El sexo del mañana: ¿soñarán los degenerados del futuro con ovejas eléctricas?

El mito de Pigmalión, obra de Adrián Arias Sánchez
El mito de Pigmalión, obra de Adrián Arias Sánchez.

La novela de Philip K. Dick me brinda el título perfecto para este artículo de corte futurista y cyberpunk en el que se analizan las nuevas tendencias sexuales.

El sexo del mañana: ¿soñarán los degenerados del futuro con ovejas eléctricas?

La novela de Philip K. Dick me brinda el título perfecto para este artículo de corte futurista y cyberpunk en el que se analizan las nuevas tendencias sexuales.

Yo, Susy Garfe, soy de las que luzco con orgullo el título de mujer de coño inquieto. Vale, sé que empiezo mal, que la expresión correcta es ‘culo inquieto’, pero entenderán que iniciar un artículo con sexo anal es de una vulgaridad no digna de mi natural elegancia. Pero a lo que iba, que en cuestiones sexuales me considero moderna y posmoderna, aunque tengo que reconocer que últimamente me escandaliza leer sobre las nuevas tendencias sexuales.

Según algunos artículos que brotan como setas en los diarios digitales, nuestro futuro sexual no puede ser más desolador: sexo con robots, muñecas sexuales hiperrealistas y perversiones por el estilo creadas para alcanzar el orgasmo disparando el consumo de electricidad. Me debo estar haciendo mayor, porque en cuestión de guarradas empiezo a ser conservadora y me niego a adaptarme a esta realidad distópica que plantean algunos analistas de tendencias (supongo que a sueldo de Endesa).

Bien saben mis lectores que soy una amante de la naturaleza, sobre todo la masculina, una cabra loca que tira al monte y que no pone pegas a que se la tiren en el monte (para más detalles ver artículo anterior), por lo que no le acabo de encontrar la gracia a abusar de la tecnología para algo tan natural como echar un polvo. No es que esté en contra de los juguetes sexuales electrónicos, que me encantan, ni que repudie a las muñecas hinchables, que han existido desde siempre y cuya estética entre cutre y kitsch tiene un cierto deje encantador, pero lo del sexo con robots y las muñecas sexuales hiperrealistas me parece que es una perversión de manual, de degeneración posmoderna. No queramos jubilar a las muñecas hinchables, que rezuman ingenuidad por cada orificio de su cuerpo con ese eterno gesto de sorpresa (lo digo por la boca) y que, en el peor de los casos, sirven como colchón inflable para la piscina. Sin embargo, los muñecos sexuales hiperrealistas me dan grima, ¿los han visto? si parecen sacados del mismo laboratorio en que parieron al monstruo de Frankenstein y la última cara de Camilo Sesto.

Sé de lo que hablo. Antes de despotricar por esta boquita mía, juro y perjuro que he tratado de hacer un acercamiento al tema con mente abierta y liberada, tratando de encontrar entre las imágenes de Google a mi macho alfa electrónico que me ponga más caliente que una estufa de queroseno. Pero las fotos que veo de los muñecos sexuales hiperrealistas me ponen los pelos de punta, especialmente los del pubis, que se han colocado literalmente de punta, en modo erizo, al estilo punk, yo creo que como instinto de defensa para evitar que se le acerque alguno de estos muñecos diabólicos.

Sin hablar de las nefastas consecuencias que la proliferación de amantes eléctricos tendría en nuestros hábitos cotidianos. ¿Quién querrá ponerse a cien con una peli guarra cuando puede tener a mano un androide siempre sediento de sexo? Ale, a tomar por culo la industria pornográfica y a echar a la calle a un montón de honrados trabajadores con una mano delante y otra detrás (nunca mejor dicho). La pornografía quedará entonces relegada a servir de vídeos tutoriales para instruir a los muñecos, como cuando en Matrix enseñaban a Neo artes marciales en un visto y no visto, como en los métodos de ‘Aprenda Inglés en 1000 palabras’.

En esta noche de lluvia en que un maromo me ha dejado más colgada que Harrison Ford en Blade Runner, me siento apocalíptica. De tanto meditar sobre los androides del sexo he estado a punto de soltarle al repartidor de pizza:

—Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar camas en llamas más allá del salón.

Gustos aparte, lo cierto es que esta tendencia sexual futurista tiene poco de novedosa. A mí me recuerda no sólo al clásico cuento de Pinocho (que en cuanto dejé de ser una niña supe con certeza con qué fin hizo Gepeto un muñeco al que le crecía una parte de su cuerpo), sino también al todavía más antiguo mito de Pigmalión, el escultor que fabricó una estatua representando su ideal de mujer y acabó enamorándose de ella. El cuento no termina ahí; después de esculpir a la estatua, Pigmalión rogó a Afrodita que le diera vida. La tal Afrodita (que para eso es la diosa del amor, del deseo y de las perversiones y guarradas) atendió las plegarias de Pigmalión, convirtiendo a la muñequita en una mujer de tomo y lomo. Mi conocimiento del mito llega hasta ahí, pero como soy de imaginación fácil, permítanme ponerle un final a la historia. Seguro que cuando Galatea (que así se llamaba la estatua) se vio empoderizada y con un cuerpazo de toma pan y moja, pensó que el tal Pigmalión era un pardillo de mucho cuidado, y se acabó largando con Pinocho, mucho más dotado, dejando al escultor con un palmo de narices y, para su desgracia, sólo en sentido figurado.

Queridos lectores: no quieran ser ustedes como Pigmalión. Tengan cuidado con lo que desean, su sueño podría hacerse realidad y acabar largándose con otro. Si ya lo decía Santa Teresa de Jesús: «Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas». @susydevoradora

El sexo del mañana: ¿soñarán los degenerados del futuro con ovejas eléctricas?
Comentarios