El verano de Kikujiro en Amazon Prime: una fábula agridulce sobre la infancia

El verano de Kikujiro./ El Diario vasco
La intencionalidad de Takeshi Kitano, como director y protagonista, no es la de hacer una obra maestra, si bien la intencionalidad arraiga en un tributo personal a The Kid.

Si a alguien se le ocurre entrar en la página de filmaffinity para buscar valoraciones críticas sobre la película de Takeshi Kitano, El verano de Kikujiro, verá que ahí no se aclara ni Dios. Esta cinta ha sido de las obras de este director que he ido postergando con el paso de los años hasta que anoche decidí ponerla. Hace muchos años que Kitano me sedujo con su cine violento, visceral y traumático, inspirado en un hiperbólico Harry, el Sucio, haciendo de obras como Violent Cop, un acto de rebeldía que ni el mejor Tarantino ha sido capaz de superar.

Vi del tirón El verano de Kikujiro, salvo dos veces que me levanté a mear (por culpa del gazpacho de Hacendado) y puedo coincidir con algunas opiniones negativas de filmaffinity: los puntos cómicos acusan la torpeza y no resulta tan creíble disfrazar la desgracia que va a marcar para siempre la vida del niño.

Ahora bien, la intencionalidad de Takeshi Kitano, como director y protagonista, no es la de hacer una obra maestra, sino que la intencionalidad de la peli arraiga en un tributo personal que se rinde a The Kid y a otras cintas donde la pareja (adulto en declive y desahuciado junto a huérfano) parece rentable desde una ternura que va implícita en la fatalidad que ambos protas comparten. Emociona comprobar esa otra faceta de Kitano que nos aleja de su cine de yakuzas nazis y de polis hijos de puta.

El director necesitó medirse en el 99 con una obra que lo sacara de un encasillamiento feroz, como le pasó al propio Clint Eastwood al rodar Los puentes de Madison. No quiero imaginar la cara de más de uno al salir del cine después de ver Los puentes. Predispuestos a gozar con una orgía de sangre, se encontraron con un melodrama lento, maduro, realista y condenado a perdurar en el tiempo por encima de Infierno de cobardes.

Lo que construye Kitano es una fábula donde la orfandad de un niño, convertida en estigma, se sublima a través de un coro de personajes que se mueven en el puro histrionismo. Infantilizados, muy infantilizados, y entregados a la causa, que no es otra que hacer reír a un pequeño que busca a su madre durante las vacaciones, la realidad se torna en un taller de clowns, donde la música de Joe Hisaishi enternece por un minimalismo de ensoñación que eleva la calidad lírica de algunos momentos en los que Kitano regresa a los espacios como símbolos no exentos de una carga emocional. Ahí cualquier espectador empatiza, aun reconociendo que el artificio puede abusar de ñoñez.

El doblaje al castellano mata los diálogos escasos, sí, los mata. Todo hay que decirlo. Sin embargo, queda, al final de la película, cierta correspondencia semántica entre la vida del adulto Kikujiro y la de ese niño que parece ser su doble, una clase de Doppelgänger que se deja entrever con cada pericia. En esa analogía, se descubre la fábula y una pretensión tan dura como elocuente: la vida es un bucle aquí y allí, en ti y en mí. Las desgracias nunca pueden ser ajenas y nunca mejor dicho, porque nada puede doler más como que mutilen tus orígenes. @mundiario