen esta magnífica película. Así el personaje de Kala, la compañera de trabajo, una mujer aparentemente alegre pero que oculta terribles conflictos internos. La vemos arrastrar a Rachel a un servicio religioso en el que se busca la sumisión a través del paroxismo que alcanzan los fieles. Pero, allí cuando se cierran las puertas, y el charlatán predicador se dirige a Rachel, esta se derrumba en su propio pavor. Ve en los rostros de quienes supuestamente son sus hermanos de espíritu, lo extraño; y siente el miedo, o incluso el asco, el rechazo, ante esa invasión de su intimidad, tan celosamente guardada en ese territorio privado que quiere inexpugnable. Luego sabremos que esta Kala padece los problemas derivados de su poco aceptable lesbianismo. Cuando se le escape un beso en la boca, su amiga Rachel huirá horrorizada.

El mundo que rodea a Rachel solo le ofrece imágenes desvaídas, pero, curiosamente, cuando va a encontrar un receso en su desesperanza, es juntándose con Héctor, su vecino funerario. Una noche, ante tantos signos de la muerte como los rodean en el local, ambos se llenan de copas para reflexionar sobre la vida, momentáneamente exentos de su opresión. Más tarde, regresan esos recuerdos, las imágenes de sus fatales intrusiones en el mundo profesional de su padre, los cuerpos y los rostros de los niños muertos. Pero ya ha decidido huir de ese mundo que la tiene atada a su irresolución. Y no quiere abandonar a su madre. Le ofrece llevársela a la ciudad, que sea ahora ella la que se sacrifique dejando su pequeño y mezquino mundo. Le cuesta aceptarlo, pero finalmente hace las maletas.   

La emotiva secuencia final, en el autobús, no puedo dejar de relacionarla con otra magistral, la de Cowboy de medianoche. Aquí no muere nadie, sino que hay una joven que intenta nacer definitivamente. Oímos sus pensamientos: “Tendré miedo, siempre, Quizás me encuentre sola, siempre. ¿Qué pasará?” Es la incertidumbre que acepta, el riesgo que asume. Antes, al despertarla de la anestesia, la enfermera le ha dicho: “No se preocupe. Está fuera de peligro”. Y ella le contesta: “Como puedo estar fuera de peligro si no estoy muerta”. Es el momento de la máxima depresión, la vida vista siempre como recurrente derrota. Pero, ahora, en el autocar, en medio de sus sinceros y valientes pensamientos, vemos su rostro expectante, esperanzado. @mundiario