La propuesta simbólica del reggaetón

Campaña Usa la razón, que la música no degrade tu condición.
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El autor opina que este estilo musical es un reflejo de la situación que hoy día enfrenta la población juvenil latinoamericana: desintegración familiar, falta de empleo, falta de formación profesional y desinterés del Estado por impulsar políticas que propicien un apoyo a las nuevas generaciones.

La propuesta simbólica del reggaetón

La música de reggaetón puede entenderse como un producto cultural y, como tal  refleja y promueve  una serie de actitudes, comportamientos, valores y formas de ver el mundo. Es decir, desde la mirada de Bourdieau, un producto cultural refleja un habitus, el cual consiste en prácticas, que dan cuenta de estilos de vida particulares, están diferenciados y son diferenciantes. No menos importante, son operadores de distinción.

Toda cultura bajo el dominio monopolizador de una industria cultural, tiende a ser idéntica u homogenizada. Horkheimer plantea que los productos derivados de dicha industria no necesitan darse como arte, sino que únicamente la ideología les sirve como negocio que legitima la deficiente calidad en lo que realizan de manera deliberada. Con ello, se explica la difusión e interés recibido por parte de estas fábricas culturales, que obtiene este género musical debido a sus letras sexistas, soeces y sin coherencia con un discurso crítico, razonable o coherente con el contexto político, económico y social de Latinoamérica.

Los métodos de las industrias culturales suelen ser muy sutiles para incitar al consumismo de sus productos, aunque la adquisición de ello represente un perjuicio hacia éstos últimos. Las industrias culturales, particularmente las que se conciban como monopolios, tienen como verdadera intención un beneficio a cualquier costo. Horkheimer plantea que a los individuos que se niegan a cualquier tipo de práctica cultural por concebirlo como un agente dañino para sí mismo, están condenados a ser aislados o rechazados. Se llega así, al convencimiento hacia los receptores o más bien consumidores, que al negarse a los medios o a las distintas industrias culturales, no obtendrán ningún beneficio social. Dando así como resultado, que tarde o temprano todos los individuos se terminen por adherir a sus prácticas de industrialización mediática.  De esta manera (como cualquier negocio), las televisoras, radiodifusoras, disqueras, o cualquier empresa que se pueda beneficiar del reggaetón se encargará de dirigir cada uno de sus productos a todo tipo de consumidor, funcionando bajo los mismos parámetros que una agencia de mercado. Esta industria cultural, hace sus distinciones enfáticas tal y como lo plantea Horkheimer, en el sentido que para todos hay algo previsto, ninguno puede escapar, las diferencias son acuñadas y propagadas artificialmente. En resumen, se homogenizan los gustos y preferencias para la sociedad. Cada uno debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente de acuerdo con su “nivel”, que le ha sido asignado previamente sobre la base de índices estadísticos, y echar mano de la categoría de productos de masa que ha sido fabricada para su tipo.

Raices del reggaetón

Explicar las raíces sónicas y geográficas del reggaetón o del reguetón no es un propósito tan simple como podría parecer. A pesar de todos los desafíos que presenta la elección de la grafía más adecuada para el término reggaetón, esa tarea resulta mucho más fácil que intentar definir el reggaetón en sí y por consiguiente separarlo de otros géneros relacionados, al igual que de una genealogía estética en la cual el término es la denominación más reciente y más utilizada hasta el momento. Como hemos dicho, antes de llamarle reggaetón, los artistas y el público se referían a esta expresión musical como reggae, o en ocasiones reggae en español. Este último, sin embargo, se refiere más a las grabaciones panameñas de los años ’80 e inicios de los ’90 que a las producciones puertorriqueñas que eventualmente dieron paso al reggaetón. Otros términos, particularmente los utilizados en Puerto Rico durante la década de los ’90, tales como dembow, underground o melaza, no son sustituibles por reggaetón. Estos últimos describen estilos precursores del reggaetón y sus rasgos socioculturales y sonoros son propios, tal como explica Marshall (2009). Añadiendo aún más a la confusión, las discusiones sobre el reggaetón aluden con frecuencia a otros géneros, especialmente el hip-hop (y/o rap) y el reggae (y/o dancehall), los cuales en sí son tema de mucho debate ya que sus definiciones (y divisiones en subgéneros) varían dependiendo del interlocutor y de su contexto. 
Comenzaremos presentando una caracterización común del reggaetón que pone de relieve su hibridez. Hibridez en el sentido como la conceptualiza Néstor Canclini. Tomemos, por ejemplo, la descripción hecha por Vico C, pionero del hip-hop puertorriqueño: “Musicalmente, el reggaetón nació en un ambiente de hip-hop, con un poco de dancehall jamaiquino y el sabor y ritmo tropical de Puerto Rico” (Cepeda 2005). De primera instancia, esta definición parecería bastante adecuada, aunque el mismo énfasis que le ha dado al hip-hop –comprensible dada la perspectiva de Vico C– podría ser dirigido por otro narrador hacia raíces jamaiquinas o panameñas, o bien hacia los orígenes puertorriqueños o “tropicales”, descrito a menudo como un sabor “latino”. Por supuesto, todos estos aspectos son importantes, ya que apuntan hacia articulaciones sociales y culturales de importancia. Sin embargo, es imprescindible explorar cuidadosamente esta lista de géneros que contribuyen a la hibridez del reggaetón y examinar cómo sus enlaces con los EE UU, el resto del Caribe y Latinoamérica, al igual que con la diáspora africana, influyen en el impacto cultural del reggaetón. 

El género que hoy conocemos como reggaetón es producto de múltiples circuitos musicales que no se circunscriben a fronteras geográficas, nacionales o de lenguaje, y tampoco a identidades étnicas o pan-étnicas. Sin embargo, la historia del reggaetón suele ser explicada de manera lineal, afirmando precisamente estas fronteras. Estas versiones de la historia tienden a nombrar un solo punto de origen y corren solamente en una dirección. Por ejemplo, según varios artistas entrevistados en The Chosen Few: El Documental (2004), el reggaetón se originó en Panamá, luego fue adoptado, transformado y popularizado en Puerto Rico y de allí fue exportado a otros países latinoamericanos, a los EE UU, y eventualmente, al resto del mundo.

El reggaetón en la actualidad

El reggaetón es un género que, en la actualidad, cuenta con gran difusión a través de los medios de comunicación de masas, así como en los digitales. Además, tiene la posibilidad de consumo alternativo (piratería, música clonada). Es una música que alude a lo sexual de manera implícita y/o explícita, tanto en la letra de las canciones como en las imágenes de los videos musicales, así como en la forma de bailarla, llamada “perreo” o “meneo”.  En estas expresiones se manifiestan de manera explícita diversas diferencias de género.

El reggaetón ha tenido un gran avance en las estructuras de consumo; su acontecer como música ha permitido la puesta en marcha de mecanismos simbólicos de consumo socialmente difundidos, aspectos que aluden a un sistema de la moda particular y sin el cual no sería posible entender las relaciones constitutivas de lo musical en las sociedades actuales. Es también un género que ha contribuido a la construcción de nuevas colectividades y a formas de interacción en las que se estructuran y reproducen modelos de significación colectiva. Es una música que alude a la categoría de marginalidad urbana, a una estigmatización de la juventud que lo escucha, de segregación, de mezcla tanto de ritmos como de clases: un collage sociomusical.

Es una música que alude a lo sexual de manera implícita y/o explícita, tanto en la letra de las canciones como en las imágenes de los videos musicales, así como en la forma de bailarla, llamada “perreo” o “meneo”.

Como género musical, el reggaetón, sin duda, manifiesta en su semántica una diferencia de género y discriminación hacia la mujer, pues la violencia simbólica se hace presente. Por una parte, aunque a las mujeres les guste escucharlo y bailarlo, se difunde una imagen de la mujer como objeto sexual y sumiso; por otra, el hombre es mostrado como dominante y agresivo. En otras palabras, es un género que bailan con frenesí las jóvenes latinas, al compás de una letra que las objetualiza y hipersexualiza. Hay una anuencia y una violencia simbólica muy acusada, por la misoginia con que, sin rubor, se cantan sus letras. De acuerdo con Pierre Bourdieu (2003), la violencia simbólica es casi siempre impuesta sin ser percibida por sus propias víctimas: “la violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible, e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento o, más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento”. 

El reggaetón, como música popular, es un género masivamente distribuido y consumido; no pretende que su contenido lírico sea de nivel muy elevado, sino más bien digerible para las masas juveniles. Como se puede percibir, el contenido de las canciones es de índole sexista: hace clara referencia al sexo, la violencia y las asimetrías de género; en él la mujer asume un rol pasivo y sumiso, mientras que el hombre es quien porta el rol dominante y activo. Ello se hace explícito en la forma de bailar el llamado “perreo”. Aunque vale la pena señalar que no todo el reggaetón se baila de la misma manera, así como tampoco todos los jóvenes que escuchan reggaetón bailan el “perreo”. Por otra parte, se ha considerado que el reggaetón no brinda propuestas sociales, como lo hicieron el rock o el punk. Sus letras rara vez son de denuncia social. Tampoco presenta rasgos contraculturales sino que, más bien juega con los valores del establishment para representarlos de manera grotesca. Luego entonces,  esta moda que ha sido un rotundo éxito comercial, se conecta muy bien con el mundo de vida de quienes entienden el propósito más conspicuo aquello que no sea el placer y toda práctica hedonista que esto suponga. Ante tal panorama, es innegable que esta expresión popular se mantiene en el gusto de segmentos considerables de la población juvenil latina. 

Es un género que bailan con frenesí las jóvenes latinas, al compás de una letra que las objetualiza y hipersexualiza. Hay una anuencia y una violencia simbólica muy acusada, por la misoginia con que, sin rubor, se cantan sus letras.

La industria cultural que promueve el reggaetón como estandarte sustituye a la escuela como nueva educadora, reproduce estereotipos, roles sociales, que van en correspondencia con la economía predominante: la del narcotráfico, se apela a una estética mafiosa, pero esta vez los apoderados son bastante jóvenes, quienes rodeados de dinero consiguen sus propósitos. No es gratuito que el sello discográfico del cantante Daddy Yankee, uno de los más afamados reggaetoneros se llame “El cartel Records”, mediante el cual, lanza uno de sus trabajos llamado “el cartel III: The big boss”.

El reggaetón, promueve los anti-valores lumpenescos de la vida fácil, el mensaje establece una relación entre la felicidad y el éxito con los bienes económicos: autos, atuendos y mujeres son la exhibición del poder, representado en el dinero, las mujeres operan como broches sociales, se exhiben joyas, bajo una lógica de ostentación, como diría Bourdieau, de distinción, que busca plantear la diferencia entre los que portan la cadena de oro más gruesa. Lo que a la postre supone el éxito sexual, con acceso a las mujeres como trofeos.

Ya la relación formación académica-ascenso social no funciona, pierde legitimidad en un contexto que muestra la posibilidad, para los jóvenes de generar recursos traquetiando, mientras las jóvenes se preocupan por parecer sexys ante el futuro proveedor, en una lógica que las aleja del interés por la independencia económica a través del desarrollo académico y profesional. Tácita y explícitamente las vincula a la prostitución. Porque, parafraseando a la famosa novela colombiana: “Sin tetas no hay paraíso”. Hoy más que nunca los conocimientos escolares se desconectan de las vivencias juveniles y como mecanismo principalísimo de movilidad social. 

Sin embargo, es importante mencionar que es una expresión musical emergente que, como tal, es consecuencia de las formas actuales de vida. Es un reflejo de la situación que hoy día enfrenta la población juvenil latinoamericana, la cual es resultado de diversos fenómenos: la desintegración familiar, la falta de empleo, la falta de formación profesional y el desinterés del Estado por impulsar políticas que propicien un apoyo a las nuevas generaciones. Pero también en una juventud que ya no busca cambiar el estado de las cosas, sino transgredirlo melódica y somáticamente.

Nuestra sociedad se encuentra rodeada de contenidos sexuales que promueven una imagen despectiva de la mujer. Esto conlleva a reflexionar también acerca de una contradicción o doble moral de la misma sociedad latina, dado que si un género musical popular como el reggaetón expresa en sus ritmos, canciones, videos y forma de bailar elementos que lo estigmatizan por su fuerte contenido sexual y su machismo elemental, habría entonces que rechazar y censurar también todo aquello que muestra y difunde una imagen cosificada y limitante de la mujer, como las revistas, la publicidad, el cine, los programas de televisión y de radio, la moda, los videos musicales de distintos ritmos, periódicos, sitios de Internet, juegos de video, etcétera; después de todo el cuerpo de la mujer “sirve” para la promoción de todo tipo de productos que abundan en el mercado.

El reggaetón como género musical es, sin duda, un elemento cultural que puede contribuir con una acentuación de los problemas de género y discriminación hacia la mujer latina, dado que en la semántica de las canciones, los videos musicales y la forma de bailarlo se enfatiza un rol de sumisión y de objeto sexual de la mujer. Sin embargo, es importante recalcar que no sólo al reggaetón se le debe atribuir la responsabilidad de la creciente problemática de las diferencias de género entre la juventud de América Latina, ya que también la publicidad, en general, y la sociedad de la información difunden esos mismos roles sexuales y diferencias de género. Y como se ha recalcado esto no es poca cosa. Sería inocente creer que existe presupuesto estatal como para modificar esta visión sesgada de género. En pocas palabras, el reggaetón es un resultado de las formas de vida contemporáneas. Sin duda, está relacionado con una cultura centro-fálica. Y aunque contribuye a difundir las asimetrías de género y de clase, es relevante resaltar que ha ganado aceptación en capas importantes de la clase media latina. 

El Reggaetón promueve los arquetipos tradicionales de la mujer y del hombre, la primera, concebida como objeto de placer sexual y reproductivo, y el segundo vinculado a ser el gran proveedor a través del acceso al dinero fácil, producto de las actividades del narcotráfico y la criminalidad, valores patriarcales, tradicionales, semi-feudales, recreados  en el escenario del mercado de consumo y en la lógica de legitimación de este tipo de economía y sus características. Las mujeres son cosificadas, masificadas, restándole importancia a su individualidad, por el contrario, las hace bellas, apetecibles lo que hay en común entre todas y no lo que tienen de particular, lo que las hace diferentes. Además, incita a la violencia de género  y a conductas sadomasoquistas desde sus canciones, que se traducen en conductas violentas de los jóvenes. 

Si ponemos atención a la generalidad de las letras de este género musical, es posible apercibir que aquello en lo que se ha insistido. La mujer se considera como un instrumento sexual y es comparada con un animal salvaje cuyo sexo está relacionado con la zoofilia y el fetiche. Situación que trae consigo una carga de desvalores para la población que recibe este tipo de mensajes. Existe una recurrencia de diminutivos con valor afectivo especialmente en los apelativos para referirse al hombre o la mujer: mamita, mami, papi, cachorrita. Además, la vinculación hombre-mujer viene marcada casi siempre por lexías que incitan al juego sexual o al sexo.


 

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