Toros en Bilbao: Una corrida de serio interés
Hasta cuatro toros buenos en un encierro bravo de Jandilla. Una oreja a la capacidad de Garrido. Esencia de El Cid al natural. El lote más propicio en manos de Padilla.
Bien hecha, astifina y brava, la corrida de Jandilla tuvo un distinguido atractivo. De los seis toros que saltaron al ruedo, cuatro fueron negros, y entre medias se jugaron otros dos: el segundo, colorado, ojo de perdiz, corto de manos, lustrosa capa; y el sexto, jabonero, de generoso cuello, ensillado y, por contraste, menos ofensivo que el resto. Y esos dos, precisamente, vinieron a marcar la nota adversa de tan sugestivo encierro.
De los cuatro toros que sirvieron, el primero fue el de menor poder. Padilla, que se esmeró en cinco verónicas templadas y una media en el tercio, pareó con la eficacia que suele, brindó el toro a Jiménez Fortes –aún convaleciente en el hospital de Salamanca- y compuso una faena idiosincrásica: de rodillas la tanda de cata y asiento, el molinete cosido a cuatro derechazos y el de pecho, la vivacidad tan de Padilla para calentar el ambiente, las pausas gratuitas entre tandas, el toreo a la voz. Pronto y noble, el primero tenía un son particular y fue el más frágil de los seis. Por eso, y no sólo, el invento no adquirió cualidades tridimensionales.
Obligaron a saludar a José Garrido antes de soltarse el tercero en recuerdo de la brillante novillada del año anterior en la que se enfrentó a seis ejemplares de El Parralejo: un encierro notable, un botín de seis orejas y toreo del caro. El tercero, armado hasta los dientes, fue toro de movilidad, prontitud y nobleza, y punteó engaños al final cada embestida. Nada fácil, en suma. Valeroso y capaz, Garrido, en la corrida de su estreno en Bilbao tras su doctorado en la Maestranza a manos de Ponce, se reafirmó: soberbias dos tandas de cuatro o cinco pases, templadas y de mano baja por la mano diestra; profundidad y precisión artesanal por la siniestra. A pies juntos, y en el cierre de faena, cuatro manoletinas muy ceñidas en el mismo platillo, causaron sensación. Una estocada fulminante en la suerte natural y una oreja de ley.
Al cuarto, astifino, bizco y ligeramente ensillado, Padilla le dio fiesta segura de partida: dos largas cambiadas de rodillas, y en turno de quites, tres faroles cosidos a una chicuelina de las de enroscarse y una revolera de postre. Tres pares impetuosos, una tanda de ocho derechazos de rodillas para abrir boca y, con ambiente favorable, una labor larga a un toro extraordinario: tranco, repetición, clase y humillación. Más técnica ésta que la primera faena, que alcanzó su punto culminante con la mano izquierda. Hondura, temple y ligazón. Y sin embargo, no tan redonda como procedía.
La banda de música, afinada con precisión milimétrica, es un primor. Sonaron los compases de “Manolete” en este cuarto, y eso también influyó. “Ferretero” se llamaba el toro. Número 33, 511 kilos. A la segunda atinó Padilla con la espada tras un metisaca muy bajo que fue un borrón. Y ahí se le fue el premio. Resistió casi dos minutos el toro antes de doblar: señal inequívoca de bravura. Lo honraron con una legítima vuelta al ruedo. Uno de los toros de la feria.
Y en fin, el último de los toros buenos, el quinto, cayó en manos de El Cid. Templada y con ritmo una faena tenaz, larguísima, a la que le sobraron un par de tandas. El Cid, que brindó al público, pareció verlo: cuatro tandas en redondo, que no siempre de igual ritmo, y sutiles apuntes al natural: la figura compuesta, el temple. Una estocada ejecutada con habilidad. La grácil manera que tiene El Cid de meter la mano, que lo hace sin despeinarse. Otro Cid le hubiera cortado las dos orejas. O casi.
En el cupo de los toros deslucidos entraron el segundo y el sexto. Algo montado el colorado segundo, astifino y corto de manos, descubrió a El Cid a las primeras de cambio y no le quitó el ojo de encima. El torero de Salteras no lo vio claro, y a los quince muletazos lo mandó al limbo. A la salida del sexto –jabonero, y en parte por eso pareció más voluminoso-, el tendido exclamó un ¡oh! de admiración. O quizá fuera sorpresa. Garrido le recetó una docena de verónicas garbosas, y después, en la faena, agotó todas las vías para provocar al toro. Bramó, claudicó, tardeó y, al fin, a los doce viajes se rajó sin disimulo el sexto de corrida. Se echó encima el torero extremeño. Y ni por esas. Dos estocadas notables del José Garrido. Y la habilidad, o el oficio, de El Cid para meter la mano en ambas bazas.