Cambios que se convierten en oportunidades
Todas las empresas tienen unos objetivos que cumplir y para ello, realizan constantemente un gran despliegue de medios para alcanzarlos. Así, se establecen focos prioritarios en la actividad económica, en la relación con los clientes y proveedores, en la imagen que se muestra a la sociedad y, sobre todo, al cuidado de los recursos humanos y a la progresión del talento adquirido.
Prestar atención a este último foco es de vital importancia. Aun así, muchas organizaciones plantean sus acciones en esta área de forma estática, cuando en realidad se trata del espacio más dinámico dentro de una corporación.
Lo estático y lo dinámico
Este dinamismo proviene de que cada día pasan cosas y, sobre todo, de la necesidad de que nuestros equipos se adapten rápidamente a aquello que queremos alcanzar y que, al parecer, otros se obstinan en conseguirlo antes.
Por ello, cada escenario es diferente aunque contemos con un equipo estable. Así que, como sospecha, no queda otra que trabajar con elevados rangos de adaptabilidad y de agilidad.
El reto se encuentra en cómo conseguir los objetivos con un equipo teóricamente permanente, en un entorno, en la práctica, cambiante.
Por ello, el gran desafío se encuentra en conseguir la “movilidad” de las personas con el irrenunciable requisito de mantener un nivel excelente en todos los movimientos y balanceos.
Resulta evidente que no tenemos que exigir que cada individuo sea un “todo-terreno”, sino que la ordenada combinación de las características de todas las personas nos debe ayudar a alcanzar dicha excelencia. Pero, claro, alguien debe ordenarlo y combinarlo.
Por ello, debemos ayudar a los trabajadores a alcanzar sus metas, conociendo cómo son, identificando aquello que les motiva e incluso, evitando lo que les estresa. En resumen, conociendo con precisión sus capacidades y sus limitaciones.
Dicho conocimiento resulta esencial para plantear cómo aprovechar las características de personas diferentes para liderar los cambios que afectan a todos y a la vez, generar equipos consistentes y unidos.
Así, se trata de identificar dichas características, ya que éstas se pueden gestionar en favor de la persona, del equipo y de la corporación.
Para ello se han caracterizado 4 comportamientos que, una vez identificados, serán sin duda, ejemplos y modelos a seguir.
Si lo tenemos “en casa”, no será necesario buscarlos en el exterior
La metodología se llama CARE y se centra en localizar e identificar, con precisión matemática, a las personas más adecuadas para asumir una serie de funciones cambiantes.
En cierta manera, en estos casos, la función jerárquica se ve rebajada mientras que el resultado se convierte en el tesoro más buscado.
Así, ante cualquier evento que pueda alterar la rutina, como la implementación de procesos de digitalización, calidad, sistemas, orientación comercial, producción, etc… resulta imprescindible disponer de equipos flexibles, fluidos y felices.
Estos cuatro comportamientos que se deben activar son los siguientes:
> Cohesión. Comportamiento que promueve la hibridación para facilitar la consecución y consolidación de los objetivos propuestos.
> Aceleración. Comportamiento que ejerce la tensión necesaria para una ágil y rápida implementación.
> Rescate. Comportamiento que tiende a estabilizar el ritmo de los procesos, prestando ayuda a las personas rezagadas y apoyando su integración.
> Exploración. Comportamiento que propone nuevos espacios de aplicación, aportando ideas innovadoras y creativas.
Una vez identificadas estas personas, sólo queda explicarles lo que se espera de ellas, mostrarles qué herramientas pondremos a su disposición y, por supuesto… ¡Dejarles hacer!
Por cierto, no se equivoque en la identificación de las personas poseedoras de estas características. Si comete un error, obtendrá una desviación o deriva en la consecución de los objetivos propuestos.
De esta manera, los cambios no presentan resistencias y en vez de hablar de problemas, se plantean soluciones.
Lo dicho, cambios que se convierten en oportunidades. @mundiario