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Una felación no es más que una demostración de la fiebre del consumismo

La pornografía reside en el arte de la felación, una propuesta más de consumo a la que el ser humano está destinado como espectador.

Una felación no es más que una demostración de la fiebre del consumismo
Obra de Cristina Otero./ AFPV
Obra de Cristina Otero./ AFPV

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Ulises Novo

Ulises Novo

El autor, ULISES NOVO, colabora en MUNDIARIO y es escritor. @mundiario

Hay actrices que han logrado ser mito e hito en la felación: Belladonna, Briana Banks o Jeanne Fine. Una escuela que establece la cultura de un canon, la cultura de una tradición visual, la cultura de una forma de consumir porno que obliga a muchos hombres heterosexuales a tender puentes a una imaginación más febril, humillante y violenta hacia la mujer.

Las diosas se arrodillan ante penes mastodónticos. Fingen ser felices al ser penetradas oralmente, y en esa ficción, cargada de hipérboles y zafiedad, eclosiona el placer en el espectador, el placer de lo que la convención no permite, aquello que la imaginación perpetra con sigilo y en silencio, porque quizá la realidad defrauda siempre, porque quizá la realidad no sostiene la estética de celo y adicción que supone que Ava Addams o Jenna Jameson saliven cuando el falo ciclópeo asciende delante de sus rostros armónicos y nutridos de lascivia.

La felación es un sueño y los sueños, en nuestra sociedad líquida, implican consumismo; acceder a Internet, pagar su factura mensual, colarse en páginas gratuitas, contratar los servicios de Brazzers o de prostitutas que saben a lo que están predestinadas.

Después de un adolescente trufado de hormonas, son ellas quienes más consumen porno para aprender aquello que el cliente relaciona con un sueño que ha de hacer realidad, corpóreo, porque quien paga quiere invadir el tabú, transgredirlo, saber qué placer trasciende al que ya conoce, ese que Peter North o Nacho Vidal expresan con una descarnada kinésica que somete a la actriz a la humillante consolación de que está a punto de hacer un buen trabajo.

Pero el placer, ese placer, se mide con la tarjeta de crédito, aunque quieran mentirnos con la aventura del vicio inmenso, de la realización personal después el rodaje de una escena, cuando el semen arrasa su piel y sonríen ante la cámara.