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MUNDIARIO

A todos los muertos que me tocó vivir

Que ningún otro tiempo y ningún otro asesino desvele el sueño de todos aquellos que han muerto sin tener nunca la cabeza gacha.

A todos los muertos que me tocó vivir
El viejo y la muerte.
El viejo y la muerte.

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Francisco R. Breijo-Márquez

Francisco R. Breijo-Márquez

El autor, FRANCISCO R. BREIJO-MÁRQUEZ, médico, colabora en MUNDIARIO desde East Boston, Massachusetts (Estados Unidos). Es catedrático de Cardiología y jefe del departamento de Cardiología Clínica y Experimental (en excedencia voluntaria) en el East Boston Hospital. @mundiario

Por ahí, bajo un dulce y compasivo cielo pleno de azul, no lejanas en demasía, sigo oyendo desde distintas torres parroquiales miles de campanadas que tañen a muerto.

Que asemejan bramar gritos a una guerra que estamos perdiendo cacho a cacho, día a día, noche tras noche, sin pausa que le impida el triunfo al supuesto enemigo asesino para los miles de hijos que ya hemos perdido. Son campanadas negras, yo puedo oírlas, las estoy oyendo sin descanso.

Y el pueblo se recoge cuando el lamento se acerca, tan solo si notan que se acerca de nuevo. Ya son miles de penas más que llevaremos en la memoria para olvidarlas al mínimo cambio. Me suenan y suenan las campanadas que nos recuerdan que hemos de recordar siempre y para siempre las miles de bocas cerradas y ya sin remedio alguno.

¡Que no olvide nunca el trovador las miles de notas ajadas y lanzadas al viento bajo un dulce y compasivo cielo pleno de azul!

¿Quién ha cortado todo el aliento de estos cuerpos tan jóvenes, tan viejos, tan vivos? Sin más tesoro que la sinrazón de los que todavía no han sabido cómo se llora, cómo se muere?

Solo son los asesinos de razones, criminales de vida que jamás deberían tener reposo en ninguno de sus días , más o menos venideros.

Si de algo puede servir, ábranme el vientre para su reposo y, de mis tiernos y frondosos jardines, traigan todas las flores más bellas...la mejores, para esta gente que nunca más verán sus colores ni aspirarán sus olores.

Cavad bien hondo y , en mi cuerpo graben todos y cada uno de sus nombres.

Que ningún otro tiempo y ningún otro asesino desvele el sueño de todos aquellos que han muerto sin tener nunca la cabeza gacha.

Tan solo han sido miles de muertos que parecen saber a poco.

Y yo tan viejo, celoso de la luz que tuvieron los miles de ojos y que los asesinos han querido disimular cerrando cabalmente sus parpados.

Pero jamás podrán hacerlo... jamás…

Puesto que todos los demás, los que nunca comulgaremos con esos gritos de guerra y supuesta victoria, tendremos los ojos bien abiertos y serán eternos como relámpagos para sus yermos anocheceres.

Tú, mi querida desconocida Julia, ochenta y tres años solamente. Tú mi querida vieja que no soltabas mi mano en tu seguridad de que, asido a ella, nada podría apartarte de tu bella vida... y te fallé.. te fallé, mi querida Julia... mi querida vieja. Ni fui ni iré a tu entierro, porque siempre vivirás en mi y en toda mi memoria inacabable.

Y ellos, asesinos, envidiosos de tanta belleza que derramaba tu bondad, han pretendido descuartizar tus miembros, uno a uno y bien despacio; pero no podrán conseguirlo... no podrán otra vez, y otra.

Porque todos los que no comulgamos con vosotros, asesinos, porque de tu dulce cuerpo, Julia querida – y todas las Julias que no alegráis ya mis oídos ni acariciáis mi mano– , siempre tendremos el recuerdo y, cada noche, aprenderemos a amarlo más y, a ser posible, todavía más.

¿Qué malditos asesinos han conseguido cortar tu aliento, en ese cuerpo tan viejo sin otra razón que la de aquellos que te lloramos?

Asesinos de razones, criminales de vidas, que nunca tengáis reposo en ninguno de vuestros días y que en la muerte os persigan nuestras memorias.

Escucharemos con cierta sonrisa estas campanadas que ahora nos abruman y deshacen nuestros corazones.

La miseria se tornó porta y escribió en los campos y en las camas en forma de trincheras, y los hombres irán hacia ellas.

Cada una de ellas fue una palabra del victorioso poema.

Maldito poema.

Maldito poema sea el que siempre os escriban, asesinos impunes, vuestros más sinceros vates vacuos. @mundiario

P. S.:  Escrito mientras los versos de “Campanades a Morts” resuenan en mis tímpanos una y otra vez, haciendo dulce coro compasivo a todas los campanarios que no paran de tañer campanas. Y Dios sabe cuándo descansarán de sonar tan lúgubre sinfonía. Lejos queda... me temo.