La soledad digital: una de cada cuatro chicas confiesa sus secretos a la IA
La imagen resulta inquietante: una adolescente, a oscuras en su habitación, abre el chat de una inteligencia artificial para contarle lo que no se atreve a compartir con sus padres, con sus amigos o incluso consigo misma. No se trata de ciencia ficción. Según el informe Así somos: el estado de la adolescencia en España, de Plan Internacional, una de cada cuatro chicas de entre 17 y 21 años reconoce que utiliza la IA para “contarle sus cosas”. No hablamos de consultas académicas, ni de apoyo puntual en los estudios: hablamos de confianza emocional.
Que el confidente de miles de adolescentes sea un algoritmo y no una persona es un dato que debería encender todas las alarmas. Porque, más allá de la fascinación tecnológica, lo que está en juego es la soledad. Una soledad silenciosa que se camufla bajo notificaciones constantes, pero que se agudiza en la intimidad. La paradoja de esta generación es que, mientras nunca antes se había estado tan conectado, nunca antes se habían sentido tan solos.
El hecho de que la IA aparezca como sustituto afectivo no significa necesariamente que los jóvenes confíen en ella a ciegas. El estudio también revela que son conscientes de los riesgos: la dependencia, el engaño, la falta de autenticidad en esa aparente empatía. Lo saben. Y aun así recurren a la máquina. Porque la máquina, a diferencia de los adultos, no se cansa, no juzga, no grita. Responde siempre, incluso a las tres de la madrugada.
El problema no está en el software, sino en el espejo que nos devuelve. Si las adolescentes confiesan más a un chatbot que a su entorno, el mensaje es devastador: los adultos no estamos disponibles, no somos confiables, no sabemos escuchar. El dato no habla tanto del avance de la IA como de nuestro retroceso en lo humano.
Una generación que habla a quien no existe
La terapeuta Silvia García lo resume al diario El País: “cuando recurren a una máquina lo que están diciendo es que no saben con quién más pueden hablar”. Ese vacío debería dolernos. No porque un chatbot pueda “corromper” a los jóvenes —aunque algunos casos trágicos, como el de Adam Raine en Estados Unidos, alerten de fallos graves de seguridad—, sino porque evidencia que no encuentran un refugio emocional en la vida real.
La cuestión no es demonizar la IA. Ni siquiera se trata de prohibir su uso como si fuera una droga. Se trata de preguntarnos por qué alguien elige hablar con un algoritmo antes que, con su madre, su padre, su mejor amigo o un profesional. La respuesta, probablemente, sea incómoda: estamos demasiado ocupados, demasiado cansados, demasiado desconectados de la escucha real.
El riesgo de la “empatía simulada”
La IA no ama, no se preocupa, no entiende. Solo predice palabras. Su “empatía” es un reflejo estadístico, no un afecto recíproco. Y, sin embargo, para una adolescente que teme el rechazo, esa simulación puede ser suficiente. El riesgo es evidente: si lo fácil es hablar con una máquina, ¿qué pasará con la complejidad de las relaciones humanas? ¿No estaremos entrenando a una generación a preferir vínculos sin conflicto, sin contradicción, sin la riqueza del otro?
El lema del estudio lo dice todo: “Más inteligencia emocional para la inteligencia artificial”. La tecnología avanza a un ritmo imparable, pero lo que los adolescentes reclaman no es más innovación, sino más afecto, más presencia, más paciencia. La máquina nunca será un sustituto real de un abrazo, de una mirada atenta, de una palabra dicha con amor. @mundiario