La cruel soledad que impone el coronavirus a enfermos y familiares

Enfermo con mascarilla. / Terri Sharp. / Pixabay
Enfermo con mascarilla. / Terri Sharp. / Pixabay
Unos simples síntomas contados por teléfono, un test si hay suerte, llevarán al infectado a un aislamiento en soledad que no cambiará ni con la muerte ni con el entierro.
La cruel soledad que impone el coronavirus a enfermos y familiares

El aumento del 70% en el consumo de cerveza, del 40% en el del vino, del 30% en el de licores o de un 60% en el de harina, denotan una situación de estrés o ansiedad que tratamos de calmar generando endorfinas, algo que se consigue con alcohol o postres dulces, hecho muy similar a lo que ocurrió despues de las matanzas en los trenes en Madrid el 11M o las de las Torres Gemelas  de New York el 11S, y es que la ansiedad y el estrés son inevitables con una amenaza que no deja libre a nadie, aunque para unos sea más grave que para otros. 

Decía el hijo de Lorenzo Sanz, el que fue presidente del Real Madrid cuando se ganaron dos Copas de Europa, lo duro que podía llegar a ser que una persona querida y cercana como es un padre, esté solo en momentos de angustia, en esos momentos que sabes que te vas y te gustaría decir tus últimas palabras, que tu pareja, tus hijos y tus seres más queridos no puedan darte el último beso o apretarte la mano y oír de sus labios que te quieren. Rico o pobre llevarás aislado 5, 10 o 15 días y sus caras se te borrarán porque al enfermo le parecerá un siglo. Esa sensación de angustia que nos invade al no poder ayudar ni consolar al enfermo como tampoco consolarán a los que se quedan porque no habrá velatorio, nadie abrazará a los parientes que recibirán por todo consuelo un tarro con cenizas para llorar a solas porque a familiares y amigos les estará prohibido ir a consolar a los que lloran si no viven juntos.

Dicen que la enfermedad no es grave, que la mortalidad es reducida, pero no es cierto. Que se elija a quién se va a intentar salvar y a quién no, normalmente a los mayores de 80 años o con enfermedades cardiopulmonares, cuando hasta hace un mes vivíamos en una sociedad donde se luchaba por la vida de cualquier persona aunque ya estuviese en coma y si estaba muerto se trataba de resucitar, es de una crueldad a la que no estamos acostumbrados y por eso cuando vemos grupos de gente joven y alguna no tan joven que se saltan el confinamiento, no me cabe duda alguna de que estamos ante un caso de ignorantes más que de psicópatas. 

Se habla menos de los daños colaterales, y no me refiero a la crisis económica que está arruinando y arruinará a muchas familias, sino a la angustia de gente sana que no puede enfermar por ser personas de riesgo y tiembla cada vez que ha de ir al mercado o a la farmacia sabiendo que si el virus entra en su casa todos los que viven en ella se contagiarán por culpa del largo período de incubación sin síntomas. También a los que tienen patologías que les hacen estar a la espera de una operación que ahora ha multiplicado su gravedad porque el quirófano dejará su sistema inmunológico bajo y las posibilidad de contagio aumentan como aumenta su riesgo si retrasa la operación. Incluso si todo va bien estará aislado como medida preventiva y nadie podrá acompañarlo.

Podríamos seguir con casos particulares que nos pueden tocar a cualquiera, como tener un ser querido en una residencia de mayores y no poder visitarlo o sacarlo de allí,   pero lo dicho ya es suficiente para que nadie se tome esto a broma, que es necesario que desaparezca el coronavirus de nuestras vidas y de nuestros hospitales, y sobre todo que debemos aprender la lección de que actuar tarde tiene consecuencias, que pensar que las cosas malas les suceden a otros también, y que un país debe ser suficiente, o estar preparado para serlo, en todo lo fundamental. Que nadie se avergüence de llevar mascarilla sino de no llevarla, y que en la vida muchas veces hay que aparcar las ideologías y los partidismos para unirnos en un objetivo común. Eso es lo que han hecho los sanitarios, los policías y el Ejército. A nadie se le pregunta por sus ideas, raza, religión o sexo, simplemente se le atiende con los medios que hay y por eso les aplaudimos cada día. 

Que nadie se tome a broma lo que está pasando, que nadie se niegue a colaborar o se desprecie su colaboración por llamarse Ortega, Botin, Mango o simplemente Pérez o García, son millones los que sufren en España y en el mundo estamos confinados 2.400 millones de personas. La única lucha activa en estos momentos debe ser contra el virus y contra el que no lo combate. @mundiario

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