Una reflexión sobre el suicidio

Imagen referente al suicidio. / informe21.com
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Un fenómeno estudiado desde una perspectiva científica, fría, poco humana. Datos, razones, ninguna empatía.  
Una reflexión sobre el suicidio

Al amigo que tuvo frente a sí a su destino, in memoriam.

Me parece importante reflexionar sobre el suicidio. Es un fenómeno que fue estudiado seriamente por primera vez por el sociólogo francés Durkheim. Pero lo hizo desde una perspectiva científica, fría, poco humana. Datos, razones, ninguna empatía. Señaló el problema, categorizando sus causas sociales, pero no dio respuestas para resolverlo. Describió el problema desde la sociología, más no desde la psicología; menos abordó la moral o la ética. Es por eso que creo que este fenómeno, sobre todo en estos tiempos de pandemia y aislamiento, debe ser tratado desde estas últimas perspectivas.

Actualmente abundan datos y estudios sobre el suicidio, pero es probable que muchos de los especialistas que realizaron tales indagaciones académicas no hayan experimentado nunca el deseo de terminar con sus vidas a causa de algún trastorno depresivo mayor o una fuerte emoción negativa. Este servidor, que no es perito en estos asuntos de índole científica y psicológica, tiene para escribir esto la ventaja de haber pasado por periodos emocionales críticos desde la niñez, lo cual le permite abordar el asunto no tanto desde una arista científica o académica pero sí empírica.

Creo que en esto del suicidio, la formación ética (religiosa) juega un papel positivamente relevante. Pues son la ética y la religión, contrariamente a lo que el liberalismo y el progresismo creen, las que fijan en la consciencia individual y colectiva ciertos límites que, en el caso de la prevención del suicidio y otros más, son benévolos. Pienso que una educación laica, en comparación con una confesional, es más deficiente porque excluye algunos parámetros que hacen que la vida humana se enmarque en conductas civilizadas que precautelan la convivencia humana, empática y aun fraterna. De este modo, me parece que el asunto del suicidio no debe ser tratado tanto desde la legislación (ya en la Antigua Grecia estaba penalizado: privaba a los suicidas de un entierro o una lápida sepulcral; cosas que ya no tienen ninguna relevancia hoy) cuanto desde la formación ética y humana que recibimos desde pequeños.

Desde mi experiencia, puedo decir que la rigurosa (y en algunos aspectos conservadora) formación ética que recibí en el colegio La Salle y en el hogar fue en muchos casos beneficiosa. Cuando pasé por depresión o experimenté pasiones violentas en la adolescencia y la juventud, por ejemplo, fueron aquellos códigos éticos —que se almacenan en el subconsciente— los que pusieron freno a mis impulsos.

Me parecen excelentes iniciativas las de las unidades o centros de prevención del acoso sexual o la violencia de género que están implementando algunas instituciones educativas (como la UCB). Pero creo que también se le debería prestar atención al problema del suicidio. Las autoridades deberían implementar unidades o centros para prevenirlo, pues ello hace parte de la formación integral de la que hacen gala muchas instituciones educativas en el país. Las últimas investigaciones señalan que el 90 por ciento de los suicidas presentan signos como alcoholismo, tabaquismo, consumo de drogas, actitudes violentas, bipolaridad, etc., antes de cometer el acto; es decir, el suicida anuncia la eliminación de su vida. Ergo, el problema se podría prevenir.

Desde mi experiencia, puedo decir que ni la psicología ni los tratamientos médicos pudieron ayudarme tanto como el tratamiento espiritual. Dado que el espíritu es más fuerte que lo físico, el meollo del asunto podría estar, más que en una razón corporal, en una razón del espíritu, la cual se expresa en una posible carencia de ética y moral. En resumidas cuentas, para mí, en ausencia de Dios. 

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