El algoritmo universal que todo lo rige

Universo. Greg Rakozy en Unsplash
Universo. / Greg Rakozy en Unsplash
Entender cómo funcionan las cosas requiere que comprendamos los algoritmos que las generan. Ahora apreciará porque la mente es un “secreto”.
El algoritmo universal que todo lo rige

Existe la idea de que un algoritmo universal rige nuestras vidas, las del resto de animales, plantas y minerales. Lo grande y lo pequeño funciona bajo los mismos parámetros, tal y como el Universo se equipara a una célula, los genes se agrupan en 23 pares de cromosomas que contienen más de 22.000 unidades codificantes que fabrican proteínas formadas por diferentes aminoácidos, y que nos guste o no, se encienden y se apagan de forma programada. De hecho, eso de que “le guste o no”, depende de dicha programación.

Estos interruptores son los encargados de darle forma, función y acomodamiento a cada célula.

Por ejemplo, poseemos aproximadamente 80.000 millones de neuronas, las cuales son células sofisticadas que a cambio de su especialización, parece que han perdido la capacidad de reproducirse por mitosis (multiplicar/dividir). Por ello, un “ejercito” de células gliales se ocupan de que nada les falte.

Por ello, la ciencia de la vida (biología) es un mundo apasionante a la vez que desconocido. No podemos separar esta ciencia de la filosofía, que no es otra cosa que el amor por la sabiduría, la cual estudia las causas primeras y los fines últimos de todo. Por eso…

Aquello que hemos podido crear los humanos, siendo en teoría el animal más inteligente, es un burdo, limitado y torpe reflejo de lo que nos rodea. A menudo, no entendemos cómo funcionan las cosas y ahí es donde desarrollamos la imaginación. A veces, de forma absurda y otras, de manera inspiradora.

Nuestra estructura es biológica y como tal, dependiente del código genético. Los genes han encontrado la eternidad en la transferencia reproductiva, pero nosotros no.

Su combinación aleatoria nos hace diferentes y su expresión, unos verdaderos desconocidos aunque vivamos en la misma casa y compartamos padres biológicos.

Tiene que saber que desde hace tiempo se conoce bastante bien la composición y función de los órganos, aunque todavía tenemos alguna asignatura pendiente referente a la relación entre ellos. Pero hay uno que se resiste obstinadamente: el cerebro.

Resulta paradójico que el elemento que nos hace pensar no nos aclare cómo funciona el pensamiento. ¿Se ha dado cuenta de que cuando hablamos del cerebro (“nuestro cerebro”), parece que nos estamos refiriendo a algo que no es nuestro?

Se supone que la especie humana es el único animal que cree que en su cabeza habitan más personas. Hablamos con nosotros mismos, nos damos consejos y sobre todo, rechazamos la mayoría de nuestras propias recomendaciones en base a… “Somos así”.

¿Cómo funciona todo este entramado? Se lo voy a decir. Funciona con algoritmos que consideran sus resultados como variables de un nuevo algoritmo.

Aquí no existe jerarquía, ya que se trata de un espacio donde el caudal bioquímico puede optar por diversas canalizaciones.

Por ello, le aclaro que existen 2 clases de algoritmos. Aquellos que formulan resultados como si fueran variables, y aquellos que se denominan “algoritmo” pero que no lo son.

Todo lo que carezca de un algoritmo (simple o complejo) no existe.

Aquello que parecía imposible ya no lo es. Desde la administración de insulina rápida después de la medición inmediata de la concentración de glucosa en sangre a través de un dispositivo doméstico, hasta el uso que hace usted del ascensor de su casa o del microondas.

Entender cómo funcionan las cosas requiere que comprendamos los algoritmos que las generan. Ahora apreciará porque la mente es un “secreto”. Nadie ha podido desvelar todos los algoritmos que la hacen funcionar y en cambio, hemos desarrollado otros que no nos permiten conocer su funcionamiento.

¿Sabía usted que la consciencia posee un significativo retraso sobre la realidad?

Hemos llegado a comprender que la producción y liberación neurotransmisora conforma la percepción de todo lo que nos rodea, generando el aprendizaje y una serie de respuestas programadas por nuestra expresión génica.

También sabemos que las combinaciones y dosificaciones de los diferentes neurotransmisores generan comportamientos muy dispares.

No existe “cara o cruz”, sino “cara y cruz” porque se trata de monedas lanzadas al aire que nunca tocan el suelo. Se trata de oscilación y balanceo. Se trata de unidades que pierden su pureza una vez se han combinado.

Hemos llegado hasta aquel lugar en el cual no estaremos cuando los demás lleguen… Esto siempre va a ser así. No es que vayamos adelantados al tiempo sino que hay demasiada gente que posee una abultada latencia con respecto a la actualidad.

A menudo me han preguntado si se pueden medir las emociones. La respuesta es “sí”.

También me han preguntado si podemos orientar académicamente a las personas desde los 3 años de edad. La respuesta es “sí”.

Otras veces me han preguntado si podemos detectar indicios de patologías neurodegenerativas con 20 años de anticipación. La respuesta es “sí”. ¿Podemos medir la felicidad? Por supuesto que sí.

¿Más preguntas? La respuesta es “sí”… siempre y cuando conozcamos las variables de ese algoritmo universal que todo lo rige. Un algoritmo para todo y para todos… que casi nadie conoce. @mundiario

El algoritmo universal que todo lo rige
Comentarios