Integrismo cibernético o maneras de insultar a Sarah Santaolalla
No soy de los que tiene un retrato de Lenin en la mesita. Mi vecino del cuarto, sí. Ni tampoco me he grabado La Internacional como politono en mi móvil. Pertenezco a una familia a la que no le importaba rezar el ángelus a las doce, aunque nunca fui de rancio abolengo y siempre estudié en la Pública. Todo esto viene porque, desde hace varios meses, sigo algunos debates televisivos en los que participa Sarah Santaolalla, defensora de los valores de una izquierda en la que el wokismo campa a sus anchas. Santaolalla se hace notar. Se hace notar enseguida porque su kinésica está más que entrenada y como animal televisivo está rozando el aura de la Esteban.
Cuando en 2008, María San Gil fue insultada y vejada antes y después de dar una charla en la Universidad de Santiago de Compostela, se me puso muy mal cuerpo, no solo porque la llamaran fascista. (¿Fascista? Fascista a una María San Gil que fue testigo de cómo le volaban la cabeza a Gregorio Ordóñez en el restaurante La Cepa. La verdad es que es para hacérselo mirar alumnos y catedráticos de la uni). Cierro paréntesis. La llamaron además terrorista, y lo que es peor, hija de puta. Una hora. Aguanta eso, si tienes lo que hay que tener. Desde 2008 hasta ahora, creo que ejemplos como el de María San Gil se han ido repitiendo por desgracia. Casi siempre contra la derecha.
Pero, bueno, a lo que iba. Si algo caracteriza a Sarah Santaolalla es su vehemencia y la rotundidad a la hora de defender, en ocasiones, algunos argumentos que responden, no al delirio ni al autoengaño, sino a una provocación guionizada que se exige a estos talk shows en solidaridad con el desparecido Sálvame o con las encendidas infidelidades que corren como la pólvora por los Segundos de ESO y que tanta audiencia dan en jefatura de estudios y cantina.
Podrás estar o no de acuerdo con las tesis defendidas por Santaolalla, podrás mostrar incluso desafección hacia su tono o hacia ese ímpetu wagneriano en la modulación de su voz, o hacia el plan de acción de sus interrupciones y a esa teatralidad sostenida durante minutos para defender el sexo de los ángeles en aras de los grupos mediáticos que representa. Pero lo que no puede ser es que Sarah Santaolalla se haya convertido en las redes sociales en un blanco adictivo para vejaciones humillantes, deshumanizadoras y vomitivas, donde no solo es tratada como un objeto, sino como una prolongación fetichista y degradante de la pornografía bizarra de los ochenta y de muchas páginas azules con las que se están forrando muchas agencias de representación.
No se trata de chistes propios de pajeros y cuñados, sino de algo mucho más lacerante y que me pone de la misma mala leche que lo de San Gil y mira que ha llovido. Sé que Santaolalla no es la única, pero es entrar a Tik Tok, que siempre manifestaré que es el invento más pernicioso y nocivo que haya podido idear el ser humano después de experimentar con el ántrax, y empezar a leer injurias y toda clase de atropellos donde prácticas zoofílicas y prostitución de carretera constituyen parte del imaginario. A veces el algoritmo ni los detecta. Por no hablar de las ganas que le tienen algunos de estos usuarios a su vida privada, a sus relaciones sentimentales, haciendo de Sarah Santaolalla una especie de sparring para una comunidad en redes que acerca nuestra sociedad a una clase de integrismo cibernético. Es ahí donde la masculinidad, el fanatismo y el mal gusto se dan la mano, sin otro fin que el de enorgullecerse de una ignorancia y unos prejuicios mamados en las casas, mientras se come en la mesa, por gentes que ya no vivieron con el franquismo y que ya no van a misa, y que tampoco están abonados al Palmar de Troya o a Acción Católica, que no matriculan a sus hijos en colegios de curas donde se prohíbe la masturbación para conservar la vista, por gentes que no votan a VOX. Me consta.
El problema no es la educación. Ojalá lo fuese. Es que quienes escriben algo así están por domesticar primero. Tik Tok me demuestra cada día que la civilización no está al alcance de todos. Y ahora que lo pienso, hay algo que me resulta todavía más repulsivo y no puedo sacármelo de la cabeza. ¿Y si, detrás de @oli38, @calimeropos o @quarter04 no hay un varón? Ahora a ver quién es el guapo que le pone puertas al campo. Porque Tik Tok y X son como la peste. Apestan a mierda y lo infectan todo. Amén @mundiario