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MUNDIARIO

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich, nuevo Premio Nobel de Literatura

"Escribí hace años sobre este libro de la última Premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexievich, donde la incomunicación de las víctimas dominaba todo el relato", recuerda nuestro colaborador.

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich, nuevo Premio Nobel de Literatura
Svetlana Alexievich, autora de Voces de Chernóbil.
Svetlana Alexievich, autora de Voces de Chernóbil.

Manuel García Pérez

Escritor y filólogo.

"Escribí hace años sobre este libro de la última Premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexievich, donde la incomunicación de las víctimas dominaba todo el relato", recuerda nuestro colaborador.

 

Frente a la actual retórica política de discursos informativamente previsibles en el que el sinsentido de los conceptos es cada vez más frecuente, existen publicaciones marginales que reflejan crudos testimonios de realidades objetivables no contempladas por los medios. La incomunicación del dolor, por ejemplo, se transcribe entonces en una fragmentación recurrente, más allá de la mitificación de convenciones lingüísticas tan repetidas en la dinámica de los discursos políticos, cada vez más homogéneos y  más asépticos.

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich, publicado por Siglo XXI y traducido por Ricardo San Vicente, recopila muchos de los testimonios de las víctimas y sus familiares  que quedaron en el olvido tras la crisis del escape nuclear de Chernóbil en 1986. La redacción de estos testimonios revela la impotencia del significado lingüístico para expresar la desolación psicoemocional de generaciones frustradas y sin esperanza, sin apenas apoyos políticos y económicos. La grandeza de Alexievich reside en esta prosa que denuncia, desde el desamparo y la sobriedad, la carencia de empatía y el olvido institucional de quienes no pueden articular un discurso coherente y racional tras la tragedia.

Lejos del triunfalismo democrático que generan los discursos políticos de nuestras democracias, la voz de esta escritora nos adentra en el insondable mundo de los silencios, las interrupciones y las afasias para, dehaciéndose de todo lirismo, hacer visible el mal que reposa en los retornados, en los exiliados y en los enfermos todavía por los efectos de la radiación.

Y, sin embargo, por mucho que intentemos negarlo, en ese desastre relatado, en la ocultación del tabú de la muerte y la radiación, hay una extraña belleza que conmueve, como si en la miseria, en la ausencia de los seres queridos, se respirase una paz necesaria para desaparecer entre estas páginas, y de la vida.

 “La zona … Es un mundo aparte. Otro mundo en medio del resto de la Tierra. (…) Hemos perdido este futuro. En esos cien años ha pasado el GULAG de Stalin, Auschwitz … Chernóbil… El 11 de septiembre de Nueva York … Es inconcebible cómo se ha dispuesto esta sucesión de hechos, cómo ha cabido en la vida de una generación, en sus proporciones. (…) En Chernóbil se recuerda ante todo la vida “después de todo”: los objetos sin el hombre, los paisajes sin el hombre. Un camino hacia la nada, unos cables hacia ninguna parte.” (pág. 49)

“Creíamos en nuestra suerte; en el fondo de nuestra alma todos somos fatalistas, y no boticarios. No racionalistas. La mentalidad eslava. ¡Yo confiaba en mi buena estrella! ¡Ja, ja, ja! Y hoy soy un inválido de segundo grado. Enfermé enseguida. Los malditos “rayos”. Ya se sabe. Hasta entonces no tenía ni siquiera una ficha en la clínica. ¡Que los parta un rayo! Y no era yo solo. La mentalidad. Yo, un soldado, he cerrado una casa ajena, he allanado una casa ajena. Es un sentimiento que … Es como si espiaras a alguien. O la tierra en la que no se puede sembrar. Una vaca que da con el morro en la verja, pero la valla está cerrada; la casa, bajo candado. La leche gotea el suelo. ¡Es un sentimiento que …!”  ( p. 212)

“Los primeros días, la cuestión principal era: “ ¿Quién tiene la culpa?” Necesitábamos un culpable. (…) Luego, cuando ya nos enteramos de más cosas, empezamos a pensar: “¿Qué hacer?”, “¿Cómo salvarnos?”. Y ahora, cuando ya nos hemos resignado a la idea de que la situación se prolongará no un año, ni dos, sino durante muchas generaciones, hemos emprendido mentalmente un regreso al pasado, retrocediendo una hoja tras otra. (…) No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso. No había visto nada parecido en el cine, ni comparable.” (p. 173).

 Para un conocimiento de la función de la elipsis y los silencios, dejo el enlace del artículo de 2009 que publiqué en la Revista de Lingüística, Tonos, de la Universidad de Murcia,  sobre la prosa de Alexievich y la función del silencio a la hora de vertebrar sus relatos.