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Lo que me dejé en la nieve, poemario de Manuel Senra, colaborador de MUNDIARIO

Nuestro colaborador Manuel Senra publica un nuevo libro de poemas donde el sentimentalismo que causa la añoranza mueve una vez más a la expresión poética.

Lo que me dejé en la nieve, poemario de Manuel Senra, colaborador de MUNDIARIO
Portada de Lo que me dejé en la nieve. / M.S.
Portada de Lo que me dejé en la nieve. / M.S.

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

Con un notable manejo del alejandrino y del haiku, Manuel Senra rinde tributo a los sentimientos confusos que producen el amor, la nostalgia, la inquietud apátrida y de orfandad de no pertenecer a ningún lugar en concreto y de pertenecer a todos al mismo tiempo, o el temor a la pérdida del ser que se desea ávidamente. Buscando que la melodía y la musicalidad sean dominantes en los textos, encontramos un uso del haiku como forma de describir detalladamente los sentimientos enrarecidos que procura esa grave percepción del mundo tras muchos años de experiencia.

Publicado en Hilos de Emociones, el poemario indaga en lo efímero, pues lo efímero se convierte en un tema principal al que se van uniendo otros asuntos graves que profundizan en ese misterio de los misterios, que diría Poe, el miedo a la muerte. Barroquismo y ampulosidad sin caer en la sensiblería van hilvanando un mensaje sobrio que no llega a la desesperación por no morir, sino a una meditada visión de la realidad que se desvanece sin que seamos conscientes de esa fuga del tiempo.

La predilección por el clasicismo de algunas imágenes contribuyen a que el poema tenga ese carácter elegiaco en el que se piensa, se debate y se acepta la derrota ante la muerte, ante el paso de los días y los mundos soñados o pisados.

La nieve, el hielo, las aguas, las pozas, la hiel podrida, el leve sol o la lívida palidez son algunos de esos sintagmas que elevan al poema a una clase de destierro personal para regresar curiosamente a un lugar reconocible, donde el poeta siente la serenidad del momento y la intranquilidad de los tiempos idos.