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MUNDIARIO

Las plagas que dejó el año 2020

La pandemia del coronavirus no fue la única calamidad que heredamos del año pasado. También está la cantidad récord de huracanes en los trópicos, un efecto del calentamiento global.

Las plagas que dejó el año 2020
Coronavirus. / RR SS.
Coronavirus. / RR SS.

La Tierra dio una vuelta más alrededor del Sol y 2020, un año terrible en muchos sentidos, acaba de pasar. Pero las secuelas de 2020 se arrastran al año nuevo y siguen amenazando a la humanidad. Veamos una lista:

La pandemia de la Covid-19, que fue detectada por primera vez en la ciudad china de Wuhan, se extendió por todo el mundo. Al momento de escribir este artículo, la cantidad de muertes causadas por la Covid-19 en todo el mundo era de 1.843.313 y había más de 23 millones de casos de contagio activos. En los Estados Unidos, la cifra de decesos por el coronavirus era de 358.682, la más alta en todo el planeta, con una proporción de 1.080 muertes por millón de habitantes, también una de las más elevadas a nivel mundial. En China, en cambio, el número de fallecimientos se mantenía desde hace meses en 4.634, con una proporción de tres por millón de habitantes.

Las vacunas aprobadas contra el virus, que ya se han empezado a poner en varios países, ofrecen la esperanza de que en unos meses, la plaga esté bajo control y el mundo vuelva a la normalidad. Pero la vacunación no será uniforme en todas partes, y los países pobres tardarán más en inmunizar a su población. En los mismos Estados Unidos, la vacunación ha comenzado a un paso mucho más lento del anunciado inicialmente, y el gobierno saliente de Donald Trump no ha dado una información precisa al público.

La Covid-19, un triste legado del año 2020, demostró la incapacidad de la mayoría de los gobiernos y de los sistemas sanitarios para contener una pandemia. Los países donde la salud se considera una mercancía han sido los peor parados frente al virus. En cambio, los países con sistemas médicos socializados, gratuitos y al servicio de toda la población, no solamente de los que puedan pagar, fueron los que mejor enfrentaron la epidemia y los que tuvieron cifras mucho más bajas de contagios y de decesos. Una lección que debemos entender: el modelo capitalista neoliberal es una mala receta para la salud pública.

Los científicos advertían desde hacía años de la posibilidad de una nueva plaga mundial, causada por el paso de un virus de los animales a los seres humanos. Pero les hicieron poco caso. En los Estados Unidos, Trump cerró en 2018 la oficina en el Consejo de Seguridad Nacional dedicada a enfrentar epidemias. Si la hubiera dejado abierta, se habrían salvado miles de vidas.

Joe Biden, presidente electo de EE UU. / RR SS.

Joe Biden, presidente electo de EE UU. / RR SS.

Una batalla decisiva contra la epidemia

El nuevo presidente estadounidense, Joe Biden, ha prometido librar una batalla decisiva contra la epidemia en cuanto asuma el cargo. Mientras Trump jamás trazó un plan nacional uniforme contra la Covid-19, e incluso minimizó la gravedad de la pandemia, Biden se ha propuesto erradicar el virus tomando medidas efectivas en todo el país.

La plaga del coronavirus nos ha hecho ignorar de momento la amenaza presente del cambio climático. Pero mientras la Covid-19 se extendía por el planeta, el calentamiento global elevaba la temperatura oceánica y generaba un récord en el número de huracanes y tormentas tropicales.

En la temporada ciclónica de 2020, se produjeron 30 tormentas tropicales en el Atlántico, de las cuales 13 se convirtieron en huracanes, y 6 más en huracanes de gran magnitud. El último, Iota, alcanzó la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, tocó tierra en Nicaragua el 16 de noviembre como un huracán de categoría 4 y azotó gran parte de Centroamérica, donde dejó un penoso saldo de más de 40 muertos antes de disiparse en el istmo.

La cantidad de tormentas y huracanes en 2020 fue tan elevada que agotó la lista de nombres asignada para ese año y los meteorólogos tuvieron que utilizar el alfabeto griego para denominar los ciclones.

Los Estados Unidos, impactado por seis huracanes en 2020 y golpeado severamente por la pandemia del coronavirus, siguió sufriendo ese año el azote de otra plaga, una plaga antigua y devastadora: el racismo sistémico. En la ciudad de Minneapolis, el 25 de mayo, George Floyd, un hombre afroamericano de 46 años, fue asesinado por el policía Derek Chauvin durante un arresto. Supuestamente, Floyd trató de pagar con un billete de 20 dólares falso en una tienda, y un empleado llamó a la policía. Cuatro uniformados acudieron enseguida. En la calle, tras detener a Floyd, arrojarlo al suelo y esposarlo, el agente Chauvin lo asesinó aplastándole el cuello con su rodilla durante más de ocho minutos. Floyd se quejaba de que no podía respirar, pero Chauvin no apartó su rodilla mientras los otros tres policías no hacían nada por detener el mortal atropello. Chauvin fue arrestado días después, y a principios de octubre quedó en libertad tras pagar una fianza de un millón de dólares, en espera del juicio.

El brutal asesinato de Floyd –uno entre más de 150 muertes de afroamericanos a manos de la policía en los primeros ocho meses de 2020– dio lugar a un estallido de protestas en toda la nación, encabezadas por el movimiento Black Lives Matter (Las Vidas de las Personas Negras Importan). Más del 90 por ciento de las protestas fueron pacíficas, pero en algunas hubo incendios y saqueos de negocios. La respuesta policial fue en muchas ocasiones desmedida. En la misma ciudad de Minneapolis, dos días después de la muerte de Floyd, la fotoperiodista Linda Tirado perdió el ojo izquierdo cuando un policía le disparó una bala de goma a la cara.

La queja que Floyd repitió en su agonía, “No puedo respirar”, se convirtió en un lema de las manifestaciones, junto con la consigna “Defund the police” (Quiten fondos a la policía). El objetivo de esa petición era reducir el presupuesto de los departamentos de policía y destinar los ahorros a programas sociales para disminuir la pobreza y el índice de delitos. Pero el presidente saliente Trump, sus seguidores y otros conservadores utilizaron las protestas violentas y la exigencia de quitar fondos a la policía para acusar al entonces aspirante a la presidencia Joe Biden (ganador en la elección del 3 de noviembre) y a los demócratas de querer arrastrar a la nación al caos y de imponer un sistema socialista. En varios anuncios de la campaña electoral de Trump, se llegó a acusar a Biden y a su compañera de boleta, la senadora y vicepresidenta electa Kamala Harris, de estar al servicio de grupos socialistas radicales. Las calumnias tuvieron un efecto en electores indecisos y prejuiciados contra el socialismo a la hora de votar, aunque Biden y Harris están muy lejos de seguir esa ideología.

A pesar de las mentiras propagadas en su campaña y de la agresividad de algunos de sus seguidores, Trump perdió la elección presidencial. La noche del 3 de noviembre, el día del sufragio, Trump se declaró ganador, pero el sábado 7 de noviembre, Biden superó la cantidad de votos electorales necesaria para alcanzar la victoria (270 votos) y convertirse en el presidente número 46 de los Estados Unidos, y Harris en la primera mujer vicepresidenta del país.

Trump se negó a reconocer el triunfo de Biden, y su equipo de abogados comenzó a presentar una lluvia de demandas en un intento por revertir los resultados de la elección. Uno tras otro, los tribunales rechazaron las demandas por falta de pruebas. El 1 de diciembre, el entonces secretario de Justicia, William Barr, nombrado al cargo por Trump, dijo que no se había encontrado ninguna evidencia de fraude en la votación que pudiera cambiar el resultado de la elección. El 11 de diciembre, el Tribunal Supremo, de mayoría conservadora, con tres jueces nombrados por el propio Trump, desestimó una demanda del estado de Texas, en la cual se alegaba que los estados de Georgia, Michigan, Pensilvania y Wisconsin habían implementado procedimientos ilegales de votación durante la pandemia del coronavirus. La alta corte no encontró ningún fundamento en la demanda de Texas. Y el 14 de diciembre, el Colegio Electoral reafirmó la victoria de Biden, al certificar que había recibido 306 votos electorales frente a 232 de Trump.

En el voto popular en toda la nación, Biden también ganó, al acumular 81.283.485 votos frente a 74.223.744 de Trump, o sea, 7.059.741 votos más. Aun así, Trump siguió negándose a admitir su derrota. Al momento de publicar este artículo, el mandatario saliente espera que en la cuenta de los votos electorales de cada estado que tiene lugar en el Congreso el 6 de enero, varios senadores republicanos se opongan al resultado. La negativa de Trump a reconocer que salió derrotado en la elección no tiene precedentes en la historia norteamericana, y es una de las calamidades que el año 2020 nos dejó. @mundiario