Preparando el combate

Coronavirus. / RR SS.
Coronavirus. / RR SS.

Rondando nuevamente mi anterior escrito, voy a procurar no “regresar a casa” medio llorando, por unas actitudes, prácticas, palabras, frases o letanías, fuera de tiesto, que siempre resultaron impertinentes, impropias e intolerables a cualquier persona medio educada y en sus cabales.

Desde el ultimo escrito que tuve a bien, su contenido no ha cesado ni un momento en borbotearme la cabeza, y también de martirizarme los reparadores sueños que disfrutaba y que ahora no cesan de ser pesadillas. Menos mal que suelo dormir sólo, en mi camita de noventa por no sé cuanto – debería medir el largo, pues siempre que compro sábanas me vienen grandes y resulta un calvario arremetarlas de una parte en unos lados y que se queden cortas la opuestas , de intentar lo mismo en la parte superior y mismo resultado con la inferior–, pues en caso de dormir en compaña, la acompañante pasaría noches en puro blanco satén maldiciendo mis constantes movimientos – de eso soy perfectamente consciente, pues una mañana me desperté con la sábana superior enrollada en el cuello, dando una impresión nada recomendable– y mis profusos ronquidos (la verdad es que yo no me he oído roncar nunca, pero si así lo dicen, así será...por mucho que lo ponga en duda; porque no ha sido una vez, ni diez las que me lo han comentado. Osea que, según esa filosofía sempiterna, cuando lo dice dos o tres personas en un contra del criterio de uno, la verdad suele ser la de la mayoría. O así viene a ser lo más frecuente. Dicen). El caso es que no se me va de la chola lo absurdamente delictivo que pueden resultar algunos comportamientos de los llamados humanos.

Y contra ello he pretendido poner remedios que, lejos de mejorar con distintos ellos – llámense yoga profundo, clases intensivas en academia anti-ira, ansiolíticos múltiples en dosis adecuadas, sonrisas tontunas y forzadas a todo personal que me encuentre por la calle – fueren o no conocidos y sin hacerme el longuis – los resultados no son muy gratificantes que digamos. Erre que erre me siguen triturando las conductas, palabras y ademanes de los personajes chabacanos que no me resultan en absoluto afines.

Según algunas personas muy allegadas no deja de ser el resultado de la edad que me invade y acompaña, que ésta acostumbra a ser más prodiga a partir de ciertas edades (mi prole fundamentalmente, los muy canallas...). Lo desconozco pero podría ser, podría ser: “todo es posible en Granada y en cualquier sitio”. Aunque la posibilidad no significa en ningún caso certeza plena. Eso sí que lo tengo claro.

El caso es que, si alguna vez lo intento – que raramente lo hago – el resultado es el mismo en menos tiempo que el prudente. De hecho, mis personas más amadas me suelen decir por lo bajini: abuelo gruñón.

Algunas otras, menos parientes, me dan otras versiones de lo que les resulta imprescindible poner en práctica para subsanar problemas; como mi amiga Rosa (nunca sé si es García García, o Martínez Martínez; el caso es que son repetidos) que es una mandamás de no sé qué del Ayuntamiento del pueblo relacionado con la Vivienda y que siempre está de dimes y diretes con los “okupas”. Pero que sabe una barbaridad de lo que le propongas, oiga.

Haciendo retrospección a mi infancia, adolescencia y juventud, jamás – que yo recuerde– me he comportado de manera zafia, chabacana, grosera, patán u ordinaria. Incluso en acontecimientos que me resultasen altamente injustos. Y no lo escribo para lavarme la imperfección con vanyxoxiation ni parecidos. Incluso lo hago haciendo critica interna y añadiéndome defectos que nunca tuve.

No seré un san-luis, vale, pero sí una persona que – con alguna tacha , quizá abundantes– no pretende ponerse de ejemplo de probidad ni urbanidad, ni infalibilidad; que también sigo con mis tacos – a veces me encanta soltar palabrotas al ton y al son–. Pero sigo sin soportar comportamientos arrabalero-porteños, toscos o descaradamente insultantes. Superan mi grado de aguante y temple.

Pero, vaya, debe ser comportamiento de “viejo gruñón”; a pesar de que tal comportamiento me acompaña desde que tengo “uso de razón” – o razón de uso, que viene a ser igual–. Ahora resulta que la culpa de todos los desmanes que no tolero no tienen otro culpable que uno mismo.

Puesto que estoy dispuesto a casi todo, me he propuesto hacer caso absoluto a las supuestas certidumbres de la basca más o menos tosca, e intentaré – desconozco por cuanto tiempo – echarme las culpas de las vicisitudes e incomodidades inadmisibles de absolutamente todo lo que me resulte incorrecto.

Rondando nuevamente mi anterior escrito, voy a procurar no “regresar a casa” medio llorando, por unas actitudes, prácticas, palabras, frases o letanías, fuera de tiesto, que siempre resultaron impertinentes , impropias e intolerables a cualquier persona medio educada y en sus cabales.

Por tanto, tras encomendarme a todos los dioses – verdaderos y falaces–, a todos sus acólitos y santos y a la corte celestial que fuere de menester, mediante sinceras oraciones y rezos – rosarios y santos misterios incluidos – antes de dirigirme al lugar de trabajo y persignarme más de diez o doce veces antes de entrar, voy a ir preparándome el camino a ese combate que siempre existe y nunca desaparecerá mientras impere un sistema nacional de supuesta salud al que le interesa mucho más unos votos ganadores que toda la dignidad de cualquiera de los funcionarios que trabajan para él y para que pueda ser comparable al alza con los distintos del orbe, dando obviamente más pábulo a las simplezas que escribe algún que otro usuario en su hoja de reclamaciones que al propio profesional (existen, créanme, estudios de satisfacción sobre Sistema sanitario español o comunitario; acostumbro a reírme fuerte y largamente de ellos, pero por dentro; todos oscilan entre «excelente y muy bueno» a pesar de la evidencia evidente. Como podrá comprender el lector, no hay estudios estadísticos más sesgados que éstos y eso que la estadística ya es un embuste completo en si misma, fuere del campo que fuere).

Me comportaré apropiadamente (algo que siempre he hecho con o sin pacientes), y con humilde y plena sumisión a las demandas de los que van al médico, sin preguntar sobre cualquier desatino o embuste de las tales, que las hay a porrillo.

Rindiendo la correspondiente y necesaria pleitesía al fulano o mengana que quiera imponer sus deseos, le desearé un buen día junto con ese típico “a mandar que pà eso estamos”. Sea lo que fuere el deseo impositivo de tal personaje.

Rogaré también a los anteriores dioses mencionados y haré los mismos rituales oratorios para no encontrarme con ningún colega – de colegiado, que no de amigo – que cumpla tales deseos insufribles y necios por mor de ser “mejor médico que yo mismo” y sin solicitarme porqués de mis negativas a realizar estupideces (María Angeles noséqué, te tengo en el punto de mira, querida).

Me pondré la bata blanca planchada para cumplir con el consiguiente paripé de aparentar que soy médico – el saber y la preparación son secundarios si no la llevas puesta-, por más que tal bata sea hortera, incomoda y de tres puestas mínimo; respetando y acatando los consejos de mi admirado y respetado coordinador.

Aunque siempre siga pensando que "el hábito no hace al monje" aunque pueda dar solemnemente el pego. Como de hecho lo da.

Como lo más doloroso para un servidor es poder “haber perdido los papeles y comportarme de la misma forma que tales personajes, aun llevando la razón y la cordura”, por la presente prometo – veamos por cuánto tiempo – lo siguiente:

Soportaré que aún hoy, día de pandemia covidiana, vea en los pasillos mogollón de gente que, sin cita previa en su mayoría, petan los pasillos contiguos, llamados salas de espera; por más que uno pueda pensar que es la paradoja más estúpida que uno haya visto en atención primaria de la que tanto nos quejamos (en Hospitales también, pero algo mejor dirigidos).

Seguiré haciendo partes de baja laboral porque el susodicho de turno se hizo un test de antígeno rápido en su casa, dando positivo y sin que me aporte informe oficial alguno del día de realización, del resultado del mismo y de ná de ná que pueda acreditarme que no miente ni inventa o encubre situaciones de ausencia a su trabajo de las que mejor no hablar.

Es lo que se está haciendo amigos y amigas leyentes... como suena y digo. Y no me enfadaré si son ellos los que ponen la fecha de la baja a su conveniencia. ¡Pues menudos pollos se arman si es que dudas!

Si alguna enfermera – me ha pasado, oiga – llega a mi consulta gritando qué es lo que tengo obligatoriamente que hacer con una persona que ella misma ha decidido qué es lo que hacer pero no tiene firma para hacerlo – otro intento de hipotecar mi firma, que es inmaculada – intentaré no llamarle la atención: como ignorante que es y como subordinada en el ramo.

Voy pues preparándome, para el combate diario que he de mantener con ese tipo de personajes indeseados e indeseables. Iré sin más armas que mi sumisión, y mis huesos y carnes por si tienen a bien soltarme algún que otro mamporro, aparte de lo que tendré que soportar oyendo tamaños disparates vestidos de zafiedad. No sé lo que duraré, amigo Juan Francisco, pero me cansa una baja laboral muy justificada por “loco”.

Pero que no se diga más – y tu lo consientas – que el Dr. Breijo – que soy yo mismo – no ha tenido la valentía de aguantar un poco más la inmensa presión asistencial no con enfermedad sino con voces altisonantes y malsonantes y de “ordeno y mando porque me sale de ahí…” que – a mi juicio y criterio – no tiene más culpables verdaderos que todos aquellos que venden sus procederes por un puñado de votos y que posiblemente perderán en las próximas urnas.

Ya lo escribí en su tiempo: Si Echániz era infame por su petulancia y engreimiento, Fernández Sanz – con quien más de una vez he hablado – lo está siendo por su invisibilidad, por su querencia a pasar de reojo y puntillas por estos lares y amparar en sus puestos actuales a directivos que ni lo son, ni saben serlo, ni les corresponde tales tan delicados despachos que han de ser, primero que nada sensatos; en segundo lugar y muy cerca del primero: justos en pura Justicia.

Les vienen inmensamente enormes y Sanz sin decir ni mu (siento escribir ésto Emiliano e Íñigo, pero es justo y verdadero; o es que no os enteráis de la copla majos).

Lo escrito: preparando el cotidiano combate estoy. Que los dioses me cojan firme, digno, justo y leal. Y me sean benignos y propicios. ¡A por ellos!


P.S.- Otro día de estos, si les parece, daré mi opinión acerca de las mutiles y malvadas especulaciones, inventos , conjeturas y provechos que han – y están– cabalgando tan campantes y permitidas sobre el p*** cov-2. Si quieren, ¡Claro está! @mundiario