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MUNDIARIO

El Ficcionario pone en duda la realidad de lo que vemos

La concepción popular de la vista asume que captamos las cosas tal y como son (con sus formas y colores), como si la mente fuera un espejo; pero lo percibido es una construcción del cerebro.

El Ficcionario pone en duda la realidad de lo que vemos
La deformación aparente de la cucharilla es producida por la refracción de la luz al pasar del aire al agua. / iai tv
La deformación aparente de la cucharilla es producida por la refracción de la luz al pasar del aire al agua. / iai tv

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Luis Calero

Luis Calero

El autor, LUIS CALERO, es colaborador de MUNDIARIO, donde mantiene la sección El Ficcionario Ortográfico. Es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Salamanca. Profesor de filosofía, ha publicado Catecismo pedagógico (Ed. Aguaclara, 1999), Ficcionario (Ed. Aguaclara, 2006) y Absurdo literal (Ed. Neopàtria, 2015). @mundiario

En esta nueva entrega el Ficcionario se pone filosófico -en modo escéptico, por matizar-, aunque antes tiene ocasión de clasificar los diferentes tipos de hipo, dar a conocer un nuevo género cinematográfico y descubrir por qué se origina el humor en el cerebro.

tenerfeño. Uno de Tenerife que, además, piensa que lo importante en esta vida es tener fe.

thípico. 1. Propio del caballo. 2. Característico del deporte que se practica a caballo y que consiste en carreras, concursos de salto de obstáculos, doma, etc. Allá donde existen, los hipódromos son los lugares más thípicos.

thipología. Estudio o clasificación de los diferentes tipos de hipo. Afortunadamente, la mayoría de los episodios de hipo duran escasos minutos y desaparecen solos. Se les conoce como "hipos simples". Los hay, no obstante, que duran más de 48 horas seguidas y suelen ser producidos por alguna anomalía gástrica. Se les denomina "hipos persistentes" y generalmente se tratan con antiácidos. Y, por último, están los "hipos refractarios", que pueden durar un mes o más y revelan algún problema grave de salud relacionado con el tracto digestivo, como úlceras o tumores, u otras enfermedades crónicas. 

thongo. Trampa o engaño consistente en dejarse ganar en una competición de recogida de setas a cambio de dinero.

thornear. Dar forma a un horno de arcilla.

thorreón. Torre grande, característica de Galicia y Asturias, sostenida en el aire por cuatro pilares y que antaño se utilizaba para defender una plaza o castillo.

thrillero. (angl.). Protagonista de una película de suspense cuya trama se basa en una sucesión de juegos callejeros de apuestas fraudulentas que consisten en adivinar en qué lugar de tres posibles se oculta un objeto, previamente mostrado y rápidamente manipulado por el thrillero.

thumor. Bulto de ocurrencias graciosas que se forma en el cerebro y cuya única función es mostrar lo que hay de cómico o ridículo en las personas o las cosas. Por eso atenta contra la presunta integridad de las mismas: unas veces con malevolencia (Thumores malignos); otras sin ella (Thumores benignos).

tigereta. (angl.). Movimiento que el tigre hace en el aire cruzando sus patas como una tijera.

tigronometría. Rama de las matemáticas que enseña a los catetos a no salirse por la tangente cuando se trata de averiguar el número de tigres enjaulados en este trabalenguas: “un tigre, dos tigres, tres tigres”.

tirhachinas. Artefacto de fabricación casera que aprovechando la elasticidad de una goma sujeta a una horquilla con mango permite disparar a distancia bolas de hachís. Los primeros ensayos, efectuados desde las proximidades de Ceuta, todavía no han conseguido salvar el Estrecho de Gibraltar y aproximarse a Algeciras.

tirititero. Persona que maneja de forma experta y graciosa los temblores que le causan el frío o la fiebre.

titere. Tere cuando es manejada por otros. Seguramente, de modo interesado.

tituveo. Vacilación respecto de qué es lo que vemos. En ocasiones dudamos respecto de si lo que vemos es una cosa u otra; y así, por ejemplo, no estamos seguros de si la persona con la que nos hemos cruzado es fulanito o menganito o de si la rapaz que se adivina en el cielo es un águila perdicera o un milano. Hay circunstancias como la lejanía, la falta de luz o la rapidez con la que se presenta el estímulo que fácilmente inducen a error. Otras veces es imposible dejar de ver una cosa aunque sepamos que en verdad no es así. Sucede con las ilusiones ópticas, un tipo especial de imágenes caracterizadas por dar lugar a discrepancias entre lo que se percibe y la realidad objetiva, sin que estas discrepancias sean achacables ni a las variaciones luminosas, ni a la distancia, ni al movimiento. Un ejemplo corriente es el aspecto quebrado que ofrece una cucharilla o un lápiz al ser introducidos en un vaso por efecto de la refracción de la luz. Y tampoco faltan ocasiones, como prueban las experiencias alucinatorias, en que lo que vemos no existe extramentalmente, sino que es una pura invención del cerebro a partir de sus propios "materiales" y principios.

Pero la duda principal concierne aquí al problema de si, supuestas las condiciones idóneas de observación (tanto en lo referido al observador como a lo observado), lo que vemos se corresponde o no con lo que existe; dicho de otro modo, si las cosas son tal y como las percibimos. La concepción popular asume que la mente refleja, de modo directo y como si de un espejo se tratara, los objetos y fenómenos tal y como son (con sus formas y colores), pero hoy disponemos de argumentos suficientes para cuestionar esta idea, que en el ámbito de la discusión filosófica se ha venido conociendo con el nombre de "realismo ingenuo". Y es que, aunque a menudo se identifica al ojo con el órgano principal de la visión, lo que vemos depende más de lo que pasa dentro de nuestro cerebro que de lo que recibimos de fuera. Una descripción simplificada del proceso de la visión permitirá aclararlo: Lo que recibimos de fuera son rayos de luz reflejados por los objetos, estímulos electromagnéticos de una longitud de onda comprendida entre 380 nm (violeta) y 700 nm (rojo); estos estímulos, cuando alcanzan los receptores sensoriales situados en la retina, son traducidos a impulsos nerviosos que se envían al cerebro a través del nervio óptico. Una vez allí, las señales electro-químicas recibidas son interpretadas con arreglo a los patrones (esquemas cognitivos y leyes de la percepción) que el cerebro se ha ido formando del mundo a partir de su experiencia anterior, en la que la cultura y los conocimientos adquiridos desempeñan un papel importante; paralelamente, otras condiciones subjetivas como las expectativas o deseos terminan de perfilar nuestra imagen de la realidad observada, que más que un reflejo fidedigno del mundo exterior resultaría, pues, una construcción interesada del cerebro destinada a promover las mejores condiciones posibles de adaptación al entorno. ¿Quién puede asegurar, entonces, que lo que entró por el ojo es lo que finalmente hemos visto? Si aceptamos que lo único con lo que estamos en contacto directo es con la imagen del objeto elaborada por el cerebro, ¿hay alguna forma posible de establecer su correspondencia con el objeto exterior?  En definitiva, ¿qué es la realidad?

tocallo. Respecto de una persona, otra a la que le gusta hablar tan poco como a la primera. Nunca verás a dos tocallos hablando. Ahí, está claro, no es posible ningún tituveo. @mundiario