Somos animales emocionales. ¿Error o acierto?
Somos tan iguales que hemos exagerado el esfuerzo por no serlo en busca de una diferenciación que no existe.
Desde siempre se ha dicho que no todos somos iguales, pero lo cierto es que en gran parte sí lo somos, y no sólo estructuralmente.
Somos tan iguales que hemos exagerado el esfuerzo por no serlo en busca de una diferenciación que no existe.
Fíjese que las personas que se vanaglorian de ser diferentes, pertenecen al colectivo de las personas que se vanaglorian de ser diferentes y aquellos que pasan de todo, pertenecen al colectivo de los pasotas. Pero todo tiene su origen.
Cada vez más personas tienen acceso a un aprendizaje selectivo y a una educación reglada. Hace muchos años, pocos accedían a la oportunidad de adquirir conocimientos elevados y por ello, se generaban distancias sociales en relación a dicho conocimiento. Luego, ya se derivó a la cantidad de dinero y/o propiedades que se poseía. De ahí que a menudo, de unos padres inteligentes y con mucho dinero, nos encontrásemos con una serie de descendientes torpes que se gastaban ese dinero.
Así, se empezó a distinguir entre “Inteligentes” y “Listos”.
Se conoce que el aprendizaje, la memoria, las emociones, etc… son el resultado de la liberación de cadenas neurotransmisoras cuyas materias activas todos poseemos. En eso somos iguales.
En cambio, el orden de los elementos en dichas cadenas sinápticas es dependiente de la expresión génica y de la epigenética. No. No de los genes en sí mismos, sino de su expresión combinada. En eso, somos diferentes.
Así, cada cual ha desarrollado una gran diversidad de destrezas sobre bases idénticas. Por ello, hay gente de “ciencias” y gente de “letras”.
Pero en la actualidad, casi todos disponemos de un fácil acceso al conocimiento. De ahí que se haya podido apreciar con claridad las capacidades de las personas y de sus limitaciones. El resultado no ha sido muy positivo y por ello, la actividad cognitiva ha tenido que ceder el paso a una inteligencia de características emocionales. Si no lo hubiésemos hecho, estaríamos pensando que nuestra vida se reduce a permanecer dentro de un recipiente, mientras que ahora pensamos… exactamente lo mismo.
Por ello, y gracias a este “engaño” bien orquestado, las tasas de ansiedad, depresión, suicidio, etc… no dejan de incrementarse.
Así, potenciar la parte emotiva nos hace más primitivos, ya que limitamos la acción cognitiva, la cual se ocupa de transformar las emociones en sentimientos. Es como un paso atrás que refleja una sumisión colectiva ante la imposibilidad de evolucionar cognitivamente.
¿Cuánto error hay en relacionar las emociones con la “humanidad de la persona”?
Se lo digo porque la lógica, la cognición y el razonamiento también son signos de desarrollo en la especie humana. Otra cosa es que no queramos, o no seamos capaces de asimilar, dicha evolución. Probablemente hemos alcanzado, y reconocido, nuestras limitaciones.
En realidad, la corriente que aboga por la inteligencia emocional, como refugio de los menos inteligentes, muestra una clara rendición ante la tecnología producida por las personas más cognitivas. Así, parece que la báscula encuentra su contrapeso al enfrentar personas emotivas con personas cognitivas. En realidad, el contrapeso debería reflejarse en el interior de cada individuo y no entre individuos.
De hecho, desarrollar las emociones nos hace mentalmente más débiles y nos muestra un escenario de individuos carentes de ingenio, y en ningún caso, individuos más humanos.
Diferentes foros sociales de gran envergadura hacen un esfuerzo tremendo para que creamos que la parte emocional es un nivel superior a la actividad cognitiva, pero lamentablemente no es así. Todo lo contrario.
El gran error proviene de la interesada separación entre emoción y cognición, cuando ambos elementos son compatibles, complementarios y afines. De hecho, a nivel sináptico, no existe uno sin el otro. Pero gracias a nuestro esfuerzo, hemos conseguido que la tenacidad neural superior se haya fijado en sinapsis emocionales abandonando, sin motivo alguno, las comunicaciones cognitivas. Ahora somos más animales, y no hay vuelta atrás. @mundiario