El sol que calentamos en el pecho, de la mano de José Mauro de Vasconcelos

Portada de Vamos a calentar el sol.
Portada de Vamos a calentar el sol.

La novela brasileña Vamos a calentar el sol (Libros del Asteroide, 2014) de José Mauro de Vasconcelos es la crónica del viaje sentimental de sus protagonistas. 

El sol que calentamos en el pecho, de la mano de José Mauro de Vasconcelos

En el ámbito de la narrativa infantil y juvenil, uno de los temas más frecuentes es el viaje, tal vez por lo que entraña de metáfora del corazón humano. En una cantidad importante de obras, reconocidas como clásicas, la amistad y el viaje constituyen el concepto que estructura todos sus elementos: Huckleberry Finn, El Gran Meaulnes, El Camino. La novela brasileña Vamos a calentar el sol (Libros del Asteroide, 2014) de José Mauro de Vasconcelos es la crónica del viaje sentimental de sus protagonistas.

Segunda parte de Mi planta de naranja lima (1964), Vasconcelos retoma la narración semi-autobiográfica de Zezé, un joven pícaro que lucha y encuentra la amistad en lugares inverosímiles. La nueva entrega abunda en descubrimientos, su estilo es ameno; se trata, una vez más, de una prosa lúdica para todos los públicos. Con una estructura de flashback, Vasconcelos recuerda los acontecimientos de la infancia que lo llevaron a escribir su libro. Vuelve aquel niño que tenía un terror sagrado, sobre todo a su padre en paro, cada vez más deprimido por la precariedad de las circunstancias, aquel Zezé, de cinco años de edad, que quería crecer hasta convertirse en “un poeta con una corbata de lazo”.

A pesar de haber sido adoptado por padres ricos y tener un buen nivel de vida, en Vamos a calentar el sol (1974), Zezé vive en la soledad y tristeza más absolutas, pero algo increíble sucede. Una noche, mientras está en su habitación, una luz aparece y una cálida voz empieza a hablarle. No es solo una luz sino una criatura, un sapo. Cuando Zezé descubre su identidad, tiene miedo, pero el sapo es un animal especial que sabe lo Zezé está pensando. Como él, toca el piano y tiene un nombre, Adán. Adán ha llegado a su vida para cambiarla para siempre y hacer de él un hombre nuevo. Una metamorfosis se produce en la vida de Zezé. Para ello, Adán penetra en su pecho de forma rápida y sin hacerle daño. Zezé al principio está confundido, pero cuando descubre el amor y la amabilidad del sapo, lo acepta. Adán es ahora parte del corazón de Zezé y una nueva amistad comienza.

Vamos a calentar el sol relata el viaje que realiza el niño protagonista, un viaje inexorable hacia el mundo de los adultos, un camino a través del dolor, el sufrimiento y la injusticia, en compañía de Adán, Maurice Chevalier y Tarzán, un profesor del colegio Santo Antônio. Una aventura única, la búsqueda de un tesoro que es la vuelta a la infancia, oculto dentro de nosotros y que jamás nos abandona: “Lo principal, Zezé, es que descubras que la vida es bella y el sol que calentamos en el pecho nos fue dado por Dios para aumentar todas esas bellezas (…) Yo he venido aquí para no dejar que tu sol se enfríe (…) Estréchame la mano como un amigo ¡y vamos a calentar el sol!” (dice Adán en p.81).

Huckleberry Finn y Jim huyendo a lo largo del río Misisipi, El Gran Augustin Meaulnes buscando a Yvonne de Galais, las travesuras de Daniel el Mochuelo, Germán el Tiñoso y Roque el Moñigo a lo largo y ancho de la novela de Miguel Delibes: la amistad y el viaje van de la mano en muchas de las novelas más importantes de la literatura universal.  Y sin embargo, el viaje de Zezé y Adán en Vamos a calentar el sol tiene lugar en el propio interior de Zezé, lugar donde mora un profundo deseo de cambio, una necesidad de experiencias nuevas, una insatisfacción de raíz profunda que no logran paliar ni el amor ni la religión: “Cuando hice la primera comunión, mi tía me preparaba para ella en casa. Decía que iba a ser el día más feliz de mi vida, que recibir a Jesús en el corazón era la mayor felicidad del mundo. Y yo no sentí nada de eso. Lo que sentí fue vanidad, porque era pequeño y las insignias de mi uniforme mostraban a los demás que ya estaba en el cuarto curso de primaria. (…) Cuando comulgué, con tantos cánticos y oraciones, lo que verdad sentía era hambre (…) Fue un día horrible: la fotografía en grupo, café, chocolate muy tarde (…) marchamos, cansados, toda la tarde. A mi alma le faltaba algo”. (p. 148).

De este modo, el viaje de Zezé, al igual que su vida es, como el destino, inevitable: el niño necesita buscar y conocer. Para ello tiene que huir de sí mismo a través de distintas personalidades, enfrentarse a una realidad nueva que le permita descubrirse a sí mismo y darle un sentido nuevo a su existencia. En ningún personaje como en el protagonista de la novela de Vasconcelos se cumple el dictum rimbaudiano de “El yo es otro”: “Si algún día desistiese de viajar a la selva, de ganar todos los campeonatos mundiales de natación, como Johnny Weissmüller, de convertirme en Caldeu, el mejor trapecista del universo, bien que podría abrazar otra profesión: el espionaje.” (p. 214).

Algunos pasajes de Vamos a calentar el sol son la crónica de un viaje a los infiernos: “Salí corriendo para mi cuarto. Aún tenía el cuerpo empapado de sudor. Tenía que acostarme y rezar mucho, comenzar un nuevo rosario por las pobres almas del Purgatorio y, si por ventura se me aparecía de nuevo aquella Vocecita, le partiría la cara”. (p. 244); otros pasajes describen un viaje interior (“Quiero ver la belleza de la vida, vivir a la orilla de un río bonito, oír las historias de las aguas que corren, tener un sitio entre los follajes de la ribera para dormir, siestear, cazar mis mosquitos, huir del estruendo de las ciudades y oír el canto de la calma de Dios”) (Adán, en p. 252); los más, son la crónica de un viaje sentimental: (“La víspera de mi partida, cuando mi maleta estaba ya lista, fui a despedirme del jardín: de todos los caobos, del mango desde el que observaba, espiaba, la vida de doña Sevéruba, de los trapecios, cuyas cuerdas envejecían, abandonados. Al cabo de poco, se pudrirían y los arrancarían: trapecios irrealizados que dejarían en el olvido todos mis sueños de huir con un circo y recorrer el mundo exhibiendo la destreza y elegancia de Caldeu, el hombre más fuerte – o mejor dicho, uno de los más fuertes – del mundo.” (p. 311).

El lector adulto tendrá que volver a ser niño para disfrutar de esta novela. La búsqueda de la verdad y la paz, el descubrimiento de un centro y, en definitiva, el encuentro del sentido de la propia existencia marcan la biografía del propio José Mauro de Vasconcelos. Nacido el 26 de febrero de 1920, en Río de Janeiro, pasó su infancia en Natal, RN. Su familia era muy pobre y José Mauro pasó por muchas dificultades. Su gran sueño de la infancia era ser nadador profesional. De personalidad voluble, a los quince años se trasladó a Río de Janeiro, donde tuvo varios empleos para llegar a fin de mes. Viajó por Brasil de norte a sur; fue entrenador de boxeo, agricultor, obrero, minero, cargador de plátanos, actor de cine, periodista, locutor y escritor. Inició varios cursos universitarios, pero nunca terminó ninguno de ellos. Su obra más famosa, Mi planta de naranja lima, está basada en su infancia, al igual que el texto que nos ocupa; en los primeros meses de su lanzamiento vendió más de 217.000 copias. Aclamado por crítica y público, murió en julio de 1984, en São Paulo.

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