Slow: 'a modiño, ho, a modiño', una salmodiante, pero tranquilizadora reiteración

El tiempo es un embutido de pellejo tan endeble y en el que queremos meter tal montón de condimentos que, en un enloquecedor feedback, convivimos de costumbre con un hondo y negrísimo sentimiento de ansiedad.
Slow: 'a modiño, ho, a modiño', una salmodiante, pero tranquilizadora reiteración

Que cada estado genera su contrario es una ley, no sé si biológica, química, física o política, de comprobación incontestable. Que vivimos subyugados por una dinámica basada en la obsesión por la rapidez y el máximo output con el mínimo input, una verdad no menos incontestable. Que tenía que surgir en Occidente un movimiento de opinión que reclamara echar el freno antes de la hostia final era, como sinapsis de las constataciones antedichas, inevitable.

Si el Slow Movement ―que lidera, entre otros, el periodista canadiense Carl Honoré― rematará con el grande sucesso de otros tantos movimientos que en el mundo han sido (como, por ejemplo, el Ejército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive o la Cruzada por la Dignidad Mora, del amigo Ignatius J. Reilly), está por ver.

De momento, la lectura de Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto la  velocidad (RBA, 2008), ejercicio al que he consagrado deleitosos momentos recientes, me ha deparado muchos motivos para la reflexión y algunos argumentos de autoaplicación personal, que quisiera entender conducentes a mi inminente defección de la HAPE (Hermandad del Agobio y el Permanente Estrés), a la que, contra mi voluntad, pertenezco como miembro numerario.

y con la frustración de la constante insatisfacción (I can’t get no... , ¿recuerda? y mire que tiene tiempo!). Todo es veloz, efímero, acumulativo, indiscriminado, sobreabundante; nada, apenas, deja una huella sensible, un recuerdo notable: el cine, la ropa, los libros, la estética, el arte, la técnica, las modas... todo gira, aparece, viene y va a una tal velocidad que no somos capaces de imaginarle raíces, de anclarnos en alguna parte para distinguir el panorama con un mínimo de calma y tiempo, de ver el cielo más allá de las nubes.

Y, mientras, el tiempo se nos va como arena entre las manos. A pesar de mi involuntaria pertenencia a la Hermandad dicha, me permito invitarle hoy al pasmoneo e invocar la deliciosa inutilidad de ser improductivos y pensar sólo por el hecho de hacerlo o de pasar el rato; una convocatoria a seguir maravillándonos con el canto de un petirrojo, con el tremolar de un riachuelo o con la luz mágica de un atardecer en la playa o el campo.

Yo sanciono mi bautizo en el movimiento Slow con una expresión noroccidental muy nuestra, que, en momentos en los que la tiroides me amenaza con liberar un torrente de adrenalina, repito con salmodiante, pero tranquilizadora, reiteración: a modiño, ho, a modiño.

Slow: 'a modiño, ho, a modiño', una salmodiante, pero tranquilizadora reiteración
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