Cannes inaugura con De Niro alzando la voz: arte, poder y política en la Croisette
Cannes nunca ha sido solo cine. A lo largo de su historia, el festival más prestigioso del mundo ha encarnado el espíritu europeo de resistencia artística frente a los autoritarismos, las injusticias sociales y las derivas culturales del poder. En esta 78ª edición, esa tradición se ha reafirmado con fuerza gracias al discurso de un Robert De Niro que, más allá de los aplausos y la ovación, no ha querido desaprovechar el momento para levantar la voz contra lo que considera una amenaza real: el auge del fascismo global y el silenciamiento del arte como fuerza de disidencia.
Leonardo DiCaprio, encargado de entregarle la Palma de Oro honorífica, no solo reconoció la carrera extraordinaria del actor neoyorquino, sino que dejó entrever la otra cara del homenaje: la del legado ideológico que De Niro representa. Cuando tomó la palabra, el veterano actor fue claro y contundente: “Somos una amenaza para los fascistas”, dijo, refiriéndose al papel subversivo del arte frente a los regímenes que pretenden controlar el pensamiento. No tardó en señalar directamente a Donald Trump como símbolo de ese peligro, denunciando las medidas arancelarias contra la producción cultural extranjera como un intento más de cercenar la libertad de creación.
Este Cannes no ha sido una gala cualquiera. Ha sido un manifiesto, una protesta en voz alta, un espejo que devuelve al mundo su rostro más oscuro. Juliette Binoche, presidenta del jurado, asumió también un papel político al denunciar en su discurso las guerras, la pobreza, el machismo estructural y el cambio climático. Su intervención, aunque plagada de metáforas poéticas, no esquivó el centro del debate: la necesidad de construir humanidad frente a la tormenta de barbarie que avanza. “Debemos crear dulzura”, dijo, y no sonó a ingenuidad, sino a resistencia.
Sin embargo, no todo fue firmeza. Binoche, interpelada por los periodistas, tuvo momentos incómodos cuando fue preguntada por la condena judicial contra Gérard Depardieu. La actriz esquivó respuestas contundentes, limitándose a reflexionar sobre el concepto de “figura sagrada”, aludiendo a que los mitos culturales deben ser revisados a la luz de las responsabilidades humanas. Tampoco quiso pronunciarse sobre la carta firmada por más de 380 figuras del cine —entre ellas Almodóvar, Bardem o Susan Sarandon— que denuncia el genocidio en Gaza. Su negativa a firmar, justificándola con un “quizás lo entiendas más tarde”, dejó más preguntas que respuestas.
Pero Cannes no es solo su gala de apertura. La jornada también estuvo marcada por el estreno de Partir un jour, ópera prima de Amélie Bonnin, y por el arranque de la sección de cine inmersivo, que este año cuenta con una importante representación española: Fillos do vento: a rapa, del gallego Brais Revaldería. Su trabajo documental, rodado durante ocho años en la tradicional Rapa das Bestas de Sabucedo, propone una nueva forma de mirar el cine: sensorial, envolvente y profundamente conectado con la raíz cultural del territorio. En un certamen que abraza cada vez más las nuevas narrativas digitales, Revaldería se posiciona como pionero del documental inmersivo ibérico.
El Festival también aprovechó para rendir tributo a figuras recientemente fallecidas como la actriz Émilie Dequenne, el cineasta David Lynch y la fotoperiodista palestina Fatma Hassouna, cuyas muertes resuenan en un contexto geopolítico extremadamente convulso.
Y por si fuera poco, la pasarela de Cannes no quedó ajena a los cambios culturales. Nuevas normas impiden los vestidos excesivamente voluminosos o los desnudos explícitos. Halle Berry, que tuvo que renunciar a su diseño original, se lo tomó con humor y comprensión, mientras que Juliette Binoche celebró otra norma en vigor: ya no se exige a las mujeres usar tacones. Detalles, sí, pero también gestos de un festival que está revisando sus códigos estéticos a la par que sus discursos ideológicos.
El telón ha subido en Cannes y lo ha hecho no para una función complaciente, sino para una representación que clama por la verdad, la justicia y la libertad creativa. Si algo ha quedado claro en esta inauguración es que, más que nunca, el cine quiere ser conciencia. Y Cannes, su gran altavoz. @mundiario