¿Por qué trabajas tanto, papi?

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De todos los acontecimientos extraordinarios de la vida, ninguno es tan grande como tener un hijo. / Lorraine Cormier.

Madres y padres despiertan cada mañana aceptando que pasarán la mayor parte del día lejos de casa. Así es el mundo de progreso y prosperidad que hemos creado para poder competir. Para poder soltar lastre y ganar altura, aunque ello implique también desprenderse de lo más fundamental.

¿Por qué trabajas tanto, papi?

A la hora en la que la ciudad empieza a pulsar el ritmo de otra jornada, y mis pies doblan la última bocacalle antes de adentrarme en el campus donde trabajo, una joven madre cruza mi camino guiando a dos niños pequeños hasta el portal de la esquina, en el que se detiene para llamar. La escena tiene lugar de manera intermitente a lo largo del año y dura dos o tres segundos, casi siempre con el más chico dormido en sus brazos; derrotado, bajo la capucha de un plumífero de invierno que lo protege del frío de la mañana, el bebé descuenta en sueños los heroicos segundos que lo separan de su regreso a la cama, ajeno a las urgencias de un mundo que ya corre cuando ni siquiera ha salido el sol.

Aunque es probable que jamás volvamos a encontrarnos más allá de esa esquina, pocas imágenes cotidianas evocan tanta empatía.

Nunca he permanecido lo suficiente para ver el final de la historia, pero no es difícil imaginar qué sucede a continuación: ascensor, prisas, beso a las criaturas, alguna indicación a los cuidadores, más prisas, y regreso al vehículo mal estacionado para llegar a tiempo al trabajo, robándole algunos segundos más al cronómetro y a la vida.

No sé su nombre ni edad, y aunque es probable que jamás volvamos a encontrarnos más allá de esa esquina, pocas imágenes cotidianas evocan tanta empatía. Con los ojos aún entreabiertos por el sueño y la falta de luz, no ha habido un solo día en que su pequeño mundo familiar no haya removido el mío, acompañándome al menos unos minutos más en los escasos metros que me separan de mi destino diario.

La imagen es tan frecuente que no sorprenderá al lector. Solo en nuestro entorno más próximo se repite docenas de veces a diario, sucediéndose con una naturalidad tal que incluso resulta extraño cuestionarla. Así es el mundo de progreso y prosperidad que hemos creado: padres y madres ausentes participando de un sistema basado en el desarrollo económico, que sólo se sostiene con un crecimiento cada vez mayor. Para poder ajustarse a la demanda; para poder proporcionar (y adquirir) más y mejores bienes y servicios; para poder soltar lastre y ganar altura, aunque ello implique también desprenderse de lo más fundamental.

Pertenezco a una generación en la que las madres aún estaban al cargo del cuidado del hogar, quizá la última; y quizá la primera que pueda permitirse el lujo de preguntarse si hemos escogido el camino correcto. Nuestros padres se pasaban la vida lejos de casa y veían a sus hijos en las pocas horas libres de las que disponían, que no en todos los casos dedicaban a sus familias. Unas y otros nos enseñaron a valorar y respetar el trabajo como un pilar esencial de la vida, alimentando nuestro sentido de la responsabilidad y apostando por la formación y la cultura, promoviendo así nuestro desarrollo personal y profesional. Nada que reprocharles: su empeño ha contribuido decisivamente a crear una sociedad más instruida, crítica y justa, con todos los peros y matices que se le puedan atribuir.

Hemos heredado una veneración por el trabajo que eleva nuestra vida laboral a una dimensión que no le corresponde.

No ha sido en vano, pero tampoco ha salido gratis. Su esfuerzo nos ha legado también una veneración por el trabajo que eleva nuestra vida laboral a una dimensión que no le corresponde. Algo comprensible en una sociedad aún por construir, sin tiempo para echar la vista atrás, con casi todo por hacer y la obligación moral de salir adelante; pero no tanto cuando las necesidades más básicas (y aun no tan básicas) han sido ya plenamente satisfechas.

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Cada mañana, mujeres y hombres de todo el mundo despiertan aceptando que pasarán la mayor parte del día lejos de casa. Ya sea por obligación económica, huida hacia delante, compromiso personal o ambición profesional, millones de personas dedicarán al trabajo la mayor parte de sus vidas, asumiendo el modelo como la única opción viable. Pasamos mucho más tiempo con nuestros colegas que con nuestras familias, y aunque el punto de equilibrio está cada vez más lejos y nada parece suficiente, sucumbimos ante la tentación de creernos imprescindibles, cuando no «insustituibles».

Nuestras carreras han adquirido un protagonismo tan desproporcionado que hemos llegado casi a situarlas en pie de igualdad con los acontecimientos verdaderamente extraordinarios de la vida, esos cuya grandeza sólo se aprende a apreciar desde la experiencia personal; y de entre todas las grandes experiencias que se puedan vivir, no se me ocurre ningún acontecimiento tan extraordinario como tener un hijo.

Hace ya algunas semanas que los apremios de la familia del campus no agitan mis horarios al amanecer, pero estoy seguro de que ninguno de sus miembros plantearía objeciones a disponer de más tiempo  para estar juntos. Una sociedad moderna, instruida, crítica y justa debería disponer de mecanismos adecuados para darles la oportunidad de hacerlo.

Sólo somos insustituibles en el corazón de nuestros hijos. Si damos por bueno que lo natural es separarnos de ellos para que otro ocupe nuestro lugar, es muy probable que nos estemos equivocando. @mundiario

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