El uso problemático de internet entre los jóvenes: menos pánico y más políticas eficaces
Uno de cada cinco adolescentes en España hace un uso problemático de internet. El dato es serio, pero no nuevo ni creciente. De hecho, vuelve a niveles similares a los de antes de la pandemia, tras el pico excepcional de 2021 y 2023. Conviene subrayarlo porque el debate público tiende a moverse entre el alarmismo y la negación, dos atajos que impiden entender qué está pasando realmente.
El uso problemático no equivale a una adicción clínica. Hablamos de interferencias claras en la vida diaria, pérdida de control o malestar psicológico. Es decir, una señal de alerta, no un diagnóstico. La pandemia convirtió las pantallas en aula, plaza pública y refugio emocional. Que ahora algunas cifras desciendan no significa que el problema esté resuelto, sino que el contexto ha cambiado.
Brechas de género que no son casuales
Los datos muestran un patrón constante. Las chicas presentan mayor uso problemático de internet y redes sociales, mientras que los chicos concentran los riesgos en videojuegos, apuestas online y consumo de pornografía. No es una cuestión biológica, sino cultural. A ellas se les exige exposición, validación y una imagen corporal permanentemente evaluada. A ellos se les empuja hacia la competitividad, la apuesta y el consumo sin filtros.
Estas diferencias ayudan a entender por qué las soluciones genéricas suelen fracasar. Limitar el acceso a redes sociales puede reducir ciertos riesgos, pero no aborda las presiones que empujan a muchas adolescentes a medir su valor en likes. Del mismo modo, la subida del juego online entre varones no se explica solo por la tecnología, sino por un mercado agresivo que normaliza apostar desde el móvil como si fuera un juego inocente.
Regular sin prohibir a ciegas
La propuesta de fijar un umbral de edad para el acceso a redes sociales abre un debate necesario. Las prohibiciones por sí solas no eliminan conductas, pero sí pueden modificar entornos. La clave está en entenderlas como parte de una política más amplia que incluya educación digital, atención temprana y regulación de plataformas que operan con lógicas extractivas sobre la atención.
El riesgo del llamado efecto descorche existe, pero también el de no hacer nada. Esperar a que los problemas se cronifiquen es como tapar una gotera con un cubo en lugar de reparar el tejado. Los datos sobre juego online, con un aumento sostenido desde la pandemia, muestran que el mercado avanza más rápido que las respuestas públicas.
El mensaje final no debería ser de pánico ni de complacencia. No estamos ante un colapso generacional, pero sí ante un ecosistema digital que necesita reglas claras, pedagogía y responsabilidad compartida. Entender los matices, mirar más allá de los titulares y actuar con inteligencia colectiva es la única forma de que la tecnología deje de ser una trampa y vuelva a ser una herramienta. @mundiario