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MUNDIARIO

Anabel García nos invita a leer "El día que me calle me salen subtítulos"

"No espero a nada, porque no sé qué provoca este hombre en mí, que no soy capaz de mantenerme alejada de su cuerpo", escribe Anabel García en su nueva novela.

Anabel García nos invita a leer "El día que me calle me salen subtítulos"
Anabel García, escritora./ A.G.
Anabel García, escritora./ A.G.

Anabel García nos presenta "El día que me calle me salen subtítulos".

La escritora Anabel García nos regala un fragmento de su nueva novela "El día que me calle me salen subtítulos", publicada por Planeta. Espero que lo disfrutéis y os aventuréis a leer más títulos de esta autora.

"Irion se relaja al ver al animal en modo oso amoroso, pero no es capaz de moverse todavía. Nos observa con el desconcierto reflejado en su rostro.

—Ya era lo que me faltaba —se queja—, ¡un puñetero lobo! ¿Esto qué es, una de las excentricidades que tenéis los ricos? A partir de hoy te voy a llamar Caperucita.

Me levanto, sin apartar mi mirada de la suya y me acerco hasta él con paso firme, que continúa pegado a la puerta.

—¿Alguna vez has hecho el amor en un jacuzzi, Miller? —le pregunto con una voz melosa, mientras beso con delicadeza su cuello. Él deja escapar un suspiro.

—No.

—Te voy a demostrar quién es Caperucita y quién el lobo —susurro en su oído.

Le agarro de la mano y le conduzco hasta el baño. Abro el grifo de la gran bañera de mármol blanco y vierto en el agua sales y aceites perfumados. Apago la luz del techo y enciendo la iluminación de la bañera, que evoca a la de las velas, pues son minúsculas lucecillas amarillentas dispersas, que dotan el ambiente de un intenso misticismo romántico. Él no deja de mirarme, atónito.

—Me hipnotiza cada movimiento tuyo —susurra embelesado.

Una vez está lleno el jacuzzi, subo las escaleras lentamente y me quito el camisón de una manera muy sensual para provocarlo, efecto que logro de inmediato, pues su gran miembro se alza sin dificultad, aún siendo tan pesado como es. Me introduzco en el agua caliente, poniendo cara de sumo placer y dejando escapar un gemido a propósito, que consigue su cometido: hechizarlo. Le llamo con un movimiento de mi dedo índice y él no duda en seguirme.

Se acomoda a mi espalda y yo me sitúo entre sus piernas, contemplando la playa iluminada únicamente con la luz de las antorchas, desde el gran ventanal que tenemos junto a nosotros.

—Estoy en el puto paraíso —musita, mientras masajea mis hombros con sus fuertes manos y yo acomodo mi cabeza sobre su pecho para dejarme hacer.

Pulso el botón que hay a un lado de la bañera y, de repente, comienzan a salir las burbujas. Ni siquiera me da tiempo de reaccionar, cuando veo que Irion ha salido corriendo, bueno, ¿qué digo corriendo?, ha salido volando del agua, como si fuese un gato erizado, tratando de evadir la muerte.

Ha huido a toda prisa, no me preguntes a dónde ni por qué, pero chorreando agua con aceite como iba, se ha pegado una leche contra el suelo que ha retumbado por toda la estancia, incluso ha derrapado de culo hasta chocar contra el mueble del lavabo, dándose de lleno en todas sus partes nobles.

—¡Ay, joder! —se retuerce contra el suelo, hecho un ovillo, con las manos puestas sobre sus huevos machacados.

Yo no sé si preocuparme o soltar la carcajada más grande que alguien haya soltado nunca.

Me mira desde el suelo con la cara roja y una expresión lastimera.

—¿No piensas venir a ayudarme, mala mujer?

Entonces sí que me parto de la risa.

—¿Se puede saber por qué diablos has salido corriendo como si te persiguiese Satán? —le pregunto entre lágrimas de tanto reírme.

—¡¡¡Porque el agua ha empezado a hervir!!!

Me dejo caer en el interior de la bañera porque mis piernas no son capaces ni de sostenerme de la risa que tengo.

Pero la escena no termina aquí, porque Fenrir no tarda en aparecer corriendo hacia él para comprobar qué es lo que está sucediendo y el por qué de tanto alboroto. Entonces, Irion, al ver que el lobo se le acerca a toda prisa, no se le ocurre nada mejor, que levantarse a toda velocidad para precipitarse contra la bañera, con el animal corriendo tras él. Y yo, mientras, descojonada de la risa.

La escena resulta cuanto menos dantesca: Fenrir cree que Irion está jugando, aunque para Irion, viendo su cara de pánico, ese juego signifique una persecución mortal en la que él debe evitar ser devorado por la bestia.

El asunto no podría terminar de otra manera que con Irion estampándose contra la bañera, cayendo de culo al suelo otra vez, mientras el cachorro se lanza sobre su cuerpo, lamiéndolo y él grita aterrado.

Yo me doblo de la risa, no puedo ni hablar y hasta me cuesta respirar de tanto reírme.

Cuando recobro un poco el aliento, salgo del agua para ayudarlo a levantarse, pues está acurrucado tapándose sus partes para que el animal no le muerda ¡qué obsesión tienen los hombres con sus partes!

Aparto al lobo de encima de su cuerpo, sujetándolo por el collar, aunque termino sacándolo al balcón para que Irion se relaje, pues está al borde del infarto y el cachorro demasiado excitado para calmarse. Vuelvo, riéndome como una loca, mientras él nos maldice a los dos.

—Estarás contenta, te has reído a gusto de mí.

—Eres un exagerado, Fenrir solo quería jugar contigo. Tú eres el que piensa que le va a devorar un pobre cachorro y el que no deja de pegarse golpes contra todos los muebles de la casa —otra vez suelto un bufido seguido de una carcajada.

Él pasa de mí y se acerca medio cojeando hasta la bañera para observar, intrigado, el agua burbujeante.

—¡Esto es el jacuzzi! ¡Son burbujas de aire, nada más! —me parto de risa cada vez que lo recuerdo retorcido en el suelo, no puedo evitarlo.

—¿Y por qué narices quieres que haya aire en el agua? —refunfuña molesto porque todavía me esté riendo.

—Mira, ven —tomo su mano y tiro de él para que entre de nuevo en el agua, pero se detiene y se niega —¿confías en mí? —insisto.

—Hasta hace un momento sí, pero al ver que me quieres cocer para que me coma tu mascota… no tanto.

Pongo los ojos en blanco y vuelvo a reírme.

—¡Venga, no seas tonto, ven!

Entra, reticente, y le ayudo a acomodarse en la bañera, de tal forma que las burbujas le masaje en la espalda.

—¿Te gusta?

—Mmmm —ronronea, con cara de puro éxtasis.

—Es un masaje, nada más, no quiero cocinarte, aunque sí devorarte entero —me relamo de forma sensual, ya que al ver esa expresión de placer reflejada en su rostro, me ha encendido.

—¿Y a qué esperas, mi loba feroz?

No espero a nada, porque no sé qué provoca este hombre en mí, que no soy capaz de mantenerme alejada de su cuerpo. Acabamos de amarnos y, acto seguido, tengo ganas de nuevo, es agotador no saciarse nunca y, lo mejor de todo, es que a él parece sucederle lo mismo, porque ya tiene izada la bandera por todo lo alto.

—Como estoy convaleciente por tu culpa, tendrás que hacer tú el trabajo sucio —pone cara de pena, dándose palmaditas sobre sus muslos para que me suba". @mundiario