El tabú de la palabra muerte

Cuadro La muerte y la doncella, de Marianne Stokes.
Cuadro La muerte y la doncella, de Marianne Stokes.
¿Por qué hay que ponerle fantasía a la muerte para dar rodeos y consolarnos con metáforas a veces incomprensibles? La autora reflexiona sobre ello en este artículo.
El tabú de la palabra muerte

En 'El libro del verano' de Tove Jansson, la abuela habla con Verner quien le anuncia que un amigo en común se ha ido.

¿A dónde? Le pregunta ella. Él le aclara que lo que quiso decir es que ya no está entre nosotros.

— Oh, claro, quieres decir que se murió — le contestó la anciana.

La muerte es el tabú más universal. Nombrarla es la superstición de atraerla. Sabemos que nos llegará la hora, pero nunca en el momento presente.

Llegar la hora, fallecer, volar al cielo, perder la vida, irse, finar son los eufemismos más usados. Nunca me había puesto a pensar en que, cuando se referían al finado, era a alguien que había llegado a su fin. De repente, me pareció una palabra muy  creativa.

¿Por qué hay que ponerle fantasía a la muerte para dar rodeos y consolarnos con metáforas a veces incomprensibles?

Las personas no fallecen, mueren. Etimológicamente fallecer viene del latín fallere, que quiere decir no cumplir, caer en falta, fingir, dar un paso en falso. Será que ese paso en falso fue el último.

Las personas no fallecen, mueren. Las personas no se van, mueren. No nos han dejado, como si se fueran de viaje.

Las personas no se van, mueren. No nos han dejado, como si se fueran de viaje. Eso implicaría un abandono, una voluntad de desaparecer porque no nos aguantan más. Tampoco perecen —del latín perire que significa irse del todo. No está claro a dónde van.  El muerto no es un occiso — del latín occidere que quiere decir caer.

Cuando mi hija mayor tenía tres años, murió su único abuelo. Yo era muy joven y muy atea. Y ella muy preguntona. Decidí decirle que se había quedado dormidito para siempre. Así, en diminutivo, para hacerlo más liviano. En seguida vino la curiosidad: ¿En dónde? A lo que decidí responder que en una cajita, muy linda. Quedó conforme. Hasta que se encontró con su abuela que le dijo, llorando:

— ¿Viste que el abuelo se fue al cielo?

— ¿Al cielo?, ¿cuándo?

— Ayer…

— ¿Con cajita y todo?

Los chicos no entienden de eufemismos.

En los videojuegos, se ganan nuevas vidas como nada. Un nieto me anunció el otro día el gran descubrimiento de que los humanos de verdad, cuando se morían, ya no tenían más vidas.

En los videojuegos, se ganan nuevas vidas como nada. Un nieto me anunció el otro día el gran descubrimiento de que los humanos de verdad, cuando se morían, ya no tenían más vidas.

Y otro, al que le habían explicado que el gato desaparecido seguro estaba viviendo en otra casa muy contento, o paseando por los techos, jugando con amigos, cuando yo pregunté por Gino, él me explicó:

— Gino se murió.

Los eufemismos del verbo morir pueden llegar a ser muy graciosos:

> Chupar faros: son cigarrillos mexicanos sin filtro muy fuertes que ya casi no se consiguen.

> Doblar el petate: viene de la costumbre de enterrar a los cadáveres envueltos en petates.

> Estirar la pata:  En 'El mundo está loco, loco, loco', película de 1963,  varios autos conducen por un paisaje al sur de California. De pronto, un coche se adelanta a gran velocidad y, al tomar una curva, se precipita por un barranco. Los automovilistas intentan ayudarlo, pero él estira la pata, literalmente. Antes de morir les confiesa que tiene un botín escondido en el parque de Santa Rosita. Y esa estirada de pata da origen a una de las comedias más divertidas de la historia del cine americano. 

Imagino a alguien anunciando que fulano “estiró la pata, ayer como consecuencia de una larga dolencia”. O que el primo de mi amiga "dobló el petate, en forma súbita”. O consolar a alguien porque su ser querido “se fue a chupar faros”.

Estos que me divierten son disfemismos, que es lo contrario del eufemismo, una forma más dura de decir algo. En un lenguaje muy coloquial se suele usar espichar, que en realidad es algo que al pincharlo, se vació, se terminó. En el mismo registro de lengua, se le dice fiambre a un cadáver. Supongo que la encantadora metáfora se refiere a la carne fría que se prepara como embutido.

El cristianismo habla de una vida eterna, premiada con el paraíso o castigada con el infierno. Este último hospedaje tiene cada vez menos creyentes, y se dice ha pasado a mejor vida, con el optimismo de un más allá donde se la pasa bomba. Cada uno se lo imagina a su antojo.

La palabra muerte viene del latín Mors, que en la mitología romana era el hijo de Nox, la diosa de la oscuridad y hermano gemelo del dios del sueño. Encontramos la versión de Mors en videojuegos y cómics. Por eso a los chicos la muerte no les parece un tabú. Les divierten las historias de zombies y en Halloween se disfrazan de muertos y usan ese submundo para visitar a sus vecinos y canjear golosinas.

El equivalente a Mors en la mitología griega es Tánatos, que tiene un matiz diferente porque encara la muerte como una forma liberadora de la vida. Los griegos le ponen más encanto.

Morirse es morirse. El fin del cuerpo indudablemente. Pero hay una forma de eternidad. Tal vez, la esencia, que algunos llaman alma, otros espíritu, se integra con el universo del que venimos.

La literatura, como siempre, se anima a contar historias sin tapujos. La ficción tiene un coraje que le falta a la vida real. Podríamos pasarnos la noche mencionando ejemplos.

Borges, en su cuento 'El muerto' narra el final del engañado Otálora con esa idea del tiempo como algo aleatorio, donde una muerte no ocurre en el momento preciso sino que ya está predeterminada. Y no se la llama de otra manera, repite las palabras casi con deleite:

“Otálora comprende antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.”

Horacio Quiroga en 'El hombre muerto' tampoco anda con vueltas, relata paso a paso la sensación del personaje que se sabe muerto y lo vive con la incredulidad que da su inmediatez con la vida.

En 'Crónica de una muerte anunciada', de García Márquez, Santiago Nasar es asesinado por los hermanos Vicario que se consideran con derecho a esa venganza  por el honor familiar. Y anuncian sin rodeos: “Vamos a matar a Santiago Nasar”. La narración de la autopsia es descarnada, una masacre espeluznante que evitamos conocer ni ponerle nombre en la vida real.

En Argentina, el gran eufemismo de la palabra muerte fue el de la de Eva Perón. El 26 de julio de 1952, a las 20.25h es recordado históricamente, por el momento en que Eva Perón pasó a la eternidad. Ella misma, viendo venir el momento, escribió en 'Mi mensaje': “Si Dios me llevase del mundo antes que a Perón, yo quiero quedarme con él y con mi Pueblo.”

No hay  muerte más eufemística que la suya. Para satisfacer la súplica de que no la olvidaran, Perón mandó embalsamar su cuerpo, que tuvo un itinerario de escondites, robos, viajes y aventuras como ningún cadáver egipcio logró en ninguna de sus dinastías.

Me gusta el eufemismo de Aute en su tema “Al Alba” de los años 70, las últimas ejecuciones del franquismo. Es una canción de amor que, sin embargo, anuncia el fusilamiento al amanecer de un condenado por pensar diferente.

“Presiento que tras la noche

vendrá la noche más larga…

Si te dijera amor mío

Que temo a la madrugada…”

Cuando Aute murió, recordé esta letra que, de alguna manera, lo eternizó.

Morirse es morirse. El fin del cuerpo indudablemente. Pero hay una forma de eternidad. Tal vez, la esencia, que algunos llaman alma, otros espíritu, se integra con el universo del que venimos. Me lo imagino paso a paso, diluyéndose a medida que se va entrelazando en nuestro recuerdo de cada detalle, hasta desaparecer y morir como individualidad, para siempre.

Natsukashii  es una palabra japonesa que quiere decir “nostalgia feliz”. Es el instante en el que la memoria nos transporta al mejor recuerdo de nuestra vida. Natsukashii es la mejor metáfora de la muerte.  @mundiario

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