En ‘A pesar de los pesares’, Aurelio Arteta reflexiona profundamente sobre la muerte y la vejez

A pesar de los pesares. Cuadernos de la vejez, de Aurelio Arteta.
A pesar de los pesares. Cuadernos de la vejez, de Aurelio Arteta.

El título del libro ya indica una voluntad de optimismo, una alternancia de los pensamientos sombríos con el  reconocimiento del privilegio de haber vivido.

En ‘A pesar de los pesares’, Aurelio Arteta reflexiona profundamente sobre la muerte y la vejez

Afrontar el tema de la vejez y la muerte es también una forma absorta, perpleja  y decisiva, de establecer cómo finalmente se va definiendo la propia vida. En A pesar de los pesares. Cuadernos de la vejez, Aurelio Arteta escribe en esa dirección. Lo que compone en este libro es una ordenación de sus diarios en torno a las temáticas que surgen con motivo de su edad, ya bien entrado en la sesentena. No lo he visto así en su caso, pero hablar de la vejez también puede ser una pose. Algunos poetas necesitados del tema de la nostalgia, u otros escritores coquetos, se visten de una edad venidera, y desde la aún potente madurez vital, se embellecen de una suave decadencia.

Me considero en la antesala del comienzo de la vejez (de esa vejez que tendría tres fases: la de una relativa - aunque ni siquiera engañosa - juventud; la de los ya terroríficos signos de lo decrépito; la de la postración en la cruel dependencia). Miro, con cada vez más cercanía – aunque aún con contundente ajenidad -  a esos seres, de cuyos últimos aportes al mundo, lo único valorable por los demás es su pensión y la herencia que pudieran dejar. Esos seres a los que se mira con fugaz deferencia, a los que se les considera inhabilitados para llevar una relación de igual a igual con quienes ocupan las franjas de edad en las que se permite manejar los resortes del mundo cotidiano.

Los miro e intento imaginar cómo seré – si es que llego hasta allí – entonces. ¿Seré como esos jubilados recientes que, exentos de la esclavitud laboral, se cargan de razones y estentóreamente descalifican a diestro y siniestro, rezuman un ego contaminante, olvidan gravemente la búsqueda de la serena belleza? ¿Seré como esos que se abandonan en las apatías, que asumen su propia excrecencia, que se sienten enfrentados – sin fuerzas – al mundo que los ignora o los desprecia? Mi deseo es, desde luego, el de llegar lo más lejos posible en el cultivo de la expectación, el de no cejar en la búsqueda de las satisfacciones de la actividad; el de ser capaz de seguir amando el mundo a través de sus más queridas representaciones; y que la necesaria adaptación a mis declives no me suponga merma ni sometimiento más allá de lo inevitable. Pero, por lo que veo en otros, llegados a cierto incontrolable punto, esas disposiciones deben resultar altamente costosas de llevar a cabo; y es que existe la fácil posibilidad de que muchos elementos se nos pongan en contra. Lo que uno quisiera para sí sería ser capaz de alegrarse al contemplar la juventud, de apreciar su poder creativo, y no ver solo sus consabidos o novedosos defectos. Lo que uno debería tener claro es la necesidad de evitar a toda costa convertirse en un “viejo gruñón”, pese a todas las impiedades del tiempo. Mantener la verdadera dignidad, la que depende de uno mismo.

A pesar de los pesares es un excelente libro reflexivo. Ya el título indica una voluntad de optimismo, una alternancia de los pensamientos sombríos con el  reconocimiento del privilegio de haber vivido.

El título del libro de Aurelio Arteta, A pesar de los pesares, ya indica una voluntad de optimismo, una alternancia de los pensamientos sombríos con el  reconocimiento del privilegio de haber vivido. Cita a Octavio Paz, quien decía escribir “para morir un poco menos”. Y él procura eso mismo. Y añade: “Escribo para aclararme a mí mismo, para saber quién soy antes de dejar de ser”. Saberse viejo es acertar plenamente en el pronóstico del inminente declive y la muerte, pero “si anticipas el sufrimiento, solo aumentas el sufrimiento”. Lo que sí quiere que sea su libro es una “protesta anticipada por mi condena a muerte”. “¿Cómo es que consentimos en morir casi sin aspavientos, sin protestas ni alborotos?”, se pregunta. “Fulano se ha ido, se dice, pero en realidad se lo han llevado”.

Las partes más pesimistas del libro son aquellas en las que expresa las deficiencias de la vida: “Debemos morir porque ya no soportamos tanta decepción provocada por la conducta de uno mismo y de los demás”. Y es que ya hay pocas ocasiones de rectificar: “Es la edad de la impotencia. En ella se ha petrificado lo que hemos sido, es decir, se ha malogrado definitivamente lo que algún día pudimos ser.” “Estamos acabados (pero, por desgracia, no en el sentido de habernos vuelto terminados y perfectos, puesto que somos aún manifiestamente mejorables…). Lo más terrible de morirse es que ya no podamos corregir o siquiera retocar la vida.”

Pero también es capaz de una visión más alentadora, de dar por necesarios todos los tropiezos: “Me apropio de este hermoso apelativo: héroe de la derrota, del general y político mexicano Santos Degollado.” Conoce la ambivalencia de los sucesos de la vida: “Todo lo bueno es malo porque acaba. Y todo lo malo es bueno porque también acaba”. Definitivamente, vivir es importante: “¿Vale entonces repetir la cantinela del no somos nada? No, porque la muerte no reduce a cero la vida humana.”

Queda poca vida y por ello “constituye una notoria injusticia que otros ocupen o roben mi tiempo contra mi voluntad”. Aunque uno es consciente de la paradoja de saber al mismo tiempo “nuestro sumo valor y nuestra insignificancia”. Con sus apuntes diarios ha conformado un libro filosófico. Para él: “Un filósofo que no sea un hombre (es decir, que se quede en su ejercicio intelectual o académico al margen de los interrogantes esenciales de la vida humana), es todo menos un filósofo”. No hay que excluir el humor, aunque sea muy sutil, muy negro. Y así cita a Fernando Aramburu: “Se mire por donde se mire, la muerte es una pérdida de tiempo”; o a Savater: “Y, con todo ¿saben lo qué es indudablemente peor de la tercera edad? Que no hay una cuarta.”

A pesar de los pesares es un excelente libro reflexivo. Sería interesante que, de aquí a unos años, cuando arrecien los males de la vejez, Aurelio Arteta escribiera una revisión de estas anticipadas observaciones, y pudiéramos comprobar el nivel de su integridad, de su heroísmo ante la derrota. No sabemos cómo le pesará llegar hasta allí o si se librará de ese tránsito: “¿No es cierto que todos sin excepción deseamos una larga vida, pero sin llegar a viejos…?”

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