Dos forajidos (Rust) supera su tragedia para revelar una historia de culpa y redención
El regreso a la exhibición de Dos forajidos (Rust) llega cargado de inevitables preguntas extracinematográficas. El accidente de octubre de 2021, cuando la directora de fotografía Halyna Hutchins falleció en el set, marcó para siempre la historia del film y la carrera pública de Alec Baldwin. Pero más allá del suceso —y del interminable debate judicial y mediático que lo acompañó— la película que dirige Joel Souza merece ser valorada también por sus propios méritos: como narración, como estética y como ejercicio de género.
Situada en 1882, la historia es sobria en su planteamiento: Harland Rust (Baldwin), forajido buscado por Wyoming, rescata de la cárcel a su nieto, condenado a la horca por un disparo accidental. A partir de esa premisa clásica —vuelo, persecución y posible redención— Souza construye un relato que se mueve con pulso ceremonioso, priorizando la atmósfera sobre los fuegos artificiales. El tono es crepuscular; el western que propone es áspero, contenido y meditativo, más cercano al cine de duelo que al espectáculo de acción sin pausa.
Uno de los aciertos inesperados es la performance de Baldwin. Lejos del histrionismo mediático que arrastró tras el accidente, su Harland Rust es itinerante, marcado por la culpa y la fatiga. No busca justificarse; su presencia se apoya en la voz profunda y en la economía gestual. Alrededor suyo, el joven Patrick Scott McDermott ofrece la fragilidad necesaria como nieto condenado, y secundarios como Travis Fimmel (cazarrecompensas con sermón moral) y Josh Hopkins (marshal destrozado por la enfermedad de su hijo) contribuyen a una textura dramática que evita la simple acumulación de estereotipos.
La herida real del film se ve también en la pantalla: la fotografía original de Hutchins —concluida por Bianca Cline tras su muerte— imprime una mirada detallista y sensorial al paisaje y al rostro humano. Muchas de las mejores escenas se sostienen en esa luz: rincones áridos, penumbras cálidas, primeros planos que hablan del cansancio. Es un testimonio técnico y estético que explica por qué el nombre de Hutchins figura en los títulos con un cariñoso recordatorio de su origen ucraniano. La película, por tanto, funciona en parte como un epitafio literario: homenaje y obra a la vez.
Sin embargo, la película no es intocable. Su mayor crítica tiene que ver con el ritmo y la duración: los casi 140 minutos se sienten a ratos excesivos. Souza es decidido en su vocación expositiva —construir paisaje, carácter y motivaciones—, pero paga el precio de demorarse sin siempre añadir capas narrativas que justifiquen cada tramo. Algunas secuencias de acción, además, carecen de la inspiración formal que habrían elevado la propuesta: bien coreografiadas, pero sin un momento de pura invención que quede grabado en la memoria del espectador.
También resulta plausible la decisión del director de eliminar del montaje cualquier recreación de la escena real del disparo fatídico, así como las piezas del relato que la condujeran. Fue un gesto de respeto que impide el morbo y evita que el filme se convierta en un documento sensacionalista. No obstante, la tragedia sigue asomando en varias imágenes —un disparo accidental que desata la trama, la culpa reflejada en un rostro— y la proyección se lee, inevitablemente, a través de ese prisma.
En su conjunto, Dos forajidos (Rust) confirma que una película “maldita” puede ser también una película honesta. Habla del dolor y de la posibilidad de reparación en términos que dialogan con la tradición del western: castigo, expiación y la búsqueda de un lugar donde el pasado pueda reposar. No corrige la tragedia extrafílmica; la recuerda, la incorpora y —en buena medida— la honra con un cierre que dedica la obra a la memoria de Hutchins.
Para el público y la crítica, la experiencia es ambivalente: cuesta separar la obra del episodio real, pero cuando se logra esa distancia, el film revela solidez dramática y visual. No es una obra maestra del género, pero sí un western contemporáneo digno, revestido de tristeza y de honestidad artística. Y en el juicio colectivo, esa doble naturaleza —película y memoria— lo convierte en un ejercicio cinematográfico singular que permanecerá ligado, por siempre, a la pregunta ética sobre los peligros del rodaje y el precio humano del cine. @mundiario