Por qué una parte de España duda de la ciencia en plena era del conocimiento

Ilustración del módulo de aterrizaje humano Starship en la Luna. / NASA-SpaceX
Uno de cada cinco españoles duda de que el ser humano llegara a la Luna y casi un 30% niega el cambio climático según su ideología. Un estudio revela una sociedad interesada en la ciencia pero con graves carencias de comprensión y confianza actual.

La imagen de Neil Armstrong dejando la primera huella humana sobre la Luna forma parte del imaginario colectivo del siglo XX. Sin embargo, en la España de hoy, más de medio siglo después, uno de cada cinco ciudadanos duda de que aquel paso histórico ocurriera realmente. No se trata de una anécdota aislada ni de una excentricidad marginal, sino de un síntoma más profundo sobre cómo circula el conocimiento científico y cómo se construye la confianza social en la evidencia.

El Estudio sobre Cultura Científica en España de la Fundación BBVA dibuja una sociedad interesada por la ciencia, pero atravesada por grietas cognitivas que no pueden ignorarse. Ocho de cada diez personas declaran interés por aprender sobre ciencia, principalmente por curiosidad intelectual. Sin embargo, ese interés no siempre se traduce en comprensión sólida ni en pensamiento crítico bien armado.

Dudar de la Luna no es solo dudar de la Luna

Que un 22% de la población española crea que la llegada del ser humano a la Luna fue probablemente falsa o directamente un engaño no habla únicamente del pasado. Habla del presente. Detrás de esa duda se esconde una desconfianza más amplia hacia las instituciones, los expertos y los mecanismos de validación del conocimiento. En un ecosistema informativo saturado, donde todas las opiniones parecen valer lo mismo, la evidencia científica compite en desigualdad de condiciones con narrativas emocionales y simplificadoras.

Las teorías conspirativas funcionan como atajos cognitivos. Ofrecen explicaciones fáciles a fenómenos complejos y refuerzan la sensación de pertenencia a un grupo que cree haber descubierto “la verdad oculta”. No es casual que estas ideas prosperen allí donde la comprensión científica es débil o fragmentaria.

Ideología y negación científica una relación incómoda

El estudio también señala una diferencia clara en la percepción del cambio climático según la orientación ideológica. Casi un 30% de quienes se sitúan en la derecha niega su existencia, frente a solo un 6% en la izquierda. Esta brecha no surge de la ciencia, sino de su politización. Cuando el conocimiento se convierte en arma arrojadiza, deja de ser percibido como una herramienta común para comprender la realidad.

El cambio climático es un buen ejemplo de cómo la negación no responde a falta de datos, sino a resistencias culturales y económicas. Aceptar su existencia implica asumir responsabilidades colectivas y cambios estructurales. Negarlo, en cambio, permite mantener intactas ciertas comodidades.

Mucho interés, poca comprensión el gran desafío educativo

El dato más revelador del informe quizá no sea el negacionismo, sino la dificultad generalizada para entender conceptos básicos. Palabras como algoritmo o estratificación social siguen siendo opacas para una parte importante de la ciudadanía. Esto no es un fallo individual, sino estructural. Cuando la ciencia se percibe como un lenguaje ajeno, reservado a especialistas, se abre la puerta a la confusión y al recelo.

Explicar mejor, no simplificar en exceso, conectar la ciencia con la vida cotidiana y reforzar la educación crítica son tareas urgentes. La ciencia no necesita ser venerada, pero sí comprendida. Como una linterna en mitad de la niebla, no elimina todas las dudas, pero ayuda a avanzar sin tropezar constantemente con los mismos errores.

Fortalecer la cultura científica no es solo una cuestión de conocimiento, sino de democracia. Una sociedad que entiende mejor el mundo está mejor preparada para decidir su futuro con criterio y responsabilidad. @mundiario