En torno a la figura de la pensadora alemana Hannah Arendt, una mujer íntegra y valiente

La pensadora alemana Hannah Arendt.
La pensadora alemana Hannah Arendt.

Hannah Arendt supo destacarse de los pensamientos monolíticos, sondeó los prejuicios hasta palpar la verdad accesible a la mente humana, aun teniendo que asumir una posición incómoda.

 

En torno a la figura de la pensadora alemana Hannah Arendt, una mujer íntegra y valiente

En la película Hannah Arendt (2012), la directora de cine alemana Margarethe von Trotta logra acotar el personaje biografiado de modo que no le obliga a verterse en dispendios explicativos. El relato, que tiene vocación de semblanza, se concentra en el periodo en el que, en unos artículos publicados en el New Yorker, la pensadora alemana expresa su visión sobre el juicio que - en 1961 - tuvo lugar en Jerusalén contra el Teniente Coronel de las SS nazis Adolf Eichmann. Ella es judía. En 1933 había tenido que huir hacia Francia y en 1940 se instaló definitivamente en Nueva York. Su afán de imparcialidad, de profundización en la mente de ese alto militar nazi, la condujo a su comprensión, lo que no fue bien recibido por su propio pueblo judío. Llegó a la conclusión de que no había maldad intrínseca en ese hombre que, si bien cometió actos monstruosos, él en sí mismo no era más que un hombre normal, un hombre corriente situado en el entorno de una organización política criminal que le inducía a ejecutar órdenes asesinas. Para Arendt, esta comprensión de sus actos no lo exculpa, pero esas afirmaciones la enfrentaron a una gran masa vengativa que la señalaba como a una traidora. No comprendían a esa mujer que anteponía sus investigaciones filosóficas al apremio de sus sentimientos.

La cercanía con el personaje, con sus momentos de soledad, está bastante bien conseguida. Los viajes a Israel y los flashbacks que ilustran su relación con Heidegger amplían, sucinta y convenientemente, el foco sobre una vida que, en sus aspectos esenciales queda bastante bien descrita; mientras que el conflicto que plantea, esas reacciones a sus polémicas observaciones y esa valentía en expresarlas, añaden la intensidad que requiere el argumento. El discurso que da en la Universidad, para defenderse de los ataques que recibe, incluye buena parte de las más importantes consideraciones que expuso en su libro. Ante un público en principio reticente, expresa que basta con negarse a ser persona, es decir, basta con negarse a pensar, a tener conciencia, para que estemos expuestos a cometer injusticias; incluso, las mayores atrocidades. Se defiende de la acusación de estar en contra del pueblo judío, de culpabilizarlo. Ella sabe que, ante una situación como aquella, era imposible resistirse; aun así, piensa que alguna otro opción debería haber existido entre la resistencia y esa colaboración que, en definitiva, ofrecieron los mandos de los Consejos de Judíos. El papel de estos fue decepcionante, el de “una quiebra moral”.

Hannah Arendt insiste en la necesidad de pensar, porque es ello lo que da la fuerza a las personas. Como se dice en un interesante documental disponible en Internet, no hay que ser ni un nihilista, ni un dogmático, pero tampoco una persona normal. Esto último significa resultar manipulable porque no se tienen convicciones propias, porque no se ha reflexionado, no se ha buscado la información, la contrastación de las ideas que nos intentan imponer.

En una entrevista que encuentro en Internet, realizada en 1964, un inteligente periodista, al que no se le ve la cara más que al principio - qué diferencia de muchos que conocemos que quieren imponer su personalidad robándole espacio a los verdaderos protagonistas –, la vemos a ella, en un continuo primer plano, en el que se muestra cómoda, a menudo sonriente, acompañada por el humo de sus continuos cigarrillos. Es presentada como la primera mujer que acude al programa, como filósofa, ante lo que ella disiente, pues considera que se dedica a la teoría política. Una lástima para quienes se hacían ilusiones de tener por fin a una mujer en el exclusivo círculo de los filósofos varones. Y luego, hay una decepción más. Considera que la mujer no puede dar órdenes. Le choca esa imagen: “Siempre he sido del parecer de que hay ciertas ocupaciones que no son para las mujeres, que no les van, por decirlo así. Cuando una mujer se pone a dar órdenes, la cosas no tienen buen aspecto”. O sea, que no le resulta femenina. Habría que ver en qué órdenes estaría pensando. Tal vez, proferir cierto tipo de órdenes es incompatible con la dignidad humana. Dar órdenes nunca es estético sino que persuadir es lo hermoso.

Se defiende de la acusación de culpar a los judíos pero asume que ella empleó un tono irónico, distante. Eichmann le parece un payaso y cuenta que se rio muchas veces leyendo las 3.000 páginas del expediente judicial. Más adelante, reconoce que en su juventud, henchida de sus dotes intelectuales, sintió desdén hacia los demás y es porque experimentaba una suerte de extrañeza ante las personas, aunque esta no la relacionase con el talento, sino tal vez por poseer una consciencia más amplia. Sufría por ello, pero no podía evitarlo. En otro momento habla de la deslealtad de sus amigos cuando el crecimiento del sentimiento nazi, aunque distingue a aquellos que cayeron en su propia trampa de los que fueron asesinos.  Habla de su vuelta a Alemania, en 1949, de su emoción al oír el alemán en la calle. Contrariamente a lo que opinaba Paul Celan, que consideraba que había que reinventar el idioma, pues había quedado manchado por el nazismo, ella lo consideraba inocente. Pero se sorprende de ese tan rápido encarrilarse de la vida pública alemana. Desde luego, es difícil asimilar que aquella gran masa de partidarios de Hitler pudiera cambiar de la noche a la mañana. Tal vez, muchos lavaran su conciencia en las aguas de una pretendida ignorancia.

En la entrevista también se habla de su libro La condición humana, del hombre satisfecho en el proceso de laborar y consumir, aunque esto lo conduzca a su soledad, a que el hombre se vea arrojado por completo contra sí mismo, ocupando el consumo el lugar que debería estar reservado para las actividades humanas más relevantes.

Hannah Arendt reconoce que nunca ha amado a ningún colectivo, aunque sabe que hay una manera de pertenecer a un grupo de una forma natural, por la inserción social que se produce en el nacimiento y los años de la infancia. Pero ella supo destacarse de los pensamientos monolíticos, sondeó los prejuicios hasta palpar la verdad accesible a la mente humana, aun teniendo que asumir una posición incómoda. Creía en el bien como acto propio del hombre profundo y evolucionado, pues “el mal es una realidad extrema pero nunca radical, consciente y radical solo puede ser el bien”.

En torno a la figura de la pensadora alemana Hannah Arendt, una mujer íntegra y valiente
Comentarios