¿Por qué una sociedad como la nuestra está tan habituada a lo efímero y banal?

Óleo en lienzo de Charles Jalabert (1819 – 1901): Edipo y Antígona (Oedipe et Antigone, 1842). Antígona y su padre, Edipo, abandonan la ciudad de Tebas.
Óleo en lienzo de Charles Jalabert (1819 – 1901): Edipo y Antígona (Oedipe et Antigone, 1842). Antígona y su padre, Edipo, abandonan la ciudad de Tebas.

Un personaje fue abriéndose espacio en mi imaginación, agigantándose por lo mucho que representa, la lealtad, la justicia, la piedad. Valores no muy extendidos... 

¿Por qué una sociedad como la nuestra está tan habituada a lo efímero y banal?

Un personaje fue abriéndose espacio en mi imaginación, agigantándose por lo mucho que representa, la lealtad, la justicia, la piedad. Valores no muy extendidos y, quizás, aún más superficialmente sentidos, vividos, en una sociedad como la nuestra tan habituada a lo efímero y banal.

 

Esta mañana, antes de que el tropel de tragedias rompiese la serenidad de esta luz meridional que amable se ovillaba como un gato ante la ventana, un personaje fue abriéndose espacio en mi imaginación, agigantándose por lo mucho que representa, la lealtad, la justicia, la piedad. Valores no muy extendidos y, quizás, aún más superficialmente sentidos, vividos, en una sociedad como la nuestra tan habituada a lo efímero y banal.

En mi mente fue tomando forma un símbolo brillante por su pureza humana: Antígona. La hija de Edipo y Yocasta, hermana de Polinices, Eteocles e Ismene, princesa de Tebas. Eteocles y Polinices no están dispuestos a compartir el trono y se entregan a una feroz lucha fratricida, en la que la usurpación del poder por el primero y la leva de un ejército ayudado el segundo por la rival Argos, termina con la muerte en combate de los hermanos, uno a mano del otro.

El vacío de poder lo aprovecha Creonte, tío de Antígona, que usurpa el trono de Tebas y emite un veredicto terrible condenando a Polinices como traidor y disponiendo que su cuerpo sea arrojado en las afueras de la ciudad para pasto de alimañas y carroñeros. Un destino terrible que condenará al alma de Polinices a vagar eternamente sin el descanso eterno, pero Antígona se rebela contra el poder ilegítimo y arbitrario, a riesgo de su propia vida, arrojando tierra sobre el cuerpo destruido de su hermano y llevando a cabo el rito funerario. Su suerte está echada y es condenada a morir sepultada en vida, pero antes de sufrir tan horrible prueba y atroz muerte, se suicida. Su prometido Hermón, hijo de Creonte, se alza desesperado contra su propio padre y muere abrazado junto a su amada Antígona.

El dolor de la madre del muchacho, Eurídice, es isoportable y deja la vida como condena para Creonte, que ve cómo su obra se alza como una acusación imposible de soslayar, pues ha ultrajado las leyes de los dioses y de los hombres, al poner por encima de ellas su criminal ambición. Su contrapunto es Antígona, leal a la familia, a su amor, a las leyes divinas que exigen el rito de transición a otra vida y las de los hombres que piden piedad, dignidad y respeto para los muertos.

Antígona es leal a un sentido de la justicia insobornable, leal a la propia dignidad que pone por encima de la cómoda seguridad la intemperie de la propia libertad, leal al sentido del deber que asume su propio sacrificio para que la verdad y la justicia alumbren a los demás. Antígona se muestra temerosa de los dioses y tiernamente piadosa con los más inermes, los que ya no pueden en ningún modo defenderse y que representan nuestra esencial fragilidad, los muertos.

¿Por qué una sociedad como la nuestra está tan habituada a lo efímero y banal?
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