Volver a escribir

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Escritorio.

Escribir es ese pequeño milagro sanador sin el cual dejarían de tener sentido todas las pequeñas cosas que, como por arte de magia, regresan a su lugar.
 

Volver a escribir

Nunca fue tan fácil y, sin embargo, nunca costó tanto. La vida se nos escapa de las manos mientras corremos hacia ninguna parte, creyendo ingenuamente que siempre podremos darle alcance (quizá en otra ocasión, pensamos). Quizá. A veces es la propia vida la que rompe el protocolo y da un golpe de timón, invitándonos a reaccionar ante un estímulo externo; pero la realidad, testaruda como nadie, se empeña en demostrar que pocas veces acertamos a cambiar el rumbo. Nunca tenemos tiempo: nunca hay tiempo para nada. Y en una sociedad sin tiempo, ¿quién se acuerda de escribir?

Escribir es ese pequeño milagro sanador cuyas propiedades terapéuticas quizá no hayan sido aún demostradas por la Ciencia (tiempo al tiempo), pero sin el cual dejarían de tener sentido todas las pequeñas cosas que, como por arte de magia, regresan a su lugar. Es la expresión misma de la condición humana, de su aflicción, de sus quimeras y frustraciones. Sólo quien alguna vez ha escrito conoce la sensación; sólo los aprendices de alquimista que han jugado a convertir una hoja en blanco en un espejo han llegado a experimentar cuánto se parece a la libertad. 

 

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Nacho Mirás presentando su libro en 2015 en Santiago / Andrés Ruiz.

 

Hace apenas dos años tuve el privilegio de conocer en persona a Nacho Mirás, genial periodista y destacada pluma del diario La Voz de Galicia. Un colega del que todo el mundo hablaba bien, y al que con poco más de 40 años y dos hijos pequeños, diagnosticaron un tumor cerebral. De un día para otro, sin previo aviso, la vida le asestó el peor momento de su vida, que sólo su fortaleza anímica y su admirable sentido del humor pudieron, a la postre, convertir en menos malo. Apenas unos meses más tarde, Nacho se fue; la enfermedad le robó la vida, pero en modo alguno podría ya destruir su mayor legado: un majestuoso ejercicio de superación personal a través de la palabra, que permanecerá para siempre en el recuerdo de todos los que alguna vez nos asomamos a su generosidad.

Todo empezó con su blog, que ya entonces había cautivado a un considerable número de seguidores. Su literatura enganchaba porque era fresca, divertida y cercana; tanto, que aunque en aquel momento lo poco que sabía de él me había llegado a través de sus entrevistas y redes sociales, más de una vez tuve la extraña sensación de haberle conocido antes. Una confusa ilusión de cercanía que por lo general acostumbramos a atribuir a nuestro círculo más próximo de amigos, y que nunca fui capaz de explicar.

Podría haberlo dejado ahí. Un par de frases habrían sido más que suficientes para poner punto y final a la bitácora desde la que, tan sólo con su ingenio, había logrado atraer la atención de decenas de desconocidos. Podría haber dejado de escribir, y todos lo habríamos entendido. Pero no lo hizo. En su lugar, con el aplomo y la precisión de sus mejores crónicas, Nacho cambió el paso y empezó a contar lo que le estaba sucediendo; sólo que, a diferencia de sus clásicas contraportadas en el periódico, esta historia le tocó redactarla en primera persona.

Y así fue como, desde el minuto uno y con una fuerza de voluntad admirable, las entradas de aquel blog trascendieron el innegable talento de su autor, adquiriendo entidad propia con la solemnidad y el respeto de las palabras mayores (esas cuya gravedad sólo se percibe en toda su magnitud cuando es la supervivencia misma la que está en juego). El relato herido en los ojos de un reportero sitiado, endurecido por los horrores de la guerra, transformado en terapia personal y colectiva: pura alquimia.

He querido recordar a Nacho Mirás en mi primer artículo para Mundiario porque pocas personas han sabido expresar como él cuánto bien puede hacer escribir. Recuerdo que en nuestro único y breve encuentro a lo largo de una charla abarrotada de científicos, una mujer le agradeció entre lágrimas lo mucho que le había ayudado su historia a sobrellevar la enfermedad de su padre. Tal vez haya una razón. Algo tendrán las palabras llenas de humanidad, cuando son capaces de conectar así dos universos tan lejanos a un nivel tan íntimo.

 

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