A fondo

La guerra de Gombe: el conflicto que reveló el lado oscuro de nuestros parientes más cercanos

El 7 de enero de 1974, seis machos de Kasakela tendieron una emboscada a Godi, un macho de Kahama que había quedado solo. Lo acorralaron y lo golpearon hasta la muerte con ramas y piedras. / IA.
Cuando los chimpancés declararon la guerra: lecciones de violencia, supervivencia y el espejo evolutivo en la selva tanzana.

Entre 1974 y 1978, en el corazón del Parque Nacional de Gombe, Tanzania, se desató un conflicto que sacudió al mundo científico y puso en crisis la idea romántica de la naturaleza pacífica. No fueron humanos los protagonistas, sino chimpancés, nuestros parientes más cercanos, con quienes compartimos cerca del 98% del ADN. Aquella lucha, conocida como “La Guerra de Gombe” o “La Guerra de los Cuatro Años”, enfrentó a dos comunidades rivales y nos obligó a mirarnos en un espejo biológico inquietante: en la selva se reflejaban las mismas pulsiones de violencia, poder y conquista que han marcado la historia humana.

El episodio fue documentado con rigor por la legendaria primatóloga Jane Goodall, fallecida en 2025 a los 91 años, cuyo legado transformó para siempre la comprensión del comportamiento animal. Lo que ella observó en Gombe no solo reveló la inteligencia y complejidad social de los chimpancés, sino también su capacidad para la crueldad organizada. Desde entonces, su trabajo ha inspirado décadas de investigación sobre la evolución de la agresión y la cooperación. Hoy, gracias a los avances en genética, neurociencia y documentales como Chimp Empire (Netflix, 2023), los ecos de aquella guerra siguen ofreciendo claves sobre los orígenes biológicos de la violencia humana.

UN CONFLICTO ANUNCIADO

La historia comenzó con una comunidad de chimpancés conocida como Kasakela, estudiada por Goodall desde los años sesenta. En aquellos primeros tiempos, la científica inglesa revolucionó la etología al describir comportamientos que derribaban prejuicios: chimpancés que fabricaban herramientas, tejían vínculos emocionales y expresaban alegría, miedo o compasión. Sin embargo, en 1974 algo cambió.

Las tensiones internas, alimentadas por la competencia por frutas, territorios y jerarquías, crecieron hasta romper la cohesión del grupo. Algunos individuos —liderados por los machos Humphrey y Figan— se escindieron hacia el sur para formar una nueva comunidad, Kahama. Aquella separación, aparentemente natural, fue el preludio de una guerra total.

El 7 de enero de 1974, seis machos de Kasakela tendieron una emboscada a Godi, un macho de Kahama que había quedado solo. Lo acorralaron y lo golpearon hasta la muerte con ramas y piedras. Fue el primer asesinato documentado entre chimpancés, y Goodall lo describió en su diario con una palabra estremecedora: “horroroso”.

A partir de entonces, la violencia se volvió sistemática. En 1975, Dé fue abatido en otra emboscada; en 1976, el veterano Goliath corrió igual suerte. En cuatro años, los Kasakela exterminaron a los siete machos adultos de Kahama mediante ataques planificados y patrullas fronterizas. Capturaron a varias hembras para integrarlas a su grupo y expandir su linaje, un comportamiento sorprendentemente parecido al de las guerras humanas.

Cuando el conflicto terminó, en 1978, la comunidad Kahama había desaparecido. Los Kasakela ampliaron su territorio un 20 %, pero la victoria dejó cicatrices: el estrés, las pérdidas internas y nuevas amenazas de grupos vecinos demostraron que la violencia no siempre garantiza estabilidad. Décadas de observaciones posteriores, continuadas por el Centro de Investigación Gombe Stream, confirmaron que estos episodios no fueron anomalías, sino parte de un patrón territorial recurrente entre los chimpancés salvajes.

Lo que Jane Goodall observó en Gombe no solo reveló la inteligencia y complejidad social de los chimpancés, sino también su capacidad para la crueldad organizada. / IA.

¿NATURALEZA O CULTURA?

Goodall, que durante años había visto en los chimpancés una suerte de “nobles salvajes” —una visión influida por el idealismo de Rousseau—, quedó profundamente afectada. En su autobiografía In the Shadow of Man (1971) y en entrevistas posteriores, admitió:

“Pensé que los chimpancés eran como nosotros, pero mejores. Esto me mostró que también comparten nuestro lado oscuro.”

Hasta entonces, muchos científicos creían que la guerra era exclusiva de la cultura humana. Pero las pruebas eran irrefutables: los chimpancés formaban alianzas, patrullaban fronteras, planificaban ataques y ejecutaban estrategias colectivas con precisión militar. Algunos incluso practicaban canibalismo tras las muertes.

El descubrimiento abrió un debate que aún sigue vivo:

¿La violencia es una herencia evolutiva inscrita en nuestros genes comunes?

¿O surge solo como respuesta a condiciones externas —escasez de recursos, densidad poblacional o perturbaciones humanas—?

Un detalle interesante es que la provisión de bananas por parte de los investigadores pudo haber alterado las dinámicas sociales, exacerbando rivalidades. Sin embargo, estudios genéticos recientes —como los publicados en Molecular Ecology (2024)— indican que la agresión intergrupal podría estar favorecida por la selección natural: los grupos más cohesionados y agresivos habrían tenido más éxito reproductivo.

Otros expertos, como el primatólogo Robert Sussman, advierten que equiparar estos comportamientos con la guerra humana es un error. La violencia entre chimpancés, sostiene, no debe eclipsar su capacidad de cooperación y empatía, también documentada por Goodall.

PARADOJAS DE LA EVOLUCIÓN

Los estudios posteriores revelaron que los chimpancés no son los únicos animales con tácticas de guerra organizada. Lobos, leones e incluso delfines exhiben estrategias similares: ataques coordinados, eliminación selectiva de rivales y control de territorios o parejas reproductivas. Pero en los chimpancés, la similitud con los humanos resulta especialmente perturbadora.

Investigaciones recientes, publicadas en Current Biology y Science Daily, muestran que las motivaciones son comparables: poder, recursos y territorio. En el Parque Nacional Taï (Costa de Marfil), por ejemplo, chimpancés salvajes han sido observados aplicando auténticas tácticas de guerrilla: suben colinas para espiar a sus enemigos y atacan desde posiciones ventajosas, minimizando el riesgo y maximizando el daño, como soldados veteranos.

Un estudio del medio de comunicación y periodismo ambiental, Mongabay señaló además que la pérdida de machos dominantes puede alterar la “vida cultural” de un grupo, modificando incluso sus gestos de acicalamiento y sus rituales afectivos. Esa intersección entre biología y cultura se ha vuelto uno de los temas centrales en la antropología evolutiva contemporánea.

Artículos como “Los orígenes controvertidos de la guerra y la paz” (2024, Evolutionary Anthropology) sugieren que la guerra podría remontarse al ancestro común de humanos, chimpancés y bonobos, hace unos siete millones de años. Pero los bonobos —nuestros otros primos cercanos— ofrecen un contrapunto esperanzador: resuelven conflictos mediante el sexo y la cooperación. Si compartimos genes con ambos, la violencia no parece inevitable, sino una posibilidad más dentro del repertorio evolutivo.

UN ESPEJO INQUIETANTE

“Los chimpancés nos enseñan que, al igual que ellos, podemos elegir la paz sobre la guerra.” Jane Goodall. / RR SS.

La Guerra de Gombe cambió nuestra percepción de los chimpancés para siempre. Dejó de ser posible verlos como criaturas inocentes o simples reflejos idealizados de la naturaleza. Aquella guerra mostró que la violencia, la estrategia y la dominación territorial no son patrimonio exclusivo de los humanos.

Pero también nos dejó una pregunta esencial: Si nuestros parientes más cercanos recurren a la guerra organizada, ¿hasta qué punto nuestra propia violencia está inscrita en la biología?

Más que una curiosidad científica, el caso de Gombe nos obliga a reconsiderar la raíz de los conflictos humanos. Tal vez la guerra no nazca solo de ideologías o ambiciones, sino de tensiones profundas en nuestra estructura social y genética. Comprenderlo no implica justificarla, sino buscar nuevas formas de evitarla.

Conservar los hábitats naturales, reducir la competencia por recursos y promover la coexistencia son pasos que podrían ayudarnos tanto a nosotros como a ellos. El Instituto Jane Goodall y el Centro de Investigación Gombe Stream, con más de sesenta años de observaciones continuas, siguen siendo faros de ese esfuerzo global contra la deforestación y el tráfico de especies.

En 2025, tras la muerte de Goodall, su mensaje sigue vivo:

“Los chimpancés nos enseñan que, al igual que ellos, podemos elegir la paz sobre la guerra.”

Aquel espejo tanzano, empañado por sangre y hojas, sigue reflejándonos. Lo que veamos en él —y lo que decidamos hacer con esa imagen— dirá mucho sobre nuestra propia evolución. @mundiario