Toros en Bilbao: Ambicioso El Juli, inteligente Ponce
El Juli cuaja una rotunda faena al quinto injustamente premiada con un solo trofeo. Temple infinito y oficio de un Ponce en estado de gracia. La actitud de Perera ante dos toros manejables.
Colorado, astifino y acucharado, el primero de corrida derribó al caballo de pica, le flaquearon las manos a la salida del segundo encuentro y El Juli le hizo un quite correcto. Se movió después en banderillas, tuvo el feo detalle de esperar y arrear en el último par y Ponce lo templó de manera exquisita, enterró más de media muleta y compuso una faena clásica y oficiosa. Las cuatro primeras tandas -dos por cada pitón- fueron solemnes: la inteligencia del torero de Chiva para verlo y someterlo, el temple infinito, un cambio de mano primoroso cosido al de pecho, el ingenio de trazar un molinete a principio de tanda, o un afarolado y el de pecho.
Abundante técnica, verticalidad y buen gusto por las dos manos. Dócil el toro, que sólo al final amagó con irse a las tablas, y allí mismo, Ponce le pegó media docena de poncinas de gran nivel. Muy hábil en la elección de terrenos, y la delicadez última de un cambio de mano interminable previo a cuadrarse. Rugió el ambiente. En la suerte contraria, una estocada caída. Se antojó insuficiente la recompensa tras una faena de maestría. La gente en pie.
El Juli dibujó una quite variado -una verónica, un gaonera, una revolera...- al segundo y Perera replicó pasándose al toro a milímetros del muslo. Un clamor. Quizá por eso, o en parte, El Juli atacó en el inicio de faena con un repertorio muy de Perera: inmóvil en los medios y de perfil, citó al toro, se vino éste de lejos y en el último segundo cambió su trayectoria y se lo pasó por detrás. Tres veces. Y dos de pecho. El toro sacó un genio defensivo difícil de atemperar, y El Juli, en notable versión, le hizo una faena técnica -la rosca clásica, el gobierno, el temple- sin ningún alarde aparte de la propia técnica. ¡Ni que fuera poco! No tuvo buen aire de partida el tercero, distraido y saliéndose de las suertes. Templado Perera, que le echó la muleta al hocico y lo intentó ante un toro sin nada dentro. Ni poder ni casta ni franqueza. La firmeza, que es atributo importante de Perera.
Terciada la corrida de Garcigrande y Domingo Hernández. Reunido en cuanto a peso el encierro con la salvedad del primero: 600 kilos, una culata descarada, ni inmenso ni diminuto sino que todo lo contrario. Escarbó lo indecible el cuarto -vicios indisimulables que tienen algunos toros-, claudicó y no regaló ni una caricia ni un caramelo. Se afanó Ponce en una labor distinta: tenacidad, valor seco, ajuste y porfía. Le rebañó hasta el último suspiro.
Firme, mandón y rotundo trabajo de El Juli al quinto. En versión risueña, el madrileño -gobierno apabullante, la ruleta rusa de plantarse entre los pitones, ese descaro para pasar al toro sin alterarse ni inmutarse a escasos veinte centímetros- cuaja una faena pletórica. Tres tandas templadísimas por la mano diestra, y una exhultante al natural. La segunda parte de la faena tuvo un acento diferente. Encajado entre pitones con una serenidad formidable; inalterable el pulso, que jugó una importante baza. Dos circulares de dominio abrumador -la mano baja, el temple, la firmeza- en un palmo de terreno y un aviso cuando se iba El Juli a por el estoque de muerte.
El quinto toro, noble y manejable, tuvo la fortuna cruzarse en el camino con El Juli, y éste le rebañó a base de pundonor el fondo y las embestidas. Y en fin, para culminar la obra, una estocada fulminante. Un clamor: petición unánime, una oreja y no dos. Capricho del presidente. Dos vueltas al ruedo de El Juli en mitad del fervor. Y después, una bronca de época a la presidencia. De las de antaño.
No corrió mayor fortuna Perera. Portaba un terno obispo y oro, que no es frecuente en su repertorio. Ponce y El Juli habían tocado pelo y por responsabilidad, o amor propio, tocaba jugar todas las cartas a una baza. Negro, muy ofensivo, bien hecho y en tipo el sexto. El que más porte tuvo de los seis. Se estiró Perera en el recibo, se encajó con imperturbable serenidad en cuatro chicuelinas bien dibujadas e hizo una notable demostración de temple, hondura y valor.
De rodillas el comienzo, que no fue atropellado, dos buenas tandas por la derecha, una muy cadenciosa por la zurda. No tuvo continuidad el sexto, pero sí nobleza y movilidad. Clausura ojedista en terreno peligroso. La seguridad con que se ganó muchos fieles en el pasado, el soberbio pulso para aguantar y tragar no poco. Tres pinchazos, una estocada. Se diluyó el trofeo, y en el desfile de vuelta, Perera hizo un gesto: no es mi última palabra, venía a decir.