Pazo de Vilaboa, patrimonio vivo a las puertas de A Coruña

Uno de los salones del Pazo de Vilaboa. / Mundiario
Historia, romanticismo y excelencia definen la organización de eventos en uno de los grandes pazos gallegos con varios siglos de historia.

A apenas diez minutos del centro de A Coruña y a escasa distancia del aeropuerto de Alvedro, el Pazo de Vilaboa (Rúa Souto 2, Vilaboa, en Culleredo) resume en piedra, jardines y memoria una parte esencial de la historia social gallega. No es solo ahora un espacio para celebraciones: es una construcción de varias centurias que ha sabido adaptarse al tiempo sin renunciar a su identidad. Estamos, pues, ante un legado arquitectónico que atraviesa los siglos.

La fisonomía actual del Pazo de Vilaboa está marcada por la impronta del romanticismo decimonónico. En el siglo XIX, el edificio fue objeto de una profunda reestructuración impulsada por el arquitecto Álvaro de Torres, también vinculado a la restauración del Pazo de Meirás. Aquella intervención no solo consolidó el conjunto, sino que le otorgó una estética coherente con el gusto historicista de la época.

El resultado es una arquitectura presidida por materiales nobles, con algunos elementos procedentes de otros pazos gallegos integrados en la reforma. Lejos de ser un pastiche, el conjunto mantiene la armonía propia de la tradición pacega: muros robustos, escalinatas solemnes, galerías luminosas y un torreón circular que hoy alberga la suite nupcial y el llamado salón rojo, uno de los espacios más singulares del inmueble.

Se trata de un pazo histórico que combina arquitectura romántica del siglo XIX y servicios contemporáneos de alta gama 

El pazo conserva también capilla propia –un rasgo distintivo de la antigua nobleza rural– y varios salones diferenciados: el principal, con capacidad para 500 comensales; el blanco y el verde, pensados para formatos más reducidos o celebraciones paralelas. Esa versatilidad permite adaptar el espacio sin desvirtuar su carácter histórico.

Vistas del Pazo de Vilaboa. / Mundiario

Jardines y memoria: el valor del entorno

Si la arquitectura habla del pasado, los jardines completan el relato. En la parte trasera, una extensión de arbolado centenario ofrece un escenario natural poco frecuente en entornos urbanos. La proximidad a la ciudad de A Coruña, a cuya área metropolitana pertenece, no ha erosionado el silencio ni la escala del lugar.

En una Galicia donde muchos pazos han sufrido abandono, fragmentación o usos poco respetuosos con su historia, el mantenimiento de estos espacios supone una forma de conservación activa. Celebrar un evento en un pazo no debería entenderse solo como una experiencia estética, sino como una manera de sostener económicamente un patrimonio que, de otro modo, correría riesgo de deterioro.

Patio del Pazo de Vilaboa. / Mundiario

Tradición y profesionalización

El equilibrio entre tradición y funcionalidad contemporánea es, probablemente, uno de los mayores aciertos del Pazo de Vilaboa. Todos los elementos propios de la arquitectura pacega han sido restaurados y readaptados a las necesidades actuales: climatización discreta, accesibilidad y logística para grandes servicios de restauración.

La organización es otro de los pilares. Un mínimo de un camarero por cada diez comensales reduce tiempos de espera y permite una atención personalizada, algo esencial cuando se gestionan celebraciones de gran formato. El equipo acompaña a los anfitriones en la elección del menú y del salón más adecuado, en un intento por combinar cocina cuidada y puesta en escena coherente con el entorno.

Pazo de Vilaboa. / Mundiario

Más que un espacio para encuentros

Aunque las bodas han convertido muchos pazos en iconos del sector nupcial, limitar su papel a esa función sería injusto. Encuentros familiares o corporativos, aniversarios, bautizos o comuniones encuentran aquí un marco que aporta solemnidad sin caer en la ostentación.

En un momento en que el debate sobre el uso del patrimonio histórico es recurrente –entre quienes defienden su musealización estricta y quienes apuestan por su explotación económica–, el Pazo de Vilaboa representa una tercera vía: la del patrimonio vivo. Un edificio que no se congela en el pasado, pero tampoco se vacía de significado.

El salón verde del Pazo de Vilaboa. / Mundiario

A las puertas de A Coruña, este pazo demuestra que la historia puede ser, al mismo tiempo, memoria, paisaje y experiencia compartida. Y que el romanticismo arquitectónico del siglo XIX todavía puede dialogar con las exigencias del siglo XXI sin perder dignidad. Merece la pena conocerlo, y disfrutarlo. @mundiario