Naufragio del Cason: 34 años de incertidumbre

Imagen de TV de 1987 del incendio en el carguero Casón en la costa de Fisterra.
Imagen de TVG del incendio en el carguero Casón en la costa de Fisterra. / TVG
23 muertos, ocho supervivientes -todos de nacionalidad china- y una carga de algo más de mil toneladas de productos químicos jalonan la muy triste historia del buque carguero.
Naufragio del Cason: 34 años de incertidumbre

Pocos minutos antes de las 6 de la mañana del 5 de diciembre de 1987, un SOS alertaba a las estaciones radiomarítimas españolas. El socorro se emitía desde el carguero panameño Cason, que enarbolaba bandera de Panamá y navegaba rumbo a Shanghái, China, y que alertaba de un incendio en una de sus bodegas, a unas 15 millas de Fisterra.

Comenzaba así la historia de despropósitos vividos a bordo del buque, en la entonces incipiente cúpula de la Dirección General de la Marina Mercante -dependiente como hoy del Ministerio de Transportes- con José Antonio Madiedo al frente; de la delegación del Gobierno en Galicia -con Domingo García Sabell como máximo responsable de ella- y Fernando González Laxe, como presidente de la Xunta de Galicia, cargo en el que llevaba tan solo un mes y medio.

FUEGO Y DEFLAGRACIONES EN LA CARGA 

El incendio se registró en una de las bodegas de proa del Cason. Según el manifiesto de carga, este buque panameño transportaba productos químicos inflamables (de aquí las deflagraciones en su contacto con el agua), tóxicos y corrosivos. El fuerte temporal de mar y viento y una velocidad que se estimó excesiva fueron los ingredientes que incidieron en el inicio de la tragedia: la carga estibada en cubierta estaba sujeta con cinchas que, al romperse, dejaron que parte de los bidones alijados y liberados trasladaran a la bodega un incendio que nadie pudo extinguir.

Fue entonces cuando el capitán del Cason ordenó el abandono de buque. No hubo orden en ese abandono. Por falta de pericia o miedo a los gases y humos tóxicos que se desprendían de los bidones, lanzarse al mar era la salida más "fácil" y así lo hizo la mayor parte de los tripulantes. Sus cuerpos, cuando fueron recuperados del mar, aparecían desnucados, consecuencia del uso de unos chalecos salvavidas prohibidos en Europa: al arrojarse al mar, la rigidez de esos adminículos dispuestos únicamente para mantenerse a flote y no para resistir el peso de unos 70 o más kilos del usuario; sumada a una altura de -como mínimo -diez o doce metros, hacían que la nuca, la base del cráneo del sujeto, se partiera y el marinero falleciera al entrar en contacto con el mar. Solo ocho de los 31 tripulantes fueron rescatados con vida por Salvamento Marítimo.

PUNTA CASTELO, EN LA PLAYA DE O ROSTRO 

Tras el abandono de buque, el Cason encallaba al sur de la playa de O Rostro, concretamente en Punta Castelo, no lejos de la villa de Fisterra. El fuego y el material en su contacto con el mar fueron los causantes de las "explosiones" -deflagraciones- en el interior del navío. Era, según testigos del hecho, como una gran "cremá" valenciana de la que se desprendió una nube que muchos intuyeron era tóxica. La dantesca escena era visible a gran distancia. Lo eran asimismo el olor y el sonido de las explosiones.

Fue entonces cuando alguien se refirió a la carga de material radiactivo o, como mínimo, peligroso para la vida humana por su "toxicidad". El propio delegado del Gobierno se refirió a ella señalando que era "una nube tóxica no contaminante", pero cinco días más tarde, el 10 de diciembre, se decretó la evacuación en 700 autobuses de cerca de 20.000 vecinos de Cee, Corcubión y Fisterra, convencidos de que "la nube tóxica" era una realidad que comprometía sino la vida, sí al menos la salud de aquellos que respiraran los gases de la tan traída y llevada nube. Santiago, Vigo, A Coruña, entre otras localidades, fueron los puntos de acogida de los que abandonaban sus hogares, sus pertenencias, sus animales...

MATERIAL RADIACTIVO Y BUEN PROVECHO 

Una falsa alarma. Tras extenderse estas, aquellos que habían alarmado indebidamente a la población, rectificaban y, horas más tarde, la nube tóxica no tenía ninguno de los ingredientes que así la hicieran: no afectaba a la salud (no era tóxica) y, ni mucho menos eran peligrosas las "explosiones" inexistentes. José Antonio Madiedo negó desde un principio que a bordo del carguero existieran elementos nocivos para la salud y se convirtió en la diana de todas las críticas. Recibió estas durante muchos días, alojado en una de las habitaciones de un conocido hotel-parador de Corcubión. Las aclaraciones llegaron cuando miles de personas, utilizando autobuses, se trasladaban al albur a algún lugar: hoteles, polideportivos, casas del mar...

Al abandono de sus hogares hubo que sumar la poca empatía de algunas personas que, aprovechándose de la situación, no tuvieron reparos en robar las carteras -con documentación y dinero- que sus propietarios habían recogido con prisas en medio del miedo y la natural congoja de quienes se ven obligados a asumir una situación de riesgo que nunca existió.

UNA CARGA  ATÓMICA 

Por si todo lo señalado fuera poco, parte de la carga en bidones del Cason partía a bordo de camiones militares con destino desconocido. Pero al paso del convoy militar se sucedían los actos de protesta ciudadana, las barricadas, los tractores y maquinaria agrícola acumulada en las vías de circulación con el objetivo de impedir el paso de una carga que se decía era "atómica". Incluso se vertió una buena cantidad de aceite en la carretera en las proximidades de Guitiriz para impedir que los camiones con los bidones que "contenían material radiactivo" que jamás existió. El propietario del remolcador Ría de Vigo, participante en las tareas de "salvamento" del Cason, exigía a través de un medio de comunicación que las autoridades explicaran qué había ocurrido con uno de los tripulantes de dicho barco "al que las emanaciones tóxicas habían afectado gravemente, habiendo sido diagnosticado como de cáncer". En tan solo unos días. Y en busca de condena ciudadana y compensaciones económicas que él no concedió a sus trabajadores, tripulantes del remolcador.

Esa que se dijo era una carga atómica que los militares trasladaban en sus camiones fue a parar al muelle de carga de la factoría de Alúmina-Aluminio (hoy Alcoa) en San Ciprián. Desde aquí, y en un buque de carga, se llevarían a Francia los bidones "tóxicos" y su contenido "radiactivo". Con todo ello, la paralización de la planta de Alúmina y el despido de 111 trabajadores y los miembros (23) del Comité de Empresa.

Posteriormente, el Tribunal Supremo declaraba nulo el despido de los 111 trabajadores, pero los integrantes del comité de empresa se vieron en la calle al considerar procedente su despido el mismo Tribunal. Las pérdidas ocasionadas fueron tasadas en 120 millones de euros (en aquel entonces 20.000 millones de pesetas), que abonaron las compañías aseguradoras. @mundiario 

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