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MUNDIARIO

Entre Rusia y Alemania: el drama de los Chéjov

El libro de Antony Beevor El misterio de Olga Chéjova narra la historia de una familia por demás complicada: una familia que, en lo más difícil de la relación ruso-alemana, tenía apellidos tudesco y eslavo; y, por si fuera poco, estaba incrustada en las cúpulas de poder de los regímenes nazi y soviético, respectivamente.
Entre Rusia y Alemania: el drama de los Chéjov
El misterio de Olga Chéjova, de Antony Beevor. / RR SS.
El misterio de Olga Chéjova, de Antony Beevor. / RR SS.

Ignacio Vera de Rada

Escritor y profesor.

La historia es compleja, pero además es paradójica. ¿Quién hubiese imaginado que, en lo más difícil de la relación ruso-alemana, habría una familia con apellidos tudesco y eslavo, una familia que, por si fuera poco, estaba incrustada en las cúpulas de poder de los regímenes nazi y soviético, respectivamente? Su historia comienza con el denotado médico, dramaturgo y escritor Antón Chéjov (1860-1904), símbolo cultural de la Rusia zarista y autor de El jardín los cerezos, entre otras obras. Chéjov casó con Olga Leonárdova Knipper (la “tía Olia”, como se dejaría llamar más tarde por sus sobrinos), actriz de sangre alemana pero, por azares del destino, de tablas y escenarios moscovitas. Las familias de las que eran procedentes Antón y Olga acogieron en su seno el espíritu del arte, pues hubo en ellas músicos, escritores y actrices. Y, por otra parte, tuvieron que soportar una que otra mala pasada del destino (algún suicidio, casos de alcoholismo y varios traslados de residencia por motivos políticos y financieros). Fue una familia, además, complicada hasta la exageración, pues en ella había varios integrantes con los mismos nombres y los mismos apellidos; diríase una genealogía enrevesada.

El libro de Antony Beevor El misterio de Olga Chéjova (Barcelona, Planeta, 2015) narra justamente la historia de esta familia por demás complicada, pero particularmente rescata la de Olga Konstantinova (1897-1980), más conocida como Olga Chéjova. Hija de Konstantin y Lulu Knipper, sobrina directa de Olga Knipper-Chéjova y Antón Chéjov y esposa del sobrino directo de éste (Misha Chéjov), fue la actriz predilecta del cine del Tercer Reich (el mismísimo Führer le concedió el título de “Actriz del Estado”), pero para lograrlo tendría que sortear los avatares de la Revolución rusa, primero, y los de la sangrienta guerra civil después. Su hermano, el músico y compositor Liev Knipper, sirvió en el Ejército Blanco, que hizo frente al bolchevismo luego de la revolución de octubre, motivo que le significó la persecución y el aislamiento.

Al comienzo del libro, Beevor presenta al lector un hermosa fotografía retrato de Olga Chéjova, sus agradecimientos y luego un Dramatis personae (sí, como si se tratase de una tragedia clásica), es decir, la lista de los principales integrantes de la familia Knipper-Chéjov y que a la vez son los principales protagonistas de su agridulce y misterioso destino. El título de este apartado no es exagerado, pues la relación de los hechos, que van desde persecuciones, suicidios e intrigas políticas, hasta amoríos epistolares y éxitos de taquilla, hacen de esta historia cuando menos una tragicomedia.

Uno de los puntos flacos del libro es su no-fluidez narrativa, cosa que, por el contrario, sí tienen otros libros de historia de Beevor. Quizás esto se deba a que los vínculos de parentesco de los Knipper-Chéjov son tan complicados y hasta áridos, que por momentos al lector se le hacen difíciles de entender. Algo revelador que hay en la obra, es el papel político que cumplió el cine en el periodo del Tercer Reich y la importancia que tuvo en la propaganda del nazismo, importancia debida en gran parte al gusto que le tenían dos de sus cabezas: Hitler y Goebbels, quienes veían en el cine un pilar para la ingeniería de la psicología social.

Olga Chéjova no fue una mujer de ésas que son astutas, sagaces y tienen mente maquiavélica, como podría pensarse. Su verdadero interés de siempre fue el teatro y la actuación cinematográfica, y sus influencias en la cúpula nazi (que, por demás, no fueron tan importantes como se figuraban los de la NKVD soviética) se originaron de a poco y casi por accidente. Luego de pasar hambre en la URSS de la guerra civil, le tocó saborear los almíbares de la fama y la riqueza, debidos a su esfuerzo y su consecuente celebridad artística. En lo pasional, luego de su divorcio de Misha Chéjov —cuyo apellido conservó—, se enamoró y amó, pero lo hizo cautelosamente, ya sin entregar demasiado, enviándose cartas con un aviador de la Luftwaffe, por ejemplo.

Cuando, por momentos, Beevor deja de relatar la historia de Olga Chéjova, es para describir el ambiente de la política secreta de los soviéticos y nazis y para hablar de sucesos paralelos de otros integrantes de la familia, como las aventuras de Volodia y Serguei Chéjov (primos hermanos de Misha) o la carrera teatral de la tía Olia en el Teatro del Arte de Moscú. También, se habla de la carrera del escritor Máximo Gorki, quien, en algún momento de su vida, por razones de la maldita política, tuvo que vender su producción y su profesionalismo a la causa de Stalin; entonces Gorki comenzó a escribir para el régimen, porque los escritores son “ingenieros del alma” y la producción de almas es más importante que la de carros de combate.

El libro además incorpora fotografías —una intrascendentes pero interesantes las más— de algunas facetas de la vida artística de Olga Chéjova y del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Más allá de todo lo apuntado, el libro de Antony Beevor es un poco tedioso. Hay datos que, al menos a mi parecer, resultan irrelevantes. La relación de hechos a veces es incomprensible, dado que el autor hace saltos temporales y analepsis abruptas. Hay que reconocer, con todo, que el trabajo de investigación es exhaustivo, pues apela a cartas y diarios personales, además de las fuentes de la historia política y social conocida ya por los lectores en general. No es un libro que recomendaría, y de hecho no es ni de lejos el mejor que escribió este autor.

Al final, como anexo, hay varias páginas de la filmografía de Olga Chéjova, en las que se consignan todas las películas en las que actuó, desde Ania Kraeva (1917) hasta Frühling auf Immenhof (1974). Sin duda, una vida dilatadísima en el mundo de la actuación. Se dice que algunas de estas películas son de buena calidad y con un alto contenido sociológico y político, que otras son regulares y que otras son sencillamente prescindibles.

La vida y el sino de los Chéjov hubiesen sido dignos de dramatizarse en una de las piezas de Antón. Fue una vida paradójica, contradictoria, dura incluso, triste y solo con algunos momentos de alegría. Estuvo marcada por la perpetua tensión política. Olga, a pesar de haber sido de sangre germánica y credo luterano, quiso, al final de su vida, ser enterrada en una iglesia ortodoxa rusa. Es la historia de una de esas familias signadas por el misterio y la paradoja. Ignacio Vera de Rada en @mundiario