Incendios cada vez más cerca del permafrost: el carbono oculto que puede acelerar el calentamiento

Parte del Permafrost parcialmente derretido. / RR.SS
Un estudio revela que los incendios boreales no tienen el mismo impacto climático en toda Norteamérica: mientras en Canadá pueden generar un efecto de enfriamiento temporal, en Alaska liberan carbono almacenado durante milenios.

El permafrost —el suelo permanentemente congelado de las regiones árticas— es uno de los mayores reservorios de carbono del planeta. Durante miles de años ha almacenado materia orgánica congelada que, al descongelarse, se descompone y libera dióxido de carbono y metano. Por eso, cuando los incendios forestales avanzan cada vez más al norte y penetran en zonas ricas en permafrost, el riesgo no se limita a la devastación superficial: afecta a uno de los principales reguladores del clima global.

Un estudio publicado en Nature Geoscience analizó el impacto climático neto de los incendios en Alaska y el oeste de Canadá entre 2001 y 2019. La investigación, liderada por Max Van Gerrevink y Sander Veraverbeke, con participación de científicos como Scott Goetz y Michelle Mack, combinó registros históricos de incendios, datos satelitales, información climática y técnicas de aprendizaje automático para cuantificar efectos a largo plazo. Según sus conclusiones, no todos los fuegos boreales contribuyen al calentamiento de la misma manera.

El hallazgo más llamativo es la diferencia regional. En promedio, los incendios en Alaska tienden a contribuir al calentamiento climático, mientras que en Canadá pueden generar un efecto neto de enfriamiento. La explicación no es trivial. En amplias zonas canadienses, tras el incendio, la nieve cubre rápidamente el terreno quemado. Esa superficie blanca refleja mayor cantidad de radiación solar —un fenómeno conocido como aumento del albedo—, lo que produce un efecto de enfriamiento temporal que compensa parcialmente las emisiones de carbono liberadas por el fuego.

En Alaska, en cambio, la situación es más delicada. Allí abundan suelos ricos en permafrost vulnerable. Cuando el fuego elimina la capa vegetal y orgánica que actúa como aislante, el suelo congelado queda expuesto al calor estival y comienza a descongelarse. Ese deshielo libera grandes cantidades de carbono previamente almacenado. No se trata solo de la emisión inmediata por combustión, sino de un proceso que puede prolongarse durante años a medida que el permafrost degradado continúa descomponiéndose.

La metodología del estudio refuerza el peso de estas conclusiones. Los investigadores no se limitaron a medir emisiones directas de humo y CO₂, sino que integraron múltiples variables: cambios en la reflectividad del suelo, dinámica de la nieve, regeneración vegetal y evolución térmica del terreno.

El uso de modelos de aprendizaje automático permitió mapear y proyectar impactos climáticos acumulados, superando análisis locales previos y ofreciendo una visión sistémica.

Sin embargo, el propio estudio advierte que el actual equilibrio podría cambiar. El enfriamiento asociado a la nieve en Canadá depende de que exista una cubierta nival extensa y duradera. El calentamiento global está reduciendo tanto la duración como la profundidad de esa nieve. Si esa tendencia continúa, el efecto reflectante disminuirá y los incendios canadienses podrían dejar de compensar sus emisiones iniciales, inclinando el balance hacia el calentamiento.

El factor geográfico añade otra capa de preocupación. Aproximadamente el 70% del Ártico terrestre se encuentra en Siberia y Eurasia, regiones cuya composición ecológica se asemeja más a Alaska que a Canadá. Si los patrones de incendios se intensifican allí, el potencial de liberación masiva de carbono del permafrost podría ser considerablemente mayor. El estudio, aunque centrado en Norteamérica, sugiere implicaciones globales.

Desde el punto de vista de la gestión, la investigación introduce un matiz relevante: no todos los incendios boreales tienen el mismo coste climático. Priorizar la protección de zonas ricas en permafrost podría tener un impacto más significativo que la supresión indiscriminada de fuegos en regiones menos vulnerables.

Los autores subrayan que gran parte de estos incendios son provocados por rayos en áreas remotas, lo que limita la intervención humana, pero abren el debate sobre estrategias diferenciadas. @mundiario