Prosigue el viaje de la pintora: Ojos cerrados, ¿cómo pintaríamos el sexo?

Sexo en la playa.
Sexo en la playa.

Un día, en una playa solitaria, mientras pintaba, conocí a un joven cuyo nombre nunca supe pronunciar. El calor hacía vibrar el aire, ardía la arena. Nos dejamos caer...

Prosigue el viaje de la pintora: Ojos cerrados, ¿cómo pintaríamos el sexo?

Un día, en una playa solitaria, mientras pintaba en pleno sol, conocí a un joven cuyo nombre nunca supe pronunciar.

El calor hacía vibrar el aire, ardía la arena, la luz era tan intensa que ya ha oscurecido para siempre su imagen.

Recuerdo que sus ojos me parecieron enormes y sinuosos, de un verde misterioso cuando me miraban de lejos, insoportablemente tristes cuando se acercaron. Miré a mi alrededor –la playa desierta, el pueblecito blanco arriba en la montaña, la arena ardiente, la luz, una luz tan intensa que daba vértigo, me pareció que todo se hacía irreal, se diluía, daba vueltas, se me nubló la vista y la arena se llenó de puntos negros y su piel me pareció cobriza, roja, cada vez más roja, nos dejamos caer en la arena, la luz se abovedó en un abismo cegador y cerré los ojos.

Y del abismo de luz se elevó un perfume, tembloroso y vibrante, se amplificó, se condensó en oleadas de tierra seca, arena, polvo y mar, efluvios casi tangibles, penetrantes y secos, y su piel se deslizaba sobre la mía, extrañamente flexible y sin embargo dura, abrupta, rocosa, con ese olor terroso, penetrante y casi tangible, a desiertos volcánicos y arena y a mar, y por primera vez sentí que la vista engaña y que el oído no sirve para nada, y que más allá, detrás del terciopelo rojo de los ojos cerrados al sol, hay otro espacio, nuevo para mí, donde todas las sensaciones toman prestados colores y formas, donde se dibujan y desdibujan los movimientos del cuerpo, un espacio interior, infinito y cerrado, donde todas las leyes son relativas.

Y comprendí que desde ese momento intentaría pintar ese mundo –las formas de la oscuridad, los colores de sonidos intuidos, el sabor a alcohol en la sangre cuando todo subía y se entrelazaba, cada vez más alto, rítmicamente, cada vez más fuerte, en el terciopelo rojo, un trueno interior que hace temblar la tierra, un escalofrío de estrellas, un astro que crece, un sol desmesurado, que crece, sigue subiendo, va a estallar, ¡y por fin estalla!

Mi firmamento se desgarró, abrí los ojos.

Él había encendido un cigarrillo y fumaba dándome la espalda. La mordedura del sol me pareció más insoportable que nunca. Me quemaban los ojos. Veía velos de calor subir entre nosotros, manchas negras y rojas flotaban en el aire, no conseguía mantener los ojos abiertos, picaban, lloraban. Me levanté suavemente, recogí mis cosas esparcidas sobre la arena, y me fui.

Mucho más tarde, ya en Europa, trataría de recordarle mirando mis cuadros de entonces –sensaciones aisladas, sin ninguna relación con él. Recuerdo sus ojos claros y tristes, con largas pestañas femeninas, y su pelo brillante. Recuerdo su piel. Todo lo demás se pierde en una gran niebla. @Helena Cosano

(Fragmento del libro Almas Brujas www.helenacosano.es)

 

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