El verdugo universal

Momento de una decapitación en Arabia Saudi.
Momento de una decapitación en Arabia Saudi.

¿Es Europa la punta de lanza del humanismo?, ¿es la referencia moral del mundo el dominio que otrora fue cristiano y humanista (y laico en el día de hoy)?

Puede percibirse ya en la obra de Heródoto, escrita hace más de 2500 años, la proyección de desconfianza y resquemor existente entre las civilizaciones nacidas de la cuna del autor y las que germinaron más allá del Bósforo. Una siempre ha impreso a la otra un halo de salvajismo, brutalidad y falta de valores compartidos, traduciéndose en una baja intensidad de deseo de comprensión o en la más absoluta de las indiferencias.

Demasiados ejemplos históricos existen de este fenómeno desde aquellas guerras que enfrentaron a los señores de Persépolis con los de Atenas, como son las invasiones hunas, mongolas, o la cristianización de los territorios musulmanes de la península ibérica. Precisamente en este territorio, podemos disfrutar del arte mudéjar. Capricho en el S.XIII de los reyes y nobles castellanos y ejecutado, para admiración de los siglos venideros, por las manos de aquellos que oraban hacia la península arábiga en su búsqueda metafísica.  Los señores castellanos no sentían ningún pudor en alabar a su rey de reyes bajo las obras que construyeron aquellos que eran infieles en sus dominios.

De esta manera, nos trasladamos a 2016. Por supuesto, el tiempo transcurrido desde la época del considerado primer historiador de la humanidad no ha resultado suficiente para que los movimientos tectónicos del planeta hayan modificado, a grandes rasgos, los territorios en los que se encontraban persas, lidios o escitas. En esta época, existe un reino allende del mar rojo en el que su amo y señor señala qué es lo bueno y lo malo, lo moral y lo inmoral y lo justo e injusto. Un reino en el que, el mero hecho de discutir un dogma o una cuestión teológica, o poseer un origen más humilde que el de sus propios habitantes, puede llevar a alguien ante el funcionario que con un sable similar al representado en la bandera del territorio, aplicará tal golpe en la nuca del condenado que arrancará de su cuerpo la esencia de su ser y su pensamiento. Sí señores, esto es lo que esperan a día de hoy algunas personas en el reino del desierto (ya sean poetas palestinos o empleadas del servicio doméstico indonesias). Para algo se paga al verdugo.

Mayor polémica (o no) podría causar el hecho de que parte de los caudales que alimentan al decapitador, surgen de los herederos (entiéndase por los poderes de occidente) de aquellos príncipes de la cristiandad que adoraban a su Dios bajo arte arabesco. Pues los dominios de estos, mucho más poblados e industrializados, pueden presumir de sus riquezas, esplendor e incluso de su cultura y
pensamiento, gracias a la sustancia que tan profundamente custodia el desierto en sus entrañas. En algunas ocasiones, los príncipes de la neocristiandad quieren ver revertida su divisa a cambio de un tren de última generación que una dos ciudades sagradas o de la última tecnología armamentística.

Y volvemos al punto de partida herodotoniano, en el cual Grecia es luz y el resto del cosmos oscuridad. Sin embargo, ¿es Europa la cuna de ese pensamiento avanzado y moderno?, ¿es la punta de lanza del humanismo?, ¿es la referencia moral del mundo el dominio que otrora fue cristiano y humanista (y laico en el día de hoy) que resulta ser el heredero de la clásica patria de Heródoto? Pues bien, ese territorio que toma su nombre de la raptada Europa, fue el germen y el mayor campo de batalla de la humanidad en una época que algunos ancianos todavía pueden recordar. Durante aquel mismo período, muchas almas llegaron a su ocaso mediante castigos crueles e inhumanos. Y sí, hasta hace muy poco tiempo, ese lugar frío del mundo también dispensaba sus denarios a individuos que, para callar bocas y voluntades, o en aplicación de un castigo ejemplar, sesgaban las cabezas (centro del pensamiento humano) de sus iguales. Tenemos como ejemplo a Sophie Scholl, que sucumbió bajo la guillotina por el mero hecho de difundir, en la Universidad de Munich, panfletos antibelicistas. Más o menos por la misma época, también perdió su cabeza, en la Francia ocupada, Marie-Louise Giraud, por el delito de practicar abortos en la clandestinidad. El baluarte de la moralidad y el laicismo Europeo, cuna de Voltaire, aplicó por última vez la decapitación en Europa en 1977, en la figura de un ciudadano tunecino.

El continente que presume de ser el buque insignia de la moral y los derechos humanos, resurgido de dos guerras mundiales y que hasta tiempos muy cercanos dispensó a algunos de sus ciudadanos con las mismas prácticas medievalistas que todavía resuenan más allá de la península del Sinaí, no solo sigue manteniendo unas excelentes relaciones con la patria wahabita. Desde su supuesta posición privilegiada de elevación humanista, volverá a pagar nuevos denarios a un ejecutor (en esta ocasión en tierras otomanas) que recibirá bajo su influencia a miles de personas que, gracias a estas civilizaciones, huyeron de sus casas sin otro destino que el ansia de supervivencia.

Efectivamente, aquellos que veían luz en Grecia y tinieblas en el resto del mundo conocido, estaban confundidos, pues no sabían que la oscuridad residía en su propio país. Y los pobladores de la isla de la paz y el bienestar siguen sin apreciar que, el común denominador de todas las civilizaciones, se encuentra en los talentos que se pagan al brazo ejecutor y en la brutalidad con la que este desempeña su labor.
 

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