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MUNDIARIO

Los sementales más famosos de la Historia argentina

El que quedó fuera de competencia fue el general Juan Domingo Perón, dos veces presidente de la República, quien no tuvo descendencia.
Los sementales más famosos de la Historia argentina
Manuel Belgrano con la bandera de Argentina.
Manuel Belgrano con la bandera de Argentina.

Vicky Rego

Escritora.

Después de hacerse la valiente e independizarse de 'Madre España', a Patria le empezó a preocupar que, a raíz de las expediciones libertadoras de sus corajudos próceres, su gran territorio se despoblara en poco tiempo. Cuenta la leyenda que fue a ver a una pitonisa que vivía en una aldea indígena. Era famosa por su capacidad de ver el futuro. La presencia de Patria en persona dentro de su tienda le produjo un paroxismo tal que la llevó de un solo salto al siglo XX. Allí se encontró con Diego, una tortuga macho que salvó a su especie de la extinción en las Islas Galápagos. Otras dos competían con ella y, entre las tres tortugas macho, fecundaron a algunas hembras, trayendo al mundo dos mil hijas. Se le atribuyen al Gran Diego, ochocientos de estos ejemplares. Es un macho muy activo, pesa ochenta kilos… dijo la pitonisa. Patria no quiso escuchar más.  No se interesó por la situación legal de las tortugas, ni por sus madres, ni por el apellido de cada hijo.  Eso era secundario. Galápagos había pasado de dos machos y catorce hembras, a dos mil ejemplares.

Citó inmediatamente a los próceres más importantes y les dio instrucciones claras, que cumplieron con el mayor patriotismo.

Juan Manuel Belgrano, el creador de la bandera nacional, tenía una sola hija: Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano. Embarazó rápidamente a su amante, María Josefa Ezcurra, y  nació Pedrito, que Juan Manuel ignoró por completo pero sintió que había cumplido con Patria.

Juan Manuel de Rosas, caudillo de la Confederación Argentina, era cuñado de María Josefa, y decidió adoptar al niño al que llamó Pedro Pablo Rosas Belgrano. La familia quedó en paz.

Él no podía ser menos que su tocayo. Ya tenía tres hijos: Juan Bautista, María y Manuela Robustiana, la famosa “Manuelita” Rosas. El macho activo se puso en acción y no tuvo tiempo de reconocer a  Ángela, Emilio, Joaquín, Nicanora, Justina y Adrián,  producto de sus amoríos con su criada Eugenia Castro, a quien llamaba “la mancebita”. Creyó haber vencido a Diego, la tortuga.

Pero su adversario, Justo José de Urquiza, gobernador de la Provincia de Entre Ríos, se puso en acción. Cuenta el historiador Enrique de Gandia que produjo ciento ocho ejemplares de su propia sangre. La Ley Federal 41 le hizo reconocer a unos cuantos. Llevan su apellido, contando los hijos de su matrimonio con Dolores Costa, veintitrés “urquicitos”. De los otros ochenta y cinco no hay mucha información. Pero se llevó los laureles de Patria, quien le estará eternamente agradecida. Dicen que hoy, día del padre,  un ave exótica de plumas celestes y blancas revoloteó la Basílica Inmaculada Concepción ( Entre Ríos) donde descansan sus restos.

El pobre Juan José de San Martín, Gran Libertador, con su endeble salud, hizo lo que pudo. Era el padre de Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada, “Merceditas”, hija de Remedios de Escalada, su esposa, quien siempre esperaba, como Penélope, que Juanjo volviera de la guerra. San Martín decidió hacer algo para no desilusionar a Patria. Cuenta García Hamilton en su libro “Don José” que, en Perú, tuvo otros hijos: uno con la ayuda de su criada, Jesusa. Y otro con Rosa Campuzano Cornejo, activista independista peruana y amante reconocida de San Martín.

Nuestro gran prócer llegó a más: todo indica que no sólo se reunió con Bolívar en Guayaquil en julio de 1822, porque en abril del año siguiente nació Joaquín de San Martín y Miron. Lo bautizó así su madre, Carmen Miron y Alayón, quien murió afirmando que Joaquín era hijo del Libertador.

El que quedó fuera de competencia fue el general Juan Domingo Perón, dos veces presidente de la República, quien no tuvo descendencia. Y eso que sus amores fueron de telenovela. Ni con sus esposas, Eva Duarte e Isabel Martínez,  ni con sus otras mujeres,  de las que nos habla Araceli Bellota en su libro “Las mujeres de Perón”, logró depositar sus genes para no extinguirse. La controvertida relación con Nelly Rivas, de catorce años, hija de una familia humilde, quien lo conoció cuando él tenia cincuenta y ocho y acababa de perder a Evita, solo le sirvió para escándalo . La niña lo sacó de la gran depresión y se trasladó a vivir al Palacio Unzué, la residencia presidencial, pero de hijos, nada. Después vino la Revolución Libertadora que lo depuso en 1955, lo acusó de decadencia moral, persiguió a Nelly y su familia. Pero eso ya es  otra historia. La cuestión es que, por más que se esmeró hasta  los límites más penosos, tuvo que caer a los pies de Patria a implorarle perdón. Parece que se lo concedió  gracias a la promesa de Eva de “volveré y seré millones”.

Y llegó el Gran Diego, nuestro Gran Diego Armando, el goleador más famoso del mundo, quien estaba tan seguro de aplastar el apetito sexual de Diego, la tortuga de Galápagos, que reconoció a todos los hijos que le fueron apareciendo. Después de Dalma y Gianinna, hijas de su esposa Claudia Villafañe, se fueron sumando herederos a la estirpe Maradona. Ya hay once que hoy le aseguran su no extinción. Para eso, “el Diego”, nuestra tortuga más veloz de las canchas de football, los reconoció a todos. @mundiario