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MUNDIARIO

El racismo en México: casi el paraíso

Desde mi perspectiva, en México ha costado mucho trabajo, desvelar cuáles son los componentes somatotípicos insispensables para determinar la exclusión-inclusión social. Es decir, a que factores somáticos obedece la discriminación racial.
El racismo en México: casi el paraíso
Bandera de México. / Pixabay
Bandera de México. / Pixabay

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Gilberto López Villagrán

Gilberto López Villagrán

Está en posesión de una licenciatura, tres maestrías y un doctorado. Todos sus grados fueron obtenidos en México y en España. Tiene publicaciones en libros y revistas especializadas y ha dictado conferencias en distintos países. Ha realizado un par de investigaciones postdoctorales en Estados Unidos y Canadá.

“Tengo una carrera universitaria terminada. Estudié comunicación y periodismo en la UNAM y además tengo mi carrera como actor, así que en teoría tengo dos carreras. “¿Por qué me sigues llamando para ser jodido, sufridor y ratero?”. Y el buen amigo me respondió: “pues porque eres moreno […] ¿Sabes a cuántos castings te he propuesto para personajes bien cabrones y cuántas veces me los han rechazado? Un chingo. ¿Sabes a cuántos güeyes de piel blanca he propuesto para el machín de barrio y no se los dan por balanquitos?” Hay un prejuicio generalizado que domina la mentalidad no solo de productores o directores, sino que domina al país completo.”  

Alan Uribe: Actor Mexicano

Actualmente la construcción social de los estereotipos estéticos en el escenario mexicano ha sido un proceso histórico dentro del cual la modernidad ha tenido acomodos irregulares, pero, al mismo tiempo, contribuido de manera particular a transfigurar las preferencias por los productos culturales. Estos “gustos ontológicos” han ocurrido tanto en términos de cambios estructurales, que influyen sobre las imágenes estéticas, como de los discursos sociales y políticos que se enfrentan de manera poco armoniosa. El resultado de dicha integración cultural ha supuesto un cambio gradual y, en ocasiones, híbrido en relación con el ejercicio de las preferencias estéticas e ideológicas en México.

Los impactos de dicha integración son de distinta naturaleza y muchas veces se han ido acoplando de modo violento a su entorno. Pero muchas otras, la violencia simbólica de dichos acoplamientos -en términos de Bourdieu- se han naturalizado de un modo en la que la mayor parte de los genotipos no corresponden estereotípicamente con los relatos visuales. Esta no correspondencia promueve la exclusión social. Es decir, un racismo endémico, a veces mimetizado, y a veces grosero.  

El hábitus racista mexicano ofrece episodios que van más allá de lo anecdótico. Esconde un racismo endémico con el que los mexicanos no hemos sabido lidiar. Considérese que ya en 1519, a la llegada de Hernán Cortés, muchos mexicanos pensaban que era la imagen del Dios Quetzalcóatl, quien se creía que era alto, rubio y barbado. Esta leyenda parte de un mito con el que de alguna manera, se explica la visión de los vencidos, que entendían como inexorable la llegada de Cortés. La Malitzin, una indígena náhuatl, sería su traductora y, posteriormente, mujer del conquistador. Le daría un hijo –técnicamente el primer mexicano-. Desde entonces el mexicanismo “malinchismo”, a partir de la Malinche, significa traición. Es decir; la mujer que prefirió al blanco y barbado español por encima del indio lampiño y moreno. Aquí es válida una pregunta contrafáctica: ¿Qué hubiera ocurrido si hubieran sido las naciones mesoamericanas las que hubieran conquistado Europa? La respuesta obvia es que todo hubiera cambiado, incluso, los patrones de belleza y los estereotipos estéticos. La institución del racismo tendría otra semántica.

Después tres siglos de coloniaje español y de una dictadura con influencia estética europea se desata la Revolución Mexicana. Concluido este movimiento armado, el Estado promovió una idea de mexicanidad que es muy sintomática en el Muralismo Mexicano. Los artistas retratan a las mujeres con claros rasgos indígenas y tez morena, considerando que buscaban resaltar el contraste con la dictadura porfirista que le precedió y la cual enarboló la arquitectura y estética francesa. En este episodio de reconstrucción nacional se instrumenta -ex ante- un esfuerzo por resemantizar lo mexicano (y a los mexicanos). La decisión política de construir lo mexicano se expresa por medio de ideologías y utopías, pero también, por símbolos, alegorías, rituales, nuevos mitos y prácticas socioculturales (monumentos, conmemoraciones, museos, obras de arte, murales, exhibiciones, performances, etcétera); es decir, elementos que componen una nueva visión del mundo desde México y, por supuesto; modelar la nueva imagen del mexicano del siglo XX.

Fue José Vasconcelos quien promovió el primer programa cultural del México posrevolucionario. Los ecos de esta iniciativa, aún resuenan ahora. A pesar de sus simpatías fascistas, se inspiró en las ideas de los soviéticos Anatoli Lunachersky y Máximo Gorki. Más de un 20 por ciento del PIB nacional (algo impensable hoy en día) se destinaron a la educación y la cultura, configurando al mexicano mestizo por decreto. No puede dejarse de lado que la iconografía del mexicano de la Raza de Bronce fue construida con técnicas, influencias y metodologías europeas.

Pero si bien el discurso oficial presentaba una iconografía con el que le decía al mexicano que sus únicos ancestros se encontraban en las culturas precolombinas; los sueños eróticos tenían más que ver con las películas de rumberas de Meche Barba, María Antonieta Pons y la cubana Ninón Sevilla. Los cuerpos -de grandes caderas- de las artistas de cine, en nada se parecían a las pinturas de Rivera, Orozco o Siqueiros que habían contribuido a construir con su plástica, la identidad del mexicano del siglo XX. Tampoco a la sensual y exquisita estatua de la Diana Cazadora, inaugurada su exhibición en 1942, se parecía a las adelitas retratadas por Casasola. De hecho, la modelo de la Diana Cazadora era una secretaria de 16 años que trabajaba en una oficina de la petrolera estatal, quien tiempo después se convertiría en la esposa del director de Pemex. Esta contradicción se presentó desde el principio en la televisión mexicana, en donde los actores poco o nada tenían que ver con aquel relato iconoclasta que pregonaba y promovía hasta el hartazgo el discurso y en las portadas del libro de texto oficial. La modelo de dichas portadas popularmente era conocida como La Patria. Una joven morena tlaxcalteca de 18 años. Es irónico que esta chica que simbolizó la imagen de la patria inmaculada mexicana, muriera después de un alcoholismo crónico y de sus andanzas por París.

Así pues, siempre hubo dos Méxicos, pero era políticamente incorrecto reconocerlo, ya que todos éramos mestizos. Y en ningún otro lugar era tan dramáticamente contradictorio como en la televisión mexicana nacida en los cincuentas. Los protagonistas “buenos” siempre de rasgos mediterráneos; sus antagonistas “malos” siempre lucían rasgos indígenas.  

Pronto la televisión mexicana convirtió en una industria sus telenovelas. Y el cine mexicano de aquel entonces logró una “época de oro” de impacto internacional. Los personajes parecían más oriundos del sur de Europa y pronto estereotiparon la fachada (Goffman, 1956) de los artistas mexicanos. Una cosa era segura, nunca te los ibas a encontrar en los barrios populares o pueblos de un México que transitaba del campo a la ciudad. Y conforme la sociedad mexicana se modernizaba, no sólo el ingreso se concentraba, sino también se profundizaban sus marcadores sociales. Un intelectual español lo registró en su libro El Eros Electrónico, cuando dice que la trama de las novelas mexicanas usan eficazmente la retórica de “personajes guapos y ricos, pero (que) no son felices.” (Gubern, 2000: 37). En realidad fue así que desde sus orígenes, el criterio racista ha sido hegemónico en las producciones televisivas y cinematográficas. Hace un par de años en una influyente revista mexicana se explicaba esto: “En México, la elección de actores depende de prejuicios raciales. En el mundo publicitario, esta práctica resulta más que evidente. El cine y la televisión, sin embargo, también recurren y abusan de los estereotipos a la hora de elegir un elenco” (Nexos, 23-09-2018) El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), realizó en el año 2015, un experimento bastante simple pero descriptivo: Se “mostraba a niños escoger entre dos muñecos (uno blanco y uno moreno) y decidir cuál era el bueno y cuál era el malo. Cada vez se elegía al primero como el bueno, constatando hasta dónde están contaminadas las nuevas generaciones por una serie de prejuicios que terminan en discriminación.”

Recientemente se han elaborado estudios cuantitativos y cualitativos sobre el color de piel como variable de movilidad social. El Módulo de Movilidad Social Intergeneracional que levanta el INEGI presentó en 2017, por primera vez, información sobre la percepción de movilidad social por autoreconocimiento de color de piel. Se destaca que de las personas que se autoclasificaron en las tonalidades de piel más clara, solo 10% no tiene algún nivel de escolaridad, mientras que la cifra se eleva a 20.2% para las personas que se autoubicaron en las tonalidades de piel más oscuras. La revista Forbes México (19-11-2019) explicaba que un ejemplo de cómo el racismo limita el acceso a oportunidades laborales se da en los anuncios que ofrecen empleo. Es común ver como requisito “buena presentación”, pero hay empleadores que sin usar el eufemismo solicitan abiertamente “tez blanca”. La empresa Sagy Advice Consulting, pidió para las tiendas departamentales El Palacio de Hierro y Liverpool vendedores de “tez morena clara – blanca”.

La pigmentocracia mexicana ha promovido un concepto muy descriptivo, pero la concentración de melanina en la piel no es el único y, yo diría que ni siquiera es el principal. Un profesor del Colegio de México, Patricio Solis sostiene que es un error creer que la discriminación sólo descansa en el tono de ´piel. El académico dice que también hay que considerar el color de pelo y ojos o la forma del rostro y los rasgos.

Un reportaje de la BBC (2019) denuncia el problema del racismo en México, cuando saca a la luz el término de los Whitexicans. Dice que El neologismo whitexicans se utiliza por tanto para referirse a los mexicanos de piel clara, quienes componen apenas el 4,7% de la población del país según el Proyecto de Etnicidad y Raza en América Latina (Perla, por sus siglas en inglés), auspiciado por la Universidad de Princeton y en la que participan investigadores de Brasil, Colombia, Estados Unidos, México y Perú. “Sin embargo, para los expertos consultados el término no cataloga como discriminatorio, ya que según estos no alcanza el nivel ofensivo de, por ejemplo, las palabras "indio" o "naco" en México”.

Desde mi perspectiva, en México ha costado mucho trabajo, desvelar cuáles son los componentes somatotípicos insispensables para determinar la exclusión-inclusión social. Es decir, a que factores somáticos obedece la discriminación racial. Creo que un dato en México arroja luz y permite problematizar con mayor fortuna este complejo problema. A diferencia del resto del mundo, en México, junto con Irán, la rinoplastia es la intervención estética más recurrente año con año. Es decir, en todos los países, incluida América Latina, los implantes mamarios es la cirugía plástica más solicitada. Sin embargo, en México, la nariz constituye un rasgo con una fuerte carga ideológica. En Irán, operarse la nariz, supone un estatus social que es susceptible de presunción. En México, una operación de nariz se realiza de manera discreta, porque lo que se pretende es diluir el semblante indígena. Y es que cuesta trabajo decirlo con todas sus letras: No se es feo por ser moreno, se es feo por ser indio. De hecho varios actores y actrices protagónicos en horario estelar han sido morenos. Por eso la Premio Novel, la guatemalteca Rigoberta Menchú, fue echada del lobby de un hotel en la zona hotelera Cancún, México, en el año 2007 por el personal del hotel. Se le confundió con una  de las vendedoras ambulantes de rasgos indígenas. Estas anécdotas son recurrentes en la sociedad mexicana. Hace un par de años, la laureada película mexicana, Roma, puso en la palestra pública este tema siempre espinoso. La protagonista fue una maestra rural de claros rasgos indígenas. Una película, ambientada en la década de los setentas de la Ciudad de México nos hizo recordar, casi de manera poética, cómo es que las mujeres indígenas, que laboran como trabajadoras domésticas, no han cambiado sus vidas gran cosa, a pesar de haber pasado casi medio siglo. Pero también brotó, sin ambages, mucho del racismo mimetizado en el México del siglo XXI. La actriz mexicana, Salma Hayek es tan morena como Yalitza Aparicio, la actriz de Roma. Tienen la misma estatura incluso. Sin embargo, son los rasgos faciales los que marcan la diferencia. Pero no sólo los rasgos, sino el cuerpo hipersexualizado de Salma. Y esto lo entendió de manera brillante la socióloga Catherine Hakim. Ella explicó –de manera provocadora- que Bourdieu había pasado por alto un cuarto capital. Un capital que podría permitir vivir una vida de ensueño, a quien contara con él: el capital erótico (2012).

Sin embargo, conviene advertir que aunque Hakim utiliza siete elementos que integran el capital erótico, creo necesario insistir que en el contexto de México, el peso específico de cada uno de estos elementos es muy distinto, ya que su valor social también lo es. 1) El atractivo físico (en francés, belle laide o beau laid ); 2) El atractivo sexual o sex-appeal; 3) La gracia o encanto social; 4) La vitalidad (fortaleza física, energía y buen humor); 5) La presentación social (vestimenta, cosmética, look en general); 6) La performance sexual (energía libidinal, habilidad con el partenaire), y, por último; 7) La fertilidad (en ciertas culturas). A partir de esta combinación de atributos es que la socióloga británica da cuenta del activo personal en torno a lo que se podría denominar una política del deseo. (Hakim, 2012).  Fue mucho más allá de Goffman y su concepto del apparence (1956).

El colombiano Gustavo Bolivar escribió una novela muy popular de nombre, Sin tetas no hay paraíso. La novela advierte como unos senos prominentes en las provincias colombianas pueden ser un factor de movilidad social en el mundo del narcotráfico. En Sinaloa, México, a estas mujeres de cuerpos con una fuerte carga sexual se les conoce como las buchonas. En la tierra del narco, son estas mujeres las más cotizadas. Por lo que resulta contraintuitivo preguntarse ¿Si una mujer de cuerpo hipersexualizado (buchona), de tez morena, pelo negro, ojos negros y rasgos indígenas sería discriminada en la sociedad mexicana? La respuesta, sin lugar a dudas es un rotundo, no. Y esto explica porque se coloca a México dentro de los cinco países con el mayor volumen de cirugías estéticas en el mundo. En otras palabras, si usted goza de un capital erótico siendo mexicano, podrás neutralizar el fenotipo indígena – si fuera el caso-. Y si gozas de rasgos mediterráneos y, además, posees un capital erótico suficiente, entonces como nos sugiere Hakim podrías sacarle ventaja. A mediados de siglo XX, desembarcó en México, un italiano que se hizo pasar por noble. Se matrimonió con una joven de familia acaudalada. La astucia y el poderoso capital erótico del inmigrante italiano, lo hicieron codearse con la arribista, elitista y muy racista aristocracia mexicana de la época. El escritor, Luis Espota, contó con lucidez esta historia. El título de la novela no pudo haber sido más acertado. La llamó: Casi el paraíso. @mundiario