Sambando la vida en la ciudad maravillosa

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Sabrina Sato, reina de Vila Isabel. / Eduardo Hollanda

Recuerdo que cuando empecé a viajar no planeé nada. Nada de nada. Lo que iban a ser tres semanas en Indonesia con mis amigas, se está convirtiendo, casi sin darme cuenta, en una vuelta al mundo en solitario.

Sambando la vida en la ciudad maravillosa

Año y medio después de aquel mágico aterrizaje en Bali, siguen sucediéndome cosas con las que jamás había soñado. Continúo descubriendo rincones de ensueño, realizo actividades que nunca pensé que tendría el coraje de hacer y, a menudo, me encuentro envuelta en situaciones de lo más inverosímil y prosigo venciendo mis miedos y explorando mis límites.

Recuerdo cuando una vez, recién cumplidos mis 18 -cuando la soberbia pilotaba a su antojo los engranajes de mi ser-, le dije a mi padre, con las más absoluta de las certezas y una trágica mirada, que ya no me quedaba nada por vivir, que ya lo había experimentado todo. Le miré impotente, con esa mirada desesperada de quien tiene la convicción de que le sobran años de vida y no sabe qué va a hacer con ellos. Creía que ya nada me sorprendería. Todavía puedo escuchar cómo retumban las carcajadas de mi padre.

Creía que ya nada me sorprendería. Claro que, por aquel entonces, ni se me ocurrió fantasear con la idea de desfilar en el Sambódromo de Rio de Janeiro

Fuera como fuese, durante muchos años, prácticamente hasta poco antes del inicio de este viaje, continué pensando lo mismo. Claro que, por aquel entonces, ni se me ocurrió fantasear con la idea de desfilar en el Sambódromo de Rio de Janeiro, ni mucho menos - ¡ironías de la vida! -, que sería Julio César Barcellos,  un buen amigo de mi padre, el que me brindaría y costearía tan increíble oportunidad.

De la noche a la mañana, soy una afiliada más de la Escuela de Samba Unidos de Vila Isabel. Mi ignorancia con respecto a los desfiles del carnaval es tal que no puedo barruntar la magnitud de un asunto en el que, casi sin querer, me estoy metiendo.

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Bloco de carnaval. / Xantia Alonso

Brasil prácticamente se paraliza durante el carnaval. Y no es un día, ni dos. El carnaval dura un mes. Es su agosto, en todos los sentidos de la palabra. Además de los tres días oficiales durante los cuales se celebra el carnaval en el Sambódromo; a lo largo de todo el mes, sólo teniendo en cuenta Rio de Janeiro, hay ni más ni menos que 800 exhibiciones de los “blocos” oficiales de carnaval y un número impreciso de no oficiales.

La fiesta inclusiva

Los “blocos” son asociaciones que llevan a cabo desfiles callejeros, a base de coloridas y ruidosas comparsas. Cualquiera puede unirse y seguirles durante todo el recorrido al son de la música. Algunos duran hasta 24 horas seguidas. Son informales, creativos, irreverentes, alegres…, no hay ningún tipo de competición entre ellos. Y eso que suelen coincidir varios al mismo tiempo. De hecho es casi imposible salir a la calle y no encontrar alguno. Normalmente tocan samba, en cualquiera de sus variantes. Pero también veo un “bloco” con una orquesta de cientos de integrantes que performan conocidas canciones de película a ritmo de samba, otro que interpreta inolvidables éxitos de los Beatles... Tienen, desde luego, para todos los gustos. Son masivos, pueden reunir fácilmente afluencias de 500.000 personas y todo el mundo, sin excepción, está disfrazado. La ciudad maravillosa vibra, todos están en la calle, es el mayor carnaval del planeta. Aquí, como bien presumen de ello, todo el mundo es libre. El carnaval no discrimina a nadie.

rsz_carrozaCarroza de la Escuela Vila Isabel en el Sambodrómo. / Eduardo Hollanda

Eso sí, nada tiene que ver esta movida callejera con el glamour y el derroche de fantasía que se respira en el Sambódromo. Las mejores escuelas de samba de la ciudad compiten y se someten a un estricto jurado. Durante todo el año articulan la historia que se desarrollará durante el desfile. Han de idear un título y un relato, construir las carrozas alegóricas, dotarse de los disfraces pertinentes, y diseñar una coreografía… Una obra de arte en movimiento que ha de ejecutarse en un máximo de una hora y veinte minutos.

El corazón de la gringa

Por fin, mi primer ensayo. Se celebra en la calle. Voy directa a mi Ala, la 12. Los brasileños tienen muchas cosas en común con nosotros, una de ellas es la impuntualidad. No hay nadie. Dos horas después, estamos casi listos. Los 1.500 citados para el ensayo de hoy se han apoderado de la avenida. Me presentan al director de mi Ala. “Gringa, ¿sabes sambar?”-, me pregunta tras darme una calurosa bienvenida a la Escuela.

“Gringa, ¿sabes sambar?”-, me pregunta Adriano tras darme una calurosa bienvenida a la Escuela.

Respondo con una convicción que no deja lugar a dudas, mientras rezo porque no me pida una demostración, porque no tengo ni puta idea. “De acuerdo”-, asiente Adriano, “apréndete la coreografía y la letra”. Y añade, señalando el corazón, que “lo importante es que saques fuera todo lo que tienes ahí dentro”. Me lo grita al oído al tiempo que me agarra fuertemente de ambos hombros. Ya no sé si voy a pelear en un ring o a bailar samba, pero yo le miro como si hubiese nacido para este día, y parece que lo dejo convencido. Ésta gringa, así denominan a cualquiera que no sea brasileiro, de baile no sabe mucho pero, de teatro … un buen rato.

rsz_bateriaSección de percusión. / Eduardo Hollanda

Empieza el ensayo. La sección de percusión, compuesta por cientos de personas, lleva un buen rato calentando el ambiente. ¿Estos miles de personas se agrupan en las aceras para ver nuestro ensayo? Sí, efectivamente. Todo el barrio acude en masa a vernos, se saben las letras, van vestidos de azul y blanco (los colores de la escuela) nos aplauden, nos animan, nos sacan fotos y videos. Yo balbuceo a duras penas algunas de las frases que repiten y logro entender, mientras sambamos sin tregua a lo largo de toda la avenida. Las passistas, las bailarinas de samba que lucen esos espléndidos vestidos que tienen en realidad más brillo que tela, son espectaculares.

Las passistas, las bailarinas de samba que lucen esos espléndidos vestidos que tienen en realidad más brillo que tela, son espectaculares.

Una casi se marea al seguir el movimiento de sus pies y caderas. Me acercan botellas de agua. Hace un calor infernal y yo no recuerdo haber hecho tanto ejercicio en bastante tiempo. Ochenta minutos después se termina el ensayo. Quiero morirme.

rsz_pasistasPassista con una falda LED simulando fuego. / Eduardo Hollanda

A lo loco

Mi Ala entrena dos veces por semana. Nunca nos juntamos todas las Alas. Tampoco las carrozas en las que desfilan cientos de personas pueden ensayar en la calle. Nadie sabe realmente cómo van a salir las cosas el día del desfile. Supongo que ahí reside parte de la magia y mucho de los nervios del evento.

Casi una semana antes del día D, nos citan a todos para el reparto de disfraces en el pabellón de la escuela. “Gringa, se nos ha acabado los disfraces de tu Ala”-, me explican al llegar. “No hay problema, denme el de otra Ala’’, respondo pensando que me están vacilando, pues no soy muy buena en matemáticas, pero si somos 65 personas debería haber 65 disfraces. Sin embargo, no es una broma. Se masca la tragedia. El apego al Ala 12 es tal que la gente no cabe en sí del disgusto. Se buscan culpables, se demandan explicaciones, se llama a la directiva… Cuando finalmente se constata que no hay disfraces para todos, se desata la tempestad. Un auténtico drama con el que yo no soy capaz de empatizar. Y es que el carnaval en la ciudad maravillosa, es un sentimiento con mayúsculas. Llevan todo el año esperando para ello. Nunca llegué a saber como se resolvió la crisis, pues ésa fue la última vez que ví a mis compañeros del Ala 12.

disfrBailarina de samba de la Escuela. / Eduardo Hollanda

Ya es 11 de febrero, así que, por fin, llega el gran día. Estoy a punto de ingresar en el mayor espectáculo del mundo, que durará toda la madrugada. Afortunadamente Vila Isabel será la tercera escuela en esparcir su hechizo en el recinto. Calculan que sobre las 23.00h será nuestro turno.

Agorafobia bajo control

Las horas previas son de infarto. Recojo la parte más pesada del disfraz, cargo con él y me abro paso con semejante bulto, para intentar encontrar a mi nueva Ala entre las 3.700 personas de Vila Isabel que desfilamos esa noche y los cientos de asistentes, coordinadores, directores...

3.700 personas de Vila Isabel desfilamos esta noche.  Las fantasías, los disfraces, son muy voluminosos. La mía en particular pesa casi 10 kilos.

La gente, nerviosa, empieza a engalanarse. Cada Ala con su disfraz. Cada oveja con su pareja. A medida que más gente se viste, menos espacio queda para moverse. Las fantasías son muy voluminosas. La mía en particular pesa casi 10 kilos. Todos los hierros de la estructura parecen estar diseñados para clavarse por mi cuerpo. Llevamos camisa de manga larga, botas altas, el cuello subido me ahoga, estamos a 37 grados, el volumen de mi disfraz me impide sentarme o agacharme y el más leve movimiento que realizo parece tener consecuencias devastadoras para quienes me rodean. Como si de un dominó se tratase.

rsz_entrada_en_el_sambodromoEntrada en el sambódromo de Rio de Janeiro. / Eduardo Hollanda

Llevamos ya más de dos horas preparados, así que no es de extrañar que se produzcan varios desmayos en mi Ala. No tanto por los nervios, que también, sino por el calor y el peso. Mantengo una conversación conmigo misma y acordamos, junto con mi dolorido cuerpo, que ésta oportunidad no la vamos a dejar escapar cueste lo que cueste. Pero es, desde luego, un sacrificio mucho más grande del que me imaginaba.

La reina del mundo

Nos dan la señal verde. Nos dirigimos hacia el Sambódromo, la excitación está a flor de piel. Tengo un nudo marinero en el estómago. Exultantes, empezamos a cantar antes de entrar. Estamos al 200%. Nos dirigimos cual ejército de gladiadores a combatir en el Coliseum romano. Lo tambores retumban, van casi más rápido que mi corazón. Las carrozas avanzan lentamente, no hay tiempo para retoques de última hora, nos miramos y nos sonreímos entre nosotros con esa sonrisa nerviosa de la incertidumbre. Avanzamos insultantemente orgullosos. Sabemos que los jueces mirarán nuestros disfraces, si sonreímos o no, si cantamos, si hay armonía, si somos una Ala ordenada…

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Una de las carrozas alegóricas en el Sambodrómo. / Eduardo Hollanda

Hay mucho en juego y debemos aguantar durante más de una hora. Entramos con mucha fuerza en el Sambódromo. Está lleno, a rebosar, la gente en las bancadas se levanta y baila con nosotros. Es tan grande como varios estadios tipo Santiago Bernabéu, las gradas me parecen altísimas.

Nos dirigimos cual ejército de gladiadores a combatir en el Coliseum romano. Entramos con mucha fuerza en el Sambódromo.

Una se siente una hormiguita insignificante ahí abajo, aunque, la verdad, yo me tengo ahora mismo por la reina del mundo. Pueden descontarme 5 de los 15 segundos de fama a los que todos tenemos derecho. Está siendo una hora de éxtasis absoluto. Canto con tanta fuerza que siento que no me llega el aire, sambo (o algo parecido) hasta que me tiemblan las piernas y siento los colores como si se me fuera la vida en ello. Ya puedo decir que estando aquí a una ni le pesa el disfraz. Nuestras carrozas lucen grandiosas e imbatibles y nosotros …, nosotros nos sentimos campeones.

Y mientras intento grabar cada detalle para que no se me olvida nunca, no paro de pensar en que no me va a dar tiempo. No me va a dar tiempo a experimentar, a sentir, a vivir todo lo que está a mi alcance. No me va a dar tiempo de vivirlo todo. Que tragedia. Debo decírselo a mi padre. @mundiario

> Vídeo completo del desfile de Vila Isabel: https://www.youtube.com/watch?v=m4tBolWTIVU&t=1536s

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